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    El Cocodrilo y la Des-Gracia: anatomía del fin de un déspota

    La renuncia de Robert Mugabe

    Después de 37 años como presidente de Zimbabue, Robert Gabriel Mugabe fue obligado a renunciar el martes 21, exactamente una semana después de que los tanques del ejército entraran en Harare. Los militares fueron a la estación de TV (para leer una proclama de calma) y a la residencia presidencial (para el arresto domiciliario de Mugabe, su esposa y jerarcas amigos).

    Mugabe, a los 93 años el presidente más anciano del mundo, ha dicho que él gobernaría hasta que Dios lo quiera. Su esposa Grace dijo este año que si Mugabe muriese antes de las elecciones del 2018, haría campaña con su cadáver y ganarían, con ella como candidata.

    Ahí está la clave. Este es un golpe palaciego entre fracciones del partido en el poder, ZANU-PF, para mantener su hegemonía política y económica, y no para instalar la democracia. Son los camaradas y socios de Mugabe que impulsaron su salida antes del congreso anual del partido en diciembre para bloquear a la fracción de Grace y su ambición de instalar una dinastía Mugabe.

    La detestada Grace, 54 años, apodada Des-Gracia, y su grupo G-40 (rondando la cuarentena), consiguieron una victoria pírrica a principios de noviembre al persuadir a Mugabe de hacer dimitir al vicepresidente Emmerson Mnangagwa para nombrarla a ella en el congreso.

    Mnangagwa, conocido como el Cocodrilo, y su facción, apodada Lacoste (por la marca de ropa), mobilizaron al ejército y al partido en un plan bien concebido. No podía aparecer como un golpe de Estado porque generaría sanciones políticas y económicas a nivel regional y continental. Lo llamaron “limpieza de criminales”, aludiendo al G-40 y a la desmedida acumulación de riqueza de Grace.

    El sábado 18, el partido destituyó a Mugabe, echó a Grace de por vida y el martes 21 comenzó el proceso de impeachment en el Parlamento. En ese preciso momento llegó la carta de renuncia de Mugabe.

    Mnangagwa será el nuevo presidente. Tiene las manos tan sangrientas como Mugabe y los generales que comandaron los tanques. El Cocodrilo fue el arquitecto de la matanza de Gukurahundi en Matabeleland en 1982 (2.000 muertos) y luego fue jefe de los servicios de Inteligencia y represión. Tanto él como los generales mantuvieron a Mugabe en el poder, garantizaron fraude y violencia en todas las elecciones  desde 2001 y se han enriquecido con el contrabando de diamantes y otros negocios ilícitos. O sea, cayó un dictador, no la dictadura.

    Quizá el cambio abra una oportunidad para un gobierno de unidad nacional con miembros de la oposición y para organizar elecciones limpias en 2018. Mucho depende de la influencia de los países vecinos y de los donantes.

    La caída de Mugabe es un aviso para los otros dictadores dinásticos africanos (en Camerún, Gabón, Guinea Ecuatorial, República Democrática del Congo, etc.) en cuanto a que es mejor jubilarse temprano que ser jubilado a la fuerza.

    Para los zimbabuenses —más de la mitad nunca ha conocido otro presidente que Mugabe— es un alivio. Para mantenerse en el poder, Mugabe arruinó la economía y el desarrollo social del país. La ironía es que en las dos primeras décadas posindependencia en 1980, Zimbabue fue un modelo de desarrollo en la salud, la educacion y la agricultura. Cuando la oposición comenzó a ganar elecciones en las ciudades, Mugabe lanzó las invasiones de tierras, la represión violenta, políticas económicas nefastas y la protección de los corruptos.

    La número uno es Grace Mugabe, la mayor latifundista de Zimbabue, quien acumula y despilfarra: mansiones en Sudáfrica, penthouse triplex en Hong Kong, anillo de diamantes de un millón de dolares comprado en Dubái (que no pagó en la totalidad y el joyero le inició un juicio).

    De tal madre, tales hijos. La semana anterior, el Instagram de Bellarmine, de 25 años, lo muestra regando su reloj incrustado de diamantes (valor US$ 60,000) con el champagne francés más caro (mil dólares la botella) en una discoteca de Johannesburgo, donde vive. “Así es la vida cuando tu papito maneja Zimbabue”, decía el texto. El video fue viral. Desde el martes 21, los jóvenes Mugabe están en silencio mediático.

    Mientras tanto, el desempleo en Zimbabue supera el 80 por ciento. La pobreza, el 70 por ciento. Por falta de líquido, los bancos solo autorizan a retirar 20 dólares diarios por persona. Tres millones de zimbabuenses —un cuarto de la población— ha emigrado.

    El odio que han generado los Mugabe con sus excesos de todo tipo es visceral, incluso dentro del partido, que se le dio vuelta en dos días y celebró su renuncia con bailes y cantos en el Parlamento. Ni hablar del poder de persuasión del ejército y el gusto por apostar a ganadores, no a perdedores.

    El martes 14, el presidente de la liga de jóvenes de ZANU-PF y miembro del G-40 tuiteó que estaba dispuesto a morir por Mugabe y que los generales estaban involucrados en los diamantes de sangre. El jueves 16 salió en la TV pidiendo perdón por su error.

    Como dice un proverbio africano: unas pocas cobras eliminan las ratas de tu casa. Te queda la casa sin ratas pero con cobras.

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