—¿Qué balance hace del Frente Amplio en el gobierno? ¿Se puede hablar de una “era progresista”?
—Era progresista depende de la magnitud que se le dé al concepto “era”, pero son tres gobiernos seguidos con mayoría legislativa y no es poco. Está muy lejos de lo que fue el Partido Colorado y el Batllismo, que tuvieron continuidades, y está también lejos de algunas continuidades de cogobierno que también fueron importantes. Pero en cualquier hipótesis es un tramo que permite un balance. Y en el balance yo creo que hay que escapar a esto que ha entrado mucho en la discusión política sobre “década perdida” y “década ganada”. Por ejemplo, hay elementos que nos hablan de una década ganada, con un crecimiento económico importante. Las transformaciones en el terreno económico, la revolución productiva en el sector agropecuario son fenómenos inéditos que en otros países de América Latina, con los mismos condicionamientos, no se obtuvieron. Si en 2004 la pobreza estaba en el 40% y la indigencia en 4,7%, y diez años después está en 9,7% y 0,3%, bueno, uno puede decir: “década ganada”. Pero hay otros factores donde el gobierno ha estado flaco, por ejemplo en educación. Para mí es otra década desperdiciada. El balance es pobrísimo en el tema infraestructura. Si se toma el área ciencia y tecnología, que es el factor clave para la agregación de valor, hubo factores importantes como la creación de la ANII (Agencia Nacional de Investigación e Innovación), pero el nivel de inversión pública es muy bajo todavía, es 0,33%.
Habría que manejar esto en términos históricos. Ahí ubico un primer gobierno de Vázquez con libreto, que era la reconstrucción de un país destruido después de la crisis de 2002, con un agotamiento muy importante de los partidos tradicionales y con una reconstrucción nacional que iniciara algunas reformas importantes. Y en ese sentido, creo que fue un gobierno exitoso. Incluso tuvo dos elementos —que no estaban en el programa— que lo dejan en la historia: el Plan Ceibal y la política antitabaco. En el segundo gobierno, de José Mujica, ya hay un problema de libreto. El Frente Amplio tenía libreto preparado para superar la crisis del 2002, pero no tenía libreto para la bonanza. Entonces aparecieron los buques insignia: el puerto de aguas profunda en las costas de Rocha, el ferrocarril, un plan de vivienda con una fuerza inédita. Pero los buques insignia no terminaron de salir a la mar. Ahí se notó la falta de libreto. Hay un segundo gobierno que tuvo crisis de libreto, que tuvo desprolijidad de manejo de la gestión, pero que tuvo una trascendencia internacional que tal vez ningún otro gobierno haya tenido. (Mujica) fue una persona completamente ajena a las redes sociales y se volvió viral en las redes sociales, es un fenómeno muy increíble.
Y hoy, en el tercer gobierno, ¿con qué se encuentra? Con que no solamente no terminó de configurar un nuevo libreto, aunque tenía algunos atisbos como el Plan Nacional de Cuidados, que era el atisbo de una nueva política social, el compromiso del presidente de alcanzar un 1% de inversión en ciencia y tecnología, planes de infraestructura. Pero encuentra una situación de desaceleración económica que golpea al país. Ahora llegó el momento de la verdad, cuando hay que gobernar en contextos de desaceleración económica. ¿Hay libreto para la desaceleración? Aquí lo que hay son dudas, porque el gobierno y sobre todo su Ministerio de Economía, que vio la nueva perspectiva de inmediato, planteó que la prioridad era mantener lo logrado. Y esa filosofía en una sociedad que ha crecido tanto no es un programa apetecible, aceptable. Entonces este gobierno tiene que mostrar un libreto en un contexto no demasiado favorable.
—Vázquez dijo que el 2015 había sido su peor año como presidente.
—El primer año fue malo por muchas razones.
—Llaman la atención algunas cosas como por ejemplo la caída en el índice de popularidad.
—Las encuestas interelectorales son dudosas, creo que es todo muy exagerado y alejado de la circunstancia electoral de 2019, no tienen tanta vigencia para lo que pueda ocurrir en 2019, pero sí tienen mucha vigencia para el ahora. Que el Frente Amplio tenga una intención de voto que algunos le dan 32%, otros 29%, que alguna encuesta ponga al Partido Nacional por arriba, muestra que hay mucho descontento y que está, sobre todo, en el electorado frenteamplista. El descontento estaba ya en 2014. Soy de los que piensa que lo de 2014 no fue una burbuja inventada por las encuestas, creo que allí hubo altísima volatilidad, que en algún momento la elección estuvo en disputa y que el Frente terminó ganando porque a tiempo el susto despertó al mamado.
Por otra parte, en este margen de inestabilidad hay un problema político al que le asigno gravedad. Acá se ha instalado la idea de que o gobierna el Frente Amplio con mayoría legislativa propia o gobierna una coalición de blancos y colorados. Creo que más temprano que tarde, tal vez en la próxima elección, va a suceder que ninguna de esas dos mitades va a tener mayoría legislativa propia. Esas dos mitades que no negocian mucho, van a tener que negociar. Se trata de acordar en cuatro o cinco temas estratégicos: educación, energía, la sustentabilidad ambiental, un plan de infraestructura, una política común para dar un gran empuje en ciencia y tecnología; y luego se discute todo lo demás. El libreto está, falta la voluntad política. En seguridad también habría condiciones para construir, pero hay quienes sostienen que no, que es un tema ideológico.
Uruguay no tiene más tiempo, si no hace un vuelco decisivo en educación o seguridad, aparece el peor escenario, el de los tres tercios: un país plenamente integrado al mundo, dinámico, sólido; un país marginal y un país que está en el medio, que está más bien declinando y que vive de los residuos del wellfare. Y esos tres países divergen. El país hiperintegrado puede convertirse en un país muy fracturado. Entonces cuando se ven las discusiones anticipadas de las candidaturas es descorazonador.
—Usted dice que el Frente Amplio fracasó en la educación, un tema que siempre tuvo en su agenda y sobre el que decía tener los mejores técnicos. ¿Qué pasó?
—Ese era uno de los mitos. El Frente hace 25 años que no puede generar un documento programático importante en materia educativa por diferencias internas. Esto es muy fuerte. No pasó en el gobierno, pasó cuando eran oposición; la reforma de Rama dividió las aguas de manera franca. Esas mismas desavenencias retornaron en el gobierno y tienen su máxima expresión en la actualidad: el Frente Amplio y su candidato definen un equipo y un programa que expresaba, en buena medida, ese consenso que incorporaba fuertemente a los otros partidos. No duró un año. Hoy el programa educativo de la campaña no es la política educativa que se está aplicando. Eso es muy grave. Entonces acá tenemos un problema muy severo, que hace a la cuestión democrática...
Además, hay un tema de política de elencos. Creo que la izquierda no ha utilizado sus mejores elencos en muchas áreas y tenía menos elencos de lo que se creía.
—¿Ese es otro mito que había sobre la izquierda, tener personas capacitadas para la tarea?
—El Frente demostró en el gobierno lo que los gobiernos siempre demuestran: que el partido en el gobierno es muy poco hospitalario para los intelectuales. En el gobierno se movilizan los ejércitos y el Frente movilizó su ejército, y esto es un factor que tiene que ver con otros temas. El Frente, que siempre criticó el clientelismo, ha desarrollado políticas clientelísticas; tal vez no en las magnitudes de los partidos tradicionales, pero hay ejércitos movilizados, y ejércitos que son muy difíciles de desmovilizar. Ocurren cosas sorprendentes, técnicos muy exitosos que no sobreviven una administración. Tampoco se entienden las políticas de recursos humanos de algunos ministerios, salvo bajo la lógica de militantes que en el gobierno se volvieron clientes.
—¿Lo ve en todos los sectores del Frente Amplio?
–No, pero en algunos sectores... No quiero dar un paso más, pero lo que sí digo es que el Frente Amplio siempre criticó el clientelismo y durante estos tres mandatos en el Frente Amplio hubo clientelismo.
Ahora, vuelvo a señalar el hecho de la infalibilidad, el mito de que la cultura, la inteligencia, la sabiduría, el interés nacional, la capacidad de gestión estaba solo en el Frente y que era cuestión de llegar. Bueno, eso se rompió. Y eso en una democracia de partidos debiera ser algo muy positivo para proyectar acuerdos. Hoy un frenteamplista puede entender más políticas que antes anatematizó. Lo malo es que los políticos en privado dicen cosas que en público no dicen. Y en este gobierno veo jerarcas que dicen cosas absolutamente inconvenientes, que en otro período les hubiera costado el cargo, y en el momento en el que deben decir cosas, no las dicen, te las dicen en privado. Hasta veo temor. Veo falta de discusión política.
—¿El Frente Amplio incorporó la lógica de lo que es ser partido del Estado, incluidos sus vicios?
—Por supuesto. Les diría que en el balance ha incorporado más los vicios que las virtudes. Un partido que pasa de la oposición al gobierno tiene que cambiar. Fenómeno. Pero ojo, hay vicios que tienen que ver con lo que es tener poder
—Vázquez dijo que iba a hacer “temblar” las raíces de los árboles. ¿Le parece que temblaron las raíces de los árboles? ¿Es comparable al Batllismo de principios del siglo XX?
—Por lo general soy reacio a comparar movimientos políticos que están separados uno del otro. Pero hagamos el ejercicio. En primer lugar, no cabe duda de que la presidencia más a la izquierda que tuvo el Uruguay a lo largo de toda su historia fue la segunda presidencia de José Batlle y Ordóñez. Y era una presidencia de cuatro años y no tuvo vacas gordas, en 1913 tuvo una crisis total. Y la actitud de Batlle frente a la crisis, lejos del repliegue, no fue la irresponsabilidad financiera, pero sí radicalizar las reformas. Cuando Batlle y Ordóñez empezó su segunda presidencia hubo una lluvia de proyectos en el Parlamento. Batlle vino obsesionado con proyectos para matrizar al país. No vi esa actitud en Tabaré Vázquez, no la veo. Incluso frente a la desaceleración económica —son momentos diferentes— da todo el poder al Ministerio de Economía y Economía decidió el repliegue, apostando a una recuperación económica razonable que le permita hacer que lo logrado no caiga.
La sociedad uruguaya se ha vuelto más demandante, en particular la izquierda se ha vuelto más demandante. Claro, hay que ser responsables, 50% de incremento del salario real es impresionante, pero no hay que olvidar que hay 140.000 jubilados que ganan $ 8.700 y que hay más de 500.000 trabajadores que ganan menos de $ 15.000. Y todos sabemos que con esa plata no se vive o se vive muy mal. Entonces no es reclamar de manera irresponsable, no se trata de remover nada, los contextos no lo permiten. Se trata de avanzar más no en la política como lo posible, sino que la política sea hacer posible lo necesario. Y creo que ahí el Frente está en deuda como proyecto de izquierda. A esas realidades de los salarios sumergidos, se suma una estructura tributaria que es regresiva (50% de la recaudación es del IVA, los impuestos que gravan al capital es del 20%), la estructura del impuesto del IRPF y estas grandes exoneraciones fiscales. Acá está la gran discusión: ¿no hay otra política económica? ¿La izquierda, y no solamente la uruguaya, no tiene espacio para otra política económica? ¿Cambiar las reglas de juego, rediscutir las exoneraciones a grandes inversiones que pueden tener réditos importantes? ¿No hay espacio para algo más? Me parece que entre remover la raíces de los árboles y animarse a intentar alguna política más de izquierda hay un espacio muy grande. Si frente a la desaceleración te aterrorizás, te paralizás y le entregás todo el poder a la macroeconomía, estás apostando a que el proyecto de desarrollo sea inversión extranjera directa, participación en los servicios globales y venta de commodities dependiendo de que suban y haya mercado. No es un proyecto de desarrollo de izquierda.
—¿No hubo un cambio en la matriz productiva?
—No, para nada. Lo que sí cambió fue la revolución en el sector agropecuario y eso hay que destacarlo. Otro fracaso es que la inserción internacional que el Frente imaginó, fracasó. El Mercosur no se va a disolver, pero estamos en presencia de algo que se va a llamar Mercosur pero será completamente distinto. No veo que se hayan movido las raíces de los árboles y tampoco veo el vigor transformador que tuvo en su momento el Batllismo para matrizar a un nuevo país. De todas maneras, lo que veo es un país que es mucho más de centroizquierda que liberal conservador. El Frente se beneficia de eso, aún sin mucho libreto. Lo que pasa es que vivir de la herencia sin libreto nuevo en un mundo como el de hoy no es changa. Creo que para matrizar el futuro hay que inventar muchísimas cosas más y al Frente le están faltando ideas, audacia, medidas como lo que fue el Plan Ceibal, el Plan Ibirapitá, el cambio de la matriz energética, medidas que son estructurales.