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    El Frente Amplio

    Sr. Director:

    El Frente Amplio acaba muriendo por incumplimiento, históricamente inevitable, de su misión de “frente popular”. Guste o no guste a los propios frentistas e incluso a los liberales que permitieron y aún prohijaron su crecimiento, el FA nació del modelo soviético de los “frentes populares”. El esquema era bien simple: dar una apariencia de homogeneidad a la mezcla de todos los que se prestaran al juego, luego llegar al poder mientras aquello podía mostrarse como algo unido, y después entregar el control de la cosa al movimiento comunista internacional, deshaciéndose de los que no aceptaban la verdad de la milanesa.

     Pero este frente de acá fracasó en sus fines últimos porque alcanzó el gobierno demasiado tarde, con demasiada demora como para evitar la fractura del conjunto tan disímil, pero fundamentalmente para poder contar con los “socialismos reales” capaces de apoyarlo. En tiempos del Pepe Stalin y sus seguidores, inmediatamente que un frente popular se hacía del poder llegaba un grupo de “asesores” que auxiliaba (y ejecutaba) la limpieza dentro del gobierno y la sociedad, mientras el nuevo muñeco era sostenido, material y políticamente, desde adentro y desde el exterior... pero en el 2005 esos amigos ya eran historia, y de la vieja. Cuando el frente alcanzó el gobierno su festejo fue local, una más de esas alegrías que van por los barrios, pero de los camaradas de fierro solo quedaban los pobretones, mientras Rusia volvía al águila bicéfala y los diversos comunistas de ojos rasgados brillaban por su ausencia.

    No importa que llenos de uruguayez creyeran que el esquema de los frentes populares era apto en sí mismo para gobernar, porque la verdad es que ese tipo de organización había sido concebida solo para llegar e inmediatamente desaparecer (o ser “desaparecida”). El Frente, en suma, llegó tarde, con sus desiguales pitucos y laburantes, pseudointelectuales y pseudoguerrilleros, ya desconsolidados por falta del agite original, y también porque en su tardanza quedó sin la ayuda externa que en otro tiempo le hubieran dado los dueños del circo.

    Así las cosas, librado a la superficialidad de sus “pensadores” (apenas famosos dentro del “club del aplauso”), lleno de voluntarismo positivista y de la irresoluta revolución batllista que nunca remató sus objetivos, así como privado de sostén externo, al frentismo no le dio el cuero para cambiar las estructuras (cosa disculpable, porque al fin y al cabo esta no era la etapa para hacerlo, según el cronograma marxista teórico), pero tampoco le dio el naipe para crear al “hombre nuevo” (ya bastante esperpéntico en proyecto), sino que apenas pudieron dejarnos un país en ruinas y un copioso rebaño de zombies. Esto último es peor que la devastación material.

    En los carteles del realismo soviético, el “hombre nuevo” al menos laburaba y combatía siempre sonriente, y si no, lo molían a palos y le enseñaban a reír mientras trabajaba y combatía. Pero en lugar de esa nueva humanidad bolchevique, las dirigencias frentistas nos legaron un monstruo de Frankenstein, en parte cuidacoches y mendicante, en parte falopeado o borracho, que no estudia ni trabaja y si lo hace es a desgano, con un poco de soñador utópico de cuarta categoría y un mucho del gesto idiota que se les ve hasta cuando cruzan la calle. Frente a ese mamarracho apático ¿cómo no va a seducir la sonrisa de un caribeño recién llegado?; con esa incapacidad que ya caló casi hasta la genética ¿cómo pueden dar buen resultado los índices de calidad empresarial, rendimiento laboral o aprovechamiento estudiantil, venga de donde venga el criterio de medición?

    Dentro de poco, cuando la mascarada tenga que abandonar sus puestos de privilegio, va a costar mucho reconstruir con el material de desecho que dejan atrás, pero la mayor parte de la sociedad confía en que alguien se haga cargo; lo esperan incluso esos muchos frentistas desengañados que, conservando la sensibilidad social pero aún no deglutidos por el “progresismo”, quieren escapar de la comparsa de sus dirigencias patéticas e ir bajo otra bandera.

    La faena es tan ardua que los cabecillas liberales difícilmente tengan el coraje de mandar el cuchillo a fondo, porque su propia convicción de que “la libertad es libre” les genera dudas de conciencia para hacerlo. Ante ese panorama, solo un jefe con los atributos en su lugar y auténtico temor de Dios puede plantarse firme y encargarse de la tarea; lo demás es puro cuento.

    Juan José Mazzeo