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    El Hospital Pasteur

    Sr. Director:

    La excelente atención del Hospital Pasteur. Quien suscribe —como muchos miles de uruguayos— solía lamentar, de una forma casi elegíaca, “la crisis que asuela a la educación, la seguridad y la salud públicas en el país”, pilares de la sociedad, derechos inalienables de la persona humana y responsabilidades básicas del Estado. Verbigracia, un Estado que no educa a sus ciudadanos, no les garantiza la seguridad individual y no les asiste la salud, tiende vigorosamente a su disolución, en un plazo más o menos mediato.

    Tengo para mí, sin embargo —y me incluyo absolutamente en el grupo que critico— que muchos uruguayos solemos repetir sin indagar ni profundizar demasiado, los informes, o peor, las opiniones de políticos, de miembros de corporaciones y de otros formadores de opinión, que dan una visión parcial, sesgada y hasta espuria, impregnada de intereses no siempre legítimos.

    Lejos estoy de auspiciar la gestión de este gobierno que, en muchos aspectos, me parece muy mala. Pero considero que cuando uno tiene la posibilidad de dar un testimonio positivo, de primera mano, en honor a la verdad, no debe ocultarlo: debe divulgarlo.

    Por cierto; un caso en cientos de miles no tiene relevancia estadística o, en otras palabras, “una golondrina no hace verano”. Pero nada me hace suponer que el caso que habré de narrar haya sido una excepción. Por el contrario, tengo motivos valederos para suponer que integra “la regla”, de modo que la tan manida crisis de la salud pública no es tan profunda, ni tan irreversible, ni, a juzgar por este caso, ni siquiera es tal.

    Paso a narrar el caso.

    Temprano en la fría mañana del 24 de junio me llamó mi amigo Hermes Melgarejo, de sesenta y seis años, divorciado y solo desde muchos años atrás, quien funge como “casero” de una pequeña chacra que poseo en los suburbios de Montevideo.

    “Me siento muy mal” —me dijo mi amigo en una especie de estertor desde su celular. —“Necesito ayuda”.

    Melgarejo es un “gaucho” de los de antes, hecho a todas las inclemencias, refractario a casi todo, duro y resistente como un poste de curupay. Nunca en la vida Melgarejo había pedido ayuda, de modo que asumí que la situación debía ser desesperada.

    Lo era.

    Melgarejo había dormido sentado, o mejor dicho había pasado la helada noche de invierno sentado en un sillón tratando de que le entrase el aire que, aparentemente, se negaba a llenar sus pulmones. Estaba monstruosamente hinchado, especialmente el vientre, las manos y las piernas, tenía los ojos amarillos y la tez morada, casi negra, como si estuviese a punto de congelarse.

    No fue fácil ayudarlo a ponerse de pie, vestirse malamente ya que las ropas y los zapatos, dada su hinchazón, parecían quedarle chicos y subirlo al auto para encaminarnos al Hospital Pasteur, donde diez años atrás lo habían atendido de un cuadro parecido aunque menos grave.

    Llegamos a la Emergencia del Hospital a las diez y veinte de la mañana.

    Una funcionaria tomó los datos de la cédula de identidad de Melgarejo y de inmediato lo pasó a una salita donde lo recibieron, lo interrogaron, lo revisaron de punta a punta, lo auscultaron, le tomaron la presión y le aplicaron el saturómetro, dos médicos muy jovencitos.

    Afortunadamente habíamos llevado la historia de la internación anterior, así que con ese antecedente y la anamnesis completa a que lo sometieron los jóvenes galenos, llegaron rápidamente a un diagnóstico preciso. Melgarejo, al que se lo veía muy cianótico, estaba sufriendo una insuficiencia cardíaca descompensada, complicada por una vieja hepatopatía alcohólica, con un riñón funcionando a medias, un cuadro de prostatismo y seguramente una diabetes hasta entonces inadvertida.

    Los mismos jóvenes doctores coordinaron de inmediato su ingreso a Emergencia —una sala parecida a un CTI— donde le asignaron una cama. Se le aplicó de inmediato una máscara de oxígeno, se le abrió una vía para administrarle medicación, se le practicaron análisis de sangre, se le hizo una radiografía de tórax, se lo conectó a un monitor cardíaco, se le instaló una sonda vesical y se le curó unas feas heridas en sus pantorrillas que, según él, no le cerraban y se habían cronificado. Por momentos había cuatro o cinco técnicos llevando a cabo distintos procedimientos en forma simultánea sobre mi amigo Melgarejo.

    No había transcurrido ni una hora desde que llegamos a la puerta del Pasteur cuando Melgarejo ya había sido visto y atendido por, no sé, una docena de técnicos y otros tantos auxiliares. Un rato después habían logrado compensarlo y sus números en el monitor empezaban a tender a la normalidad.

    Permaneció setenta y dos horas en ese CTI de la Emergencia y puedo asegurar que en cada una de esas setenta y dos horas recibió la visita y el control de algún técnico.

    Al cuarto día lo pasaron a la Sala 105, donde junto a otros veinte enfermos siguió recibiendo una esmeradísima atención de médicos, técnicos, enfermeros y auxiliares, durante quince días. En ese período se le practicaron radiografías, tomografías, análisis clínicos y, sobre todo, un plan terapéutico que incluyó grandes dosis de solidaridad y afecto por el enfermo, medicamentos de alto mérito sanador.

    Por supuesto que muestra el Hospital carencias edilicias, obsolescencia de algún equipamiento, sobredemanda de sus servicios, etc. Pero todo ello está compensado en exceso por la calidad, la dedicación y hasta la abnegación de los médicos, los técnicos, los enfermeros y los auxiliares.

    Doy fe de que el tratamiento médico y humano que ha recibido del Hospital Pasteur mi amigo Melgarejo, un humilde trabajador rural de vida solitaria y desordenada, con varias patologías y sesenta y seis años de edad, no solo le salvó la vida, sino también, si obedece las severas prescripciones que los médicos le han formulado, seguramente también se la habrá prolongado por varios años.

    Y yo aprendí algo importante.

    Antes de pontificar de un modo generalizado y abstracto acerca de la crisis en la Salud Pública debí haber investigado y profundizado mucho más.

    Porque, realmente, todos esos técnicos que se abalanzaron sobre Melgarejo para revivirlo en su cama de la Emergencia del Pasteur y luego en la Sala 105, y toda la batería de procedimientos que aplicaron en su terapéutica, no reflejan en absoluto una condición crítica.

    Siempre se puede estar mejor, desde luego.

    Pero también es preciso recordar el viejo axioma de que “lo mejor es enemigo de lo bueno”.

    Y la atención del Hospital Pasteur es más que buena. Los uruguayos debemos agradecerla sinceramente.

    Álvaro Secondo Escandell

    CI 1.174.509-9