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    El Inac y la realidad de la ganadería

    N° 1887 - 06 al 12 de Octubre de 2016

    En la reciente Exposición Rural del Prado, el equipo gerencial del Instituto Nacional de Carnes (INAC) hizo una suerte de presentación del estado de las artes en materia cárnica. De esos reportes llamó la atención una serie de datos e interpretaciones, que creo que da para varios comentarios. Hoy abordaremos solo uno, pero nos comprometemos a analizar aspectos complementarios en próximas ediciones.

    En la presentación de los gerentes, se dijo: “En cuanto a la edad de los novillos, este ejercicio muestra un poquito más de novillos de dentición incompleta, acompañando la tendencia de los últimos 3 o 4 ejercicios disminuyendo la categoría de dentición completa, que pasó de 35% en el anterior a 30%; los propios sistemas de aceleramiento de engorde lo permiten”.

    En un solo párrafo se encuentran varias falacias y desenfoques. A agosto de 2016, el porcentaje de novillos de dentición completa no era de 30% sino de 36%, según informa el mismo Inac. No se entiende la necesidad de esta tergiversación de su propia información. Y por cierto no es esa “la tendencia de los últimos tres o cuatro ejercicios”. En 2015, el porcentaje de novillos faenados de dentición completa fue del 38%, en tanto que en 2014 se situaba en 35% y en 2013 en 32%. Es decir, que no se viene en un proceso de disminución de la edad de faena sino todo lo contrario. En lo que va de 2016, se percibe esta tímida reversión de la negativa tendencia de la década.

    La ganadería uruguaya, que mostró un deprimente comportamiento durante casi todo el siglo XX caracterizado por el estancamiento, inició en 1990 un milagroso proceso de dinamismo que puso a Uruguay –como ya se ha consignado en estas columnas– en el segundo lugar entre los principales productores del mundo en cuanto al crecimiento de su producción ganadera en el período 1990-2006. Quedó detrás de Brasil, que en ese período extendió su frontera ganadera en forma muy significativa, en tanto Uruguay mostró ese desempeño exclusivamente basado en la productividad. No hubo en el mundo quien igualara esta gestión, en ese período.

    Un aspecto relevante de ese aumento de la productividad, fue –entre varios que veremos en otras columnas– la evolución registrada en la composición de la faena de novillos por edades. Para el lector no familiarizado con estos temas, es bueno aclarar que la edad de faena es un elemento importante en la calidad de la carne: a menor edad –si el grado de gordura o terminación es bueno –, la calidad de la carne es superior. Pero además, cuanto más rápido se faenen los novillos, mayor será la capacidad de producir más carne. Es así que entre 1990 y 2008 se pasó de una faena donde –al comienzo– el 80% eran animales de dentición completa (animales adultos), a apenas el 26%, al finalizar el período. Este extraordinario proceso se dio en un escenario de precios bajos en términos históricos. Es decir que esta positiva respuesta del sector privado no vino de la mano de ningún auge de precios, y saber a qué respondió es uno de los temas más importantes a dilucidar para anticipar el comportamiento de esta cadena.

    A partir de 2008 ese virtuoso proceso, y en un escenario de los precios más altos de la historia, curiosa y dolorosamente se revierte, y ese 26% no solo no se reduce más como lo venía haciendo ni se estanca, sino que retrocede, se revierte. Pasamos del 26% al 36% en penosos ocho años para nuestra ganadería (véase la gráfica adjunta).

    En la gráfica adjunta se incluyó la “línea de tendencia” (regresión simple) del primer período considerado (1990-2006) y la misma muestra que de haber continuado con ese proceso, en el año 2016 debería haber desaparecido la faena de novillos adultos.

    Cuando se había demostrado la ruptura del secular estancamiento, dando por tierra con muchas hipótesis catastrofistas (la teoría de la dependencia, la del estructuralismo, la tecnológica, la que atribuía los problemas a las “características” del empresario ganadero, etc.), y se iniciaba una sin precedentes etapa de precios inusitadamente altos del ganado y, lo que es más fuerte, de la tierra, nos encontramos con el aborto del proceso y, más grave aún, su reversión.

    No hemos visto, ni a la dirección del Inac, ni a sus gerencias, hacer referencia a este triste proceso que vive la ganadería uruguaya en los últimos 10 años. Más bien todo lo contrario. Se habla del “aceleramiento que los nuevos procesos de engorde permiten”, cuando en realidad sucede lo inverso. La tecnología sí permite reducir la edad de faena, pero en el Uruguay de hoy, de esta última década de precios récords, eso no pasa. Hay disponibilidad de tecnología, los precios de los insumos (excepto los combustibles y por cierto la mano de obra) mostraron relaciones favorables al negocio, la población de empresarios demostró ser capaz de obtener el mejor desempeño mundial durante 16 años, y por eso hay que preguntarse por qué pasa esta situación contradictoria y aparentemente inexplicable.

    Es muy difusa la utilidad que un instituto como el Inac representa para la ganadería uruguaya, y más teniendo en cuenta su alto costo (más de un millón de dólares mensuales), pero siempre reconocimos, así como con el Inale, que ambos aportan una mejora en la información sectorial. Cara, muy cara, pero mejora al fin.

    Lo que no parece aceptable es que el uso de esa información sea realizado de la forma en que lo están haciendo. La ganadería uruguaya atraviesa un período crítico: después del auge posnoventa mencionado, viene en franco retroceso en muchos de sus indicadores. Se debería poner los esfuerzos en explicar qué pasa, dónde están las causas que trabaron el proceso de crecimiento iniciado hace 26 años, y que incluso lo revierten. Eso requiere estudio, investigación, trabajo. Creo que el Inac tiene el material humano en su equipo técnico para hacer aportes significativos, y por cierto, que es quien dispone de mayor cantidad de recursos para eso. Sin embargo, se opta por hacer marketing de su gestión inconducente y lo más grave es que contribuye a mantener la confusión en el imaginario de la sociedad urbana y más allá, de que tout va très bien, en la ganadería uruguaya.

    (*) El autor es ingeniero agrónomo y consultor privado

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