Una cosa era segura esta mañana: Fortunato no se iba a dormir, como de costumbre, entre otras cosas porque no estaba cenando, por la obviedad de la hora, sino desayunando.
Una cosa era segura esta mañana: Fortunato no se iba a dormir, como de costumbre, entre otras cosas porque no estaba cenando, por la obviedad de la hora, sino desayunando.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCompartía un café con leche con tostadas con su amada esposa, quien en tono de real duda le manifestaba su escepticismo acerca del programa de la jornada.
—Fortunato, es un día de paro general. Hoy no anda ni funciona nada. No seas iluso, quedate en casa y después ves cómo arreglás esas citaciones que justo te fijaron para hoy —le dijo desde el más sensato sentido común.
—Anoche, mirando el informativo —y no me dormí, te aclaro, antes de que me lo digas—, lo vi todo clarito, dijeron que había servicios esenciales en todas las oficinas municipales y nacionales, así que me voy tranquilo, y ya verás —replicó Fortu, lleno de optimismo.
Es que casualmente para ese día de protesta gremial y de reclamos, Fortunato tenía día y hora prefijados en algunas reparticiones públicas, y en todos los casos era por temas importantes para él y su vida.
—¿Y te vas a largar a conseguir un ómnibus o un taxi justamente hoy? —insistió la señora, tratando de hacerlo entrar en razón.
—También hay ómnibus y taxis esenciales, lo escuché bien, habrá algunos menos, pero algo voy a conseguir, yo confío en nuestros trabajadores, responsables y solidarios, aun cuando están reclamando salarios justos y rechazando el Tisa, que no sé muy bien qué es, pero debe ser algo horrible, porque no hay pancarta de protesta que no lo rechace —dijo Fortunato, henchido de patriótica confianza.
La espera del ómnibus fue su primera aventura complicada. Al cabo de tres cuartos de hora pasó el primer bondi lleno hasta el techo, y suerte que no pudo subirse, porque no solo no se detuvo, sino que el chofer venía acelerando a fondo, perseguido por un par de motos desde donde unos energúmenos le tiraban piedras al autobús, insultándolo y tratándolo de carnero de la manera más soez. Un par de ventanillas rotas, que pudo apreciar a media cuadra de haber pasado el ómnibus, lo convencieron de que era una suerte no haber podido subir a esa unidad.
El siguiente, una hora más tarde, pasó más vacío, y por suerte no hubo agresiones.
Entró en la Intendencia y se fue directo al cuarto piso, sector Habilitaciones Especiales y Permisos de Construcción.
—¿Usted no sabe que estamos de paro? —fue lo primero que le dijo un flaco de bigotes con cara de muy pocos amigos.
—Claro que lo sé —contestó Fortunato— pero sé también que ustedes tienen un servicio esencial, yo tengo fecha para hoy para el permiso, porque mañana me vienen unos obreros que ya contraté para unos arreglos, y sin este certificado el capataz ni me toca un ladrillo. Mire, acá está la citación que ustedes me mandaron hace días —agregó, exhibiendo el documento.
El funcionario entendió que ya era momento de tutear al imbécil que tenía frente a sí.
—Macho, hoy hay paro, y además es jueves. Mañana es viernes, y es día puente. ¿Vos creés que te va a aparecer algún boludo a laburar en tu casa mañana? ¡Estás de la cabeza, papá! —agregó, demostrando que la mujicoverbia ya se ha hecho carne en el ciudadano común.
—Mis obreros vienen seguro, sea el día que sea —arriesgó Fortunato, no sin que un frío le corriera por la espalda, porque no había calculado esa circunstancia calendaria tan particular.
—Tomá —le dijo el flaco, blandiendo un sello de goma que debía datar de los tiempos del intendente Germán Barbato— te lo reprogramé para el 23 de setiembre, volvé ese día y te damos el permiso —concluyó, partiendo raudo hacia el fondo de la oficina, donde lo esperaba otro compañero, el mate, el termo, y una bolsa de papel de estraza llena de bizcochos muy grasosos, a juzgar por las manchas exteriores del envase.
De ahí se fue caminando al Registro Civil, donde tenía fecha para retirar un certificado de defunción que tenía que presentar al día siguiente en un juzgado, en una audiencia con fecha fijada hacía tres meses.
—¡Hoy hay paro y no entregamos nada! —le dijo de entrada una gordita fajada con una túnica celeste tres talles más chica que su voluminoso físico.
—¡Pero señorita, hoy funcionan los servicios esenciales, y yo necesito ese documento para un trámite judicial mañana mismo! —rogó Fortunato— ¡y ustedes me pusieron fecha de entrega para hoy! agregó, en un vano intento por obtener su documento.
—Hoy no solo no entregamos certificados de defunción, sino que ni siquiera registramos a los muertos —informó con firmeza la funcionaria—, así que no se le ocurra morirse ahora acá mismo de tristeza o de desesperación, porque no le registramos su fallecimiento hasta el lunes que viene —afirmó, con sorna.
—¿Cómo el lunes si mañana es viernes y no es feriado ni hay paro? —preguntó inocentemente Fortunato.
—Mañana pedimos el día libre de atención al público para ordenar internamente la oficina —informó la gordita, en una afirmación que no creyeron ni Fortunato ni Caperucita Roja, en caso que hubiera estado presente en el acto. La magia del día puente volvía a reiterarse.
Tuvo que esperar dos horas para conseguir un ómnibus que lo llevara hasta el Cementerio del Norte, donde tenía día y hora prefijados para la reducción de los restos de un familiar, “bajo apercibimiento de ser arrojados al osario colectivo, sin posibilidad de determinación de origen y pertenencia”, —según decía la citación de la Dirección de Necrópolis.
—Hoy hay paro, y no atendemos público —le dijo en el mostrador, con voz lúgubre, una vieja flaca y huesuda que sin duda trabajaba también de enterradora y hasta tal vez personificaba a la muerte en las fiestas de disfraces en Carnaval.
Fue inútil que Fortunato alegara todo lo que decía la citación, e hiciera alusión a los servicios esenciales.
—Su tía Gertrudis murió hace quince años, y unos meses más no le van a cambiar mucho la apariencia al cadáver —replicó la muerte, digo, la funcionaria, fijándole nueva fecha para la reducción para el 20 de marzo de 2016.
Fortunato volvió caminando a su casa, llegando de tardecita, en un Montevideo tan muerto como el mismísimo cementerio del cual venía.
—Ni me lo preguntes —le dijo a su mujer— no pude hacer nada de lo que fui a hacer, pero pude comprobar una cosa, eso sí: Uruguay no se detiene…¡pero qué despacio que camina, ché! —concluyó.