Nº 2204 - 15 al 21 de Diciembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl 2022 pasará a la historia como un año de extremos. La salida del Covid nos trajo un fuerte impulso inflacionario a nivel global que se exacerbó con el inicio de la guerra en Europa. Todo lo que usa el agro saltó a volar por los aires: la energía, los fertilizantes, los agroquímicos, los fletes.
Existía incluso el temor de que no se lograra disponer del fertilizante suficiente para abonar los cultivos y eso agregó una cuota de incertidumbre al mercado. Tuvimos precios históricamente altos en casi todo cuanto producimos. El clima, si bien no fue el ideal, permitió una cosecha razonable en el hemisferio norte y en el hemisferio sur no parece tan amenazante, cuando menos por ahora.
Llegamos al final del año con precios que si bien no son de locura no son nada malos respecto del promedio histórico. La soja a más de 500 dólares por tonelada a la siembra no es frecuente. Es cierto que tenemos las dudas que impone el clima del verano. Y, por suerte, los rendimientos de los cultivos de invierno están siendo muy interesantes a pesar de la sequía, a cuenta de que la academia nos dé más adelante un panorama sobre qué lo explica. Se abren muy buenas perspectivas para el invierno del 2023, empezando porque se consolida un cambio más que interesante en la agricultura uruguaya con la predominancia de la colza como cultivo principal. Pero, con relaciones de precios un poco más normales, seguramente el trigo y la cebada subirán en su área casi en 2023.
Más allá de cómo termine el año entre el volumen de producción y los precios, hay algunas luces de incertidumbre sobre el futuro. Los costos, como decía un colega, suben por ascensor y bajan por la escalera. Si el mercado empieza a preocuparse por la demanda, especialmente de China, y si el contexto macroeconómico no mejora, podemos tener algún ruido en la línea.
Tarde o temprano vuelven a reinar los fundamentos. Lo que estamos viendo en muchos productos es la ocurrencia de fenómenos de corto plazo que no se ajustan a los fundamentos. Tomemos por ejemplo el trigo en Chicago: está en sus mínimos del año cuando las expectativas de producción y demanda hablan de un primer semestre bastante complicado que debiera impulsar los precios al alza. En soja y maíz la preocupación es que el shock de oferta de Brasil especialmente inunde el mercado y haga que los precios caigan en el mediano plazo. Seguimos con muchas incertidumbres respecto del futuro, en particular porque muchos de los elementos que causan enormes volatilidades este año siguen presentes y no parece haber avances sostenidos ni en el combate a la inflación ni en encontrar una paz duradera en Europa.
Uruguay en este 2022 ha sido una isla de estabilidad y una sorpresa del punto de vista productivo. Pero tenemos nuestros propios problemas: la ganadería enfrenta una caída de precios histórica, mientras que el atraso cambiario empieza a sentirse como una amenaza que azuza viejos fantasmas. Uruguay hoy no es lo que era antes, y el agro uruguayo puede soportar la molestia que representa el valor del dólar pero no puede arrastrarlo por siempre. Este año también hemos visto a un Poder Ejecutivo impulsando varias iniciativas para el sector y sobre todo buscando nuevos mercados para nuestra producción. Son negociaciones que toman tiempo para que se vean los resultados pero es el único camino para ser relevantes en el contexto internacional y tener mejores oportunidades.
Esperemos que el fantasma de la recesión global no sea muy duradero ni muy profundo. Nos merecemos consolidar los éxitos de la agricultura y necesitamos un repunte de los precios ganaderos para estar más cómodos. Pero para lo que fue el año y lo que ocurre en el mundo debemos ser más que agradecidos de ser uruguayos y de vivir en esta pequeña isla de estabilidad.
(*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Universidad ORT.