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    El caballo flaco

    N° 1982 - 16 al 22 de Agosto de 2018

    Con Aníbal Troilo empezó en 1947, en un baile. Lleno completo. Cantó el primer tango y hubo aplausos que a Pichuco le sonaron raros. Luego cantó otro y el público dejó de bailar y se arrimó al palco. Al final, no solo aplausos, sino gritos y cosas que volaban por el aire.

    —Mire, mejor bájese, porque esto viene “de cargada” —dijo el director.

    —¿Le parece?

    —¿Y no ve que le tiran de todo?

    —Ah… pero a mí en los bailes siempre me aplauden así…

    Troilo jamás olvidaría, según confesó más de una vez, esa noche.

    Había debutado Lionel Edmundo Rivero, el de la voz con registro de bajo, una rareza en aquellos tiempos de barítonos y tenorinos. Y ni siquiera sus compañeros le facilitaron el comienzo: hasta que Troilo puso orden, le torcían el micrófono, se lo desprendían de la jirafa o hablaban mal de él exigiendo su despido. La vida puso los caramelos en su bolsa: les ganó a todos; durante los tres años que cantó en la orquesta —con grabaciones antológicas como El último organito, La viajera perdida o el incomparable Sur— se consagró al fin entre los mejores y a sus éxitos, en una extensa trayectoria, solo los detuvo la muerte, el 18 de enero de 1986.

    Rivero nació en Valentín Alsina, el 8 de junio de 1911. Su vida fue itinerante. El padre era empleado del ferrocarril y las mudanzas abundaron: primero a Moquehuá, en Chivilicoy, plena provincia, luego al barrio de Saavedra, más tarde a la calle Azurduy y finalmente a Belgrano, más al centro de Buenos Aires. Gracias a su tío Alberto y a sus hermanos Aníbal y Eva, músicos, aprendió solfeo, guitarra y canto, que perfeccionó con el maestro Marcelo Urízar, quien quiso presentarlo en el Teatro Colón como bajo. Fiel y riguroso al máximo, ya famoso, Rivero —a quien su madre bautizó Edmundo en honor al personaje principal de El conde de Montecristo, de Dumas, creando, sin quererlo, crueles bromas posteriores por la apariencia que adquirió su hijo en la madurez— siguió estudiando canto con Urízar.

    Su peripecia artística fue inusual y tropezada: un dúo con su hermano Aníbal para cantar temas gauchescos en zonas rurales; un trío, incorporando a Eva, para espectáculos en cafés porteños, siempre sin rozar siquiera el tango; o solo, con su guitarra, haciendo la música de películas mudas en cines de barrio y acompañando cantores de los llamados “nacionales”, que en 1934 fueron Charlo y Francisco Amor, gracias a los que, poco a poco, se introdujo en el dos por cuatro. Un concurso de cantores en radio Splendid, que lo contrató como primer guitarrista, le dio su inicial e inesperada gran oportunidad: faltó un concursante; le pidieron que lo sustituyera y ganó, cantando Vieja recoba. Julio de Caro lo convocó en 1937 a su gran orquesta, aunque volvió el lío: al director no le gustaba que la gente dejara de bailar para escuchar al cantor. Más tarde tuvo apariciones sin mayor repercusión con Humberto Canaro y Emilio Orlando, hasta que volvió a su rol de acompañante de otros artistas, caso, en 1939, de Nelly Omar. Después, durante un breve lapso, discontinuó sus actuaciones y se empleó en el Ministerio de Guerra; pero ya había generado “ruido”.

    Cuando había regresado a los cafés, bailes y carnavales, en 1944, sorpresivamente para él, lo contrató Horacio Salgán.

    Una novela. No pudieron grabar comercialmente porque, según los empresarios, “los arreglos de la orquesta sonaban raros y el cantor tenía algo en la garganta”. Pero entonces, el Feo, como también llamaban a Rivero, para el público ya era tango puro y del bueno, inimitable.

    A partir de ahí, aunque suene paradójico, llegó el aluvión de éxitos: Troilo hasta 1950, luego solista reconocido, acompañado por guitarras, su participación en películas —El cielo en las manos, Pelota de cuero, La diosa impura—, su faceta de escritor —El viejo almacén y Las voces, Gardel y el tango— y de compositor —No, mi amor, Malón de ausencia, Quién sino tú, El jubilado, Biaba, La señora del chalet, Bronca, Pa’l nene, Amablemente y Aguja brava, entre otras obras—, así como la creación de su antológico Viejo almacén, desde 1969, y su voz cantando las milongas de Borges musicalizadas por Piazzolla.

    Ariel Martínez, prestigioso musicólogo uruguayo, al escribir la necrológica de Rivero, que encabezó con el título que lleva esta columna —por aquello de El último organito: “Con un caballo flaco, un rengo y un monito…”— sentenció, enfático: —A la hora de las comparaciones, solo me detengo ante Gardel.

    ¿Exageración? Quién sabe.