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    El café inmortal

    Nº 2192 - 22 al 28 de Setiembre de 2022

    A veces —y no es inusual— en personas como yo, añosas y que gustan del tango memorioso, se producen ciertas asociaciones de ideas espontáneas. No me inquieta; todo lo contrario.

    A pesar de la lluvia yo he salido / a tomar un café. Estoy sentado / bajo el toldo tirante y empapado / de este viejo Tortoni conocido.

    Son líneas de un poema de Baldomero Fernández Moreno que hallé casualmente, en el momento en que una radio informaba de las decenas de miles de uruguayos que viajaban a Argentina, sobre todo a Buenos Aires, aprovechando el reciente y extendido feriado del 25 de agosto. Y se me ocurrió pensar, aun sabiendo que el interés principal del virtual éxodo era la ventaja de precios para la compra, a cuántos de ellos se les ocurriría visitar uno de los sitios turísticos y de mayor difusión cultural, nacido, desaparecido y resucitado a través del tiempo entre los ingredientes principales de una aventura del tango que ya lleva, tal vez a tropezones, poco menos de dos siglos de existencia.

    Me refiero, claro, al Café Tortoni y su agitada e incomparable peripecia.

    Fue inaugurado en 1858 por un inmigrante francés de apellido Touan, en la esquina de Rivadavia y Esmeralda, cuando aún no existía la avenida de Mayo, con la pretensión de imitar a Le Café Tortoni del Boulevard des Italiens en París, mencionado en la novela Rojo y Negro de Stendhal, editada alrededor de 1830.

    En 1880, adquirido años antes por José Fanego, fue trasladado a su lugar actual, la que hasta entonces había sido residencia de Saturnino Unzué, una casa con planta baja y la vivienda en el piso superior, también con frente a Rivadavia. Dos años más tarde, la municipalidad construyó la avenida de Mayo, avanzando precisamente entre Rivadavia y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen). El renovado Tortoni fue afectado solo en parte, perdiendo el fondo de su terreno pero obteniendo a cambio la renovación total y lujosa de su fachada. A fines del siglo XIX, el café fue comprado por Celestino Curuchet, quien promovió la integración de la intelectualidad argentina y extranjera.

    Una de las consecuencias de esta iniciativa fue la creación de La Peña, inaugurada en 1926 para promover “el fomento y protección de las artes”, bajo la dirección de Benito Quinquela Martín. Así nació, en la bodega del Tortoni, la Agrupación Gente de Artes y Letras.

    Vale la pena recordar algunos de los ilustres que allí se reunieron, tomaron café y charlaron a lo largo de años: Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, Juana de Ibarbourou, Roberto Arlt, José Ortega y Gassett, Jorge Luis Borges y Albert Einstein; que allí cantó una única vez Gardel, en homenaje a Luigi Pirandello, que llegó a dar una conferencia; que allí recitó sus poemas Federico García Lorca; y que allí tocó el piano, incluyendo un par de tangos, nada menos que Arthur Rubinstein.

    La agrupación cerró en 1943, años de censura militar. Pero entre 1962 y 1974 un grupo de escritores, unos jóvenes, otros maduros, reavivaron la idea creando La Peña del Escarabajo de Oro: Abelardo Castillo, Humberto Constantini, Liliana Hecker, Isidoro Blastein, Ricardo Piglia, Vicente Battista y Horacio Salas, entre otros. De esos encuentros nacieron tres revistas decisivas en el crecimiento cultural de Buenos Aires: El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco.

    Es interesante recordar que, durante tan variadas etapas y actividades, siempre hubo en el Tortoni, además de sus mesitas tradicionales, su biblioteca, sus billares y sus salones para el dominó y los dados, unos celebrados encuentros de tango y jazz clásico. ¿El lugar? La bodega, hasta hoy.

    Eladia Blázquez, componiendo la música y con letra del poeta Héctor Negro, dieron vida al único tango que la memoria de la mayoría recuerda como un himno a este café inigualable, Viejo Tortoni:

    Se me hace que el palco llovizna recuerdos; / que allá, en la avenida, se asoman —tal vez— / bohemios de antaño y que están volviendo / aquellos baluartes del viejo café… / Tortoni de ahora, te habita aquel tiempo… / Historia que vive en tu muda pared… / Y un eco cercano de voces que fueron / se acoda en las mesas, cordial habitué…

    Y Ricardo Ostuni dejó escrito: “Este viejo café es casi una leyenda, una parte insustituible del espíritu de la ciudad. Fue refugio de la bohemia intelectual de los años de oro y sigue siendo un reducto acogedor para todas las manifestaciones del espíritu”.

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