Hace un mes, quien fuera dos veces presidente, Julio María Sanguinetti, publicó en el diario “El País” de Madrid una columna donde, bajo el título “Fin de Fiesta”, anunció “el final de la fiesta populista, con la sumatoria del colapso venezolano, la crisis política de Brasil y la inminencia de la derrota del kirchnerismo en Argentina”.
“El populismo es el hijo bastardo de la prosperidad; nace siempre —como fue el primero, el de Perón— en un momento de abundancia, declina cuando cambia la situación y luego vive de la nostalgia, recordándole al pueblo lo generoso que era en el pasado, cuando distribuía las mieles del mercado internacional, frente a los sacrificados gobiernos que tienen luego que hacer el forzoso ordenamiento. Estamos, entonces, en este ciclo, aunque la situación sea distinta en cada país”, dijo.
“A veces ocurre lo que le está pasando hoy al presidente Tabaré Vázquez, quien tiene que recoger la herencia de su primer gobierno de haber alentado a los corporativismos y la herencia del ex presidente José Mujica, que fundió a las empresas públicas en un festival de despilfarro”, manifestó.
Precisamente, añadió: “Ese es el riesgo y, también, el desafío que va a tener Macri en Argentina, para hacer las cosas bien y confiar en que la ciudadanía entienda. Al fin de cuentas, la democracia es el ejercicio de la racionalidad”.
Sanguinetti recordó que en 1964, con el golpe de Estado en Brasil, “se abrió el período de la irrupción militar, excitada por la revolución cubana de 1959”, pero “la reversión se comenzó en 1978, en Dominicana y Ecuador, para culminar en 1989 con Chile y Paraguay, luego de Argentina (1983), Uruguay (1985) y Brasil (1985)”.
“Estábamos ya en el final de la Guerra Fría, que en 1989 se clausuró formalmente y no puede ignorarse como factor importante el retiro de las Fuerzas Armadas del escenario político”, consideró.
El ex presidente estimó que los militares “solo siguen gravitando en Venezuela y todo indica que han pesado para que no se perpetrara el fraude que se temía”.
“Esa ha sido la historia: los regímenes autoritarios suelen terminar cuando los militares dicen ‘hasta aquí llegamos’, desde Perón al Sha de Persia o, más recientemente, en Egipto con Mohamed Morsi”, evocó.
Según Sanguinetti, “la desgracia de los países, y de algún modo otro de los motivos de la declinación, es el despilfarro de la bonanza que desde el 2003 al 2012 permitió un crecimiento inédito de la región. No se gobernó; simplemente se distribuyó”.
Dijo que “este es un factor común a Venezuela, Argentina y Brasil. Ahora hay que gobernar, y gobernar es administrar; y administrar es priorizar, porque cuando todo es prioridad, nada es prioridad. Ahora hay que elegir y ello supone, también, renunciar. Los populismos siempre quieren perpetuarse y usar la vía espuria del abuso y la corrupción, como ha pasado, justamente, en esos tres países. Seguramente les hubiera ido mejor si en vez de ejercer sin medida la demagogia y el personalismo, hubieran invertido algo más y echado bases más sólidas para su sobrevivencia. Pero el populismo es reparto y no inversión, es hoy y nunca mañana, el populismo se nutre de su construcción del enemigo: el ‘imperialismo’ de Maduro, los ‘buitres’ y ‘los años 90’ para doña Cristina”.
El ex presidente señaló que existe “claramente una tendencia” en la sucesión de los últimos acontecimientos, pero advirtió que “cada caso tendrá su propia historia”.
“En Argentina asume Macri, luego del sainete de una presidenta que no asume la derrota y que, de papelón en papelón, organizó la mascarada discepoliana de una transmisión de mando a la que se negó. Sin mayoría parlamentaria y con una oposición iracunda, ya lanza en ristre, lo de Macri será muy difícil, pero ya vivió lo mismo en el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, con la señora Fernández de Kirchner tirándole con todo lo que tenía a mano”, evaluó.
Por otra parte, opinó, la situación en Venezuela “es la de un gobierno autoritario que seguirá en el poder, pero ahora limitado por el Parlamento y claramente también por unas Fuerzas Armadas que, aparentemente, han puesto un límite. Habrá una cohabitación difícil, con un gobierno que tendrá que asumir las consecuencias de su propio desbarajuste económico y social. También hay un ambiente internacional que ya no sacará a Venezuela del radar”.
En cuanto a Brasil, Sanguinetti dijo que el país “sigue en la nebulosa”.
La presidenta Dilma Rousseff “ha optado por recomponer su gabinete, asegurando su mayoría a base de transacciones. Quizás esto le permita sobrevivir al juicio político, que requiere amplias mayorías, pero no al estancamiento económico que, si ya venía de atrás, ahora se ha hecho profundo por falta de conducción. Un gobierno débil, solo luchando por su sobrevivencia, no está en capacidad de sobrellevar esa crisis”.
“Solamente están los dos escenarios que planteó Fernando Henrique Cardoso cuando vino a Montevideo: o la presidenta personalmente da un paso al costado o ella encabeza una refundación de su gobierno, con participación de otras fuerzas políticas y asumiendo la responsabilidad de la operación de limpieza”, dijo.
Añadió que si Rousseff no hace alguna de esas cosas, entonces “simplemente prolongará una agonía, seguirá deshilachándose y mantendrá a Brasil al margen del mundo, sin ejercer su liderazgo en el Mercosur, sin asumir una estrategia más amplia hacia Europa o especialmente el Pacífico, apenas repitiéndose a sí mismo en un clima de declinación y agotamiento”.
El ex mandatario recordó que mientras todo esto ocurre en América del Sur, “los grandes bloques comerciales se consolidan y nuestro Atlántico sudamericano sigue como un náufrago”.
“La educación es insuficiente, la productividad está muy lejos de la asiática —que hoy marca el ritmo— y la capacidad de innovación es ínfima”, destacó.
Sanguinetti dijo que la región “tiene recursos naturales, algunos islotes destacados de modernidad, la posibilidad de superarse si asume el desafío educativo y la seguridad de que la demanda de alimentos continuará en el mundo”.
Eso, precisó, “no es poco, pero no basta”.
“Desde la Grecia de Pericles, pasando por la Roma de Augusto, hasta la Inglaterra de Victoria o los Estados Unidos de los Roosevelt, solo han triunfado grandes proyectos de desarrollo cuando sintonizaron un liderazgo gubernamental convencido y una mayoría popular esperanzada en su futuro. Fue así también en el Uruguay de 1911 con Batlle y Ordóñez o en el de 1948 con Luis Batlle Berres”, concluyó.