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    El candidato del Herrerismo

    El sector, el partido y el país reclaman prontas respuestas. Creo que son muchos los factores que juegan a favor de que se resuelva la candidatura de Unidad Nacional lo antes posible y comprendo escasamente las razones para su postergación.

    Los argumentos a favor de resolver prontamente esta cuestión son claros: mayor tiempo hasta las elecciones internas del 2014 para instalar en el electorado la figura del elegido; finalización del desgaste que produce en todos la incertidumbre; eliminar del imaginario electoral la posibilidad de que Luis Alberto Lacalle cambie su intención de no ser candidato, la que, en lo personal, considero decisión definitiva, pero que, de algún modo, impide el desarrollo de una figura alternativa, según muestran las encuestas; establecimiento de un límite al crecimiento en soledad de la figura del compañero Jorge Larrañaga; consolidación de dos polos parejos y pujantes dentro del Partido Nacional, lo que favorece su fortalecimiento como alternativa de cambio ante el Frente Amplio; mayor tiempo para restañar las posibles heridas que, normalmente, deja una decisión como la que enfrentamos; en fin, todas las ventajas de que todos tengamos las cosas y el escenario nítidos cuanto antes.

    De parte de alguno de quienes se han manifestado a favor de dilatar la decisión, se ha escuchado el argumento de que no hay todavía diferencias importantes en la intención de voto que registran los postulantes, y que estas son muy bajas. Creo, respetuosamente, que esta idea conduce a que se difunda por parte de pretendidos expertos en la opinión ajena, periodistas o meros talenteadores, este pensamiento que, inconscientemente, conspira, por “ninguneamiento”, contra el mejor desempeño de quien resulte a la postre designado candidato por Unidad Nacional.

    También es pernicioso que las encuestas de opinión comiencen a mostrar una diferencia en la intención de voto a favor de Alianza Nacional y en contra de los posibles candidatos del sector que, por presentarse separados, generan la ilusión óptica de estar en gran desventaja, la que se diluye apenas se suman los porcentajes individuales detrás de uno solo. Lo que, por otra parte es congruente con la opinión que ha hecho pública el principal de la consultora Cifra, Luis Eduardo González, en el sentido de que el Herrerismo sigue siendo la fuerza nacionalista de mayor arraigo.

    Por otra parte, me parece que esa argumentación esconde una falacia, que cualquiera que tenga una mínima experiencia política reconocería. Un candidato que no es líder —pues todos reconocemos que esa calidad la mantiene Lacalle— solo se puede desarrollar en plenitud y en todo su potencial una vez que es visto como tal. Tengamos, por tanto, cuidado de no caer en el círculo vicioso de no animarnos a decidir qué es primero, si el huevo o la gallina.

    Máxime cuando existen elementos objetivos, de análisis científico, que se pueden y deben utilizar en estas etapas, como ser medir el nivel de conocimiento que entre la ciudadanía tienen los precandidatos y cuál es su grado de popularidad en el electorado; esto es, cuál es la diferencia entre las simpatías y antipatías que generan. Estos datos deberían investigarse y darse a conocer públicamente para que todos los blancos pudiéramos valorar cuál puede ser la mejor designación.

    Porque de estos dos indicadores deriva el potencial político de cada uno de ellos, el que, con una adecuada campaña de posicionamiento posterior a la selección, determinará no ya la intención de voto que puedan alcanzar, sino su verdadero desempeño electoral.

    Tanto Ana Lía Piñeyrúa como Luis Alberto Heber —los dos únicos que han sido por demás claros en sus aspiraciones— se han manifestado públicamente y en forma coincidente a favor del criterio de definir la cuestión cuanto antes.

    Lo mismo han hecho Francisco Gallinal y Gustavo Penadés, dos de los integrantes del grupo que está conduciendo el camino hacia la selección del candidato.

    La voluntad expresada por los únicos claros pre-candidatos debería tener un peso especial en la definición, pues son los que se la están jugando por el premio mayor. A no ser que se aclare alguna otra aspiración en tal sentido, me parece que solo hay que tener la mirada puesta en el mejor desempeño electoral del sector para colaborar con el triunfo partidario, cualquiera sea la posición que definamos los blancos en el 2014.

    Hay un límite, que es el bien común del sector, del partido o de la nación. Traspasarlo pone en riesgo la propia supervivencia política de quienes no distingan con claridad hasta cuándo se puede tirar de la cuerda.

    Gran parte del Uruguay, que espera anhelante que aparezca una alternativa a esta ya peligrosa conducción del Frente Amplio, no perdonaría que pongamos en riesgo el indispensable triunfo del Partido Nacional por no resolver de un modo acorde a los requerimientos de los tiempos políticos.

    José Pedro Isasa

    CI 914.778-8