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    El cielo del violín

    Itzahk Perlman se presentó en el Auditorio Adela Reta

    Si en la vida es bueno ser agradecidos, debemos estarlo entonces con la Fundación Tzedaká, que hizo posible que un grande de la música como Itzahk Perlman viniera a Montevideo. Una alegría adicional fue ver la sala Eduardo Fabini tan rebosante de público. Es lo que se merece un artista de este porte. Muchas veces distintas circunstancias, entre la que no es menor el precio de las localidades, conspiran contra ese ingrediente vital del espectáculo que es un teatro lleno. Aquí no hubo tal cosa y ya en el hall de entrada se percibió un volumen de asistencia que minutos después dejó la sala repleta.

    El arranque fue un disfrute con el Allegro con brio de la “Sonata N°1 op.12” de Beethoven, compuesta en 1797; el tiempo empleado fue a la vez pujante y elegante y pudo apreciarse en Rohan De Silva a un pianista muy correcto y atento en el acompañamiento. La magia de Perlman se hizo evidente en el segundo movimiento que es un Tema con variazioni: andante con moto, donde ambos instrumentos se alternan en un juego de planos sonoros en el que entran y salen cada uno a su turno. Y entonces Perlman aparece haciendo cantar su Stradivarius como si fuera una voz humana, ligando las notas de una manera única, o sosteniendo la expresividad de una frase larga con muchas notas intermedias. Apenas un respiro después de ese magnífico canto sosegado atacan el Allegro final a un tiempo de vértigo, donde ambos músicos brillan subrayando la melodía sin desmedro de la velocidad. Una joya.

    La “Sonata en La mayor” de César Franck, compuesta en 1886, es una obra esencial en la literatura para violín y piano. La obra en sí es cautivante por la belleza de su leitmotiv, que se expone de entrada y luego reaparece constantemente en todo el transcurso en un notable crescendo expresivo. La particularidad de esta Sonata es que exige en el piano algo más que un buen acompañante. Para que la obra llegue a la altura expresiva a la que debe llegar es necesario un pianista de nivel solista lo más próximo posible al nivel del violinista. No es fácil que eso ocurra. Es posible sí encontrar grabaciones donde para la ocasión se haya conseguido juntar a dos talentos que vuelan a la misma altura; es más difícil que eso ocurra en recitales en vivo, donde lo usual es la presencia despareja entre un violinista descollante y un correcto pianista acompañante. Recuerdo para los memoriosos: un ejemplo de excepción a esta regla fue la torrencial versión que hace unos 30 años hicieron en el Teatro Odeón el violinista Uto Ughi con Nybia Mariño al piano.

    La versión de Perlman-De Silva no fue una excepción a la norma del desnivel entre solistas. Perlman brilló en toda la línea haciendo gala de un timbre que siempre es dulce, ya en la zona grave, ya en la aguda, una afinación sin mácula, un vibrato que hace conmovedora la frase que canta. A su lado De Silva fue un acompañante atento pero tenso. Nunca se soltó a frasear con la libertad que lo hacía el violín. Esa tensión le impidió también acometer los pasajes turbulentos con otra decisión en el ataque y otro sonido en el discurso.

    El cierre del programa fue otra maravilla con la Sonata en Sol mayor “El trino del diablo”, de Giuseppe Tartini, compuesta en 1713, que además de tener una gran exigencia virtuosística, es una pieza de enorme vuelo lírico. Pocos violinistas se atreven a abordarla: es un verdadero tour de force donde el violín no tiene descanso alguno, mientras se alternan pasajes de gran virtuosismo con otros de expresivo canto. Fue el otro vehículo ideal para calibrar la estatura de Perlman, capaz de conferirle un sentido musical inteligible, atractivo y coherente a los endiablados pasajes para la mano izquierda, donde fue asombrosa la independencia de sus dedos.

    Con un teatro de pie, vino la seguidilla de piezas que el propio Perlman anunció entre bromas para cada ocasión. Media hora más de disfrute para todos los gustos, con algunos momentos de antología como el cierre con una pieza del casi desconocido Antonio Bazzini, profesor de Puccini en el Conservatorio de Milán, donde el solista se pasea a toda velocidad entre cuerdas percutidas con el arco, con los dedos de la mano izquierda, armónicos, trinos, cuerdas dobles y triples y otros menesteres. Pero tan antológico como esa pieza gimnástica fue el no menos exigente “Tambourin Chinois”, de Kreisler, donde hay música cantada y no solo calistenia instrumental. Y las dos perlas mayores de esta sobremesa armada por el propio Perlman: el “Tango”, de Isaac Albéniz, en arreglo de Kreisler y la famosa “Canción que mi madre me enseñó”, del conjunto de “Canciones gitanas” de Dvorak, uno de los momentos más conmovedores de toda la noche.