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Uno de los grandes eventos de los últimos días, junto con el comienzo de los Juegos Olímpicos, ha sido la reunión suprema del Frente Amplio, en la cual se produjo la extirpación de su controvertido presidente, el Dr. Javier Miranda, y el injerto de su bigotudísimo sucesor pro tempore, el Dr. Ricardo Ehrlich.
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Todo ocurrió en el predecible clima de “armonía” que cabía esperar, ya que el conglomerado de izquierda combina —con asombrosa eficiencia— el cultivo de la grieta (hacia fuera) con el oficialismo, y el ejercicio de la guerra de guerrillas (hacia dentro), para la cual muchos de sus integrantes poseen grados, posgrados, licenciaturas (sobre todo en genética humana) doctorados y emeritazgos.
Fortunato había escuchado durante el día el anuncio de que la sesión se iba a trasmitir en diferido al cierre de la programación, por lo que se dispuso a presenciarla con su copita de vino posprandial.
La cosa arrancó bastante movida, por lo que Fortunato pensó que, a diferencia de otras veces, no se quedaría dormido.
En un momento, uno de los asistentes pide la palabra para justificar su voto en una de las mociones presentadas, pero el coordinador del acto (a la sazón, el propio Miranda) lo ignora y prosigue recogiendo el consenso sobre lo votado entre los demás asistentes.
—Te dije que quiero justificar mi voto, atorrante, ¿tas sordo o es de bandido nomás que no me das pelota? —interjecta el ignorado, que recibe por respuesta el desprecio de la mesa, desde donde surge un “sigamos recogiendo los votos, y vos calláte la boca que ya votaste, no jodas más aunque sea por un rato”, o al menos eso fue lo que escuchó Fortunato, quien, a pesar de sus expectativas, notaba que se le estaban cerrando los ojos.
—¿Y a las mujeres van a seguir ignorándolas, manga de machirulos patriarcales todos socios fundadores del Club de Tobi? —dice en determinado momento una de las más notorias asistentes al espectáculo reclamando que al lado de Ehrlich pusieran a una fémina, para lo cual propuso los nombres de dos ilustres desconocidas que no salían ni en la guía telefónica.
—Esto está bueno —pensó Fortu para sus adentros, pero el sueño iba pudiendo más que su deseo de presenciar aquella carnicería. Ya no sabía si estaba soñando cuando percibió un sonido gutural que salía de una garganta profunda.
—Ustedes se llevan el mundo por delante, pero tienen que tomar en cuenta a los grupos minoritarios, ¿qué se piensan, que solo existen los comunistas, los socialistas, los emepepistas, los vanguardistas y los bergaristas? —bramaba desde el fondo un gordo que alzaba el puño (izquierdo) de manera amenazante.
—¿Y vos quién sos? —le replicó el coordinador.
—¡Soy Braulio Elsoli Tario, de la agrupación Amigos de las Reivindicaciones Progresistas Postergadas por el Neoliberalismo Imperialista y Retrógrado, del departamento de Cerro Largo, compañero!, ¡y queremos que nuestra agrupación se integre al Grupo de Seguimiento que respaldará al doctor Ehrlich! —replicó el orador.
—¿Y cuántos afiliados tienen, compañero? —inquirió el coordinador.
—Somos 35, entre titulares y suplentes.
—Tienen más letras en el nombre de la agrupación que afiliados, compañero, no me joda, ¡vuelvan el año que viene si al menos llegan a 40!
—Yo le pedí la palabra, compañero coordinador, y usted me sigue ignorando, ¡así que voy para ahí y le saco el micrófono a la fuerza! —dijo un flaco que vestía una remera con la imagen del Che Guevara con una hoja de cannabis en lugar de la nariz. Ahí Fortunato ya sabía que estaba dormido, y que aquello no podía ser sino un sueño.
El flaco corrió hacia el estrado, le dio una piña a Miranda y le arrancó el micrófono, tras lo cual se puso a cantar una canción de Pablo Milanés; mientras muchos de los asistentes lo abucheaban y le gritaban: “Traidor, rata vendida al oro yanqui”, el flaco respondía: “¡ah! ¿no les gusta?, ¡entonces les canto una de Silvio Rodríguez!”, y arrancó con otra melodía de la Nueva Trova Cubana, causando aún más rechiflas de muchos de los asistentes, que le tiraban con galletitas, monedas, descerrajándole los insultos más procaces y soeces.
A esa altura el desorden era incontrolable, Rafael Michelini pedía comprensión, calma y una firma para el referéndum, recogiendo en las papeletas que llevaba consigo algunas rúbricas más para llevar a la Corte Electoral, Margarita Percovich discutía con Constanza Moreira si era mejor Ifigenia Ladesco Nocida o Pirula Noteco Nocemos para proponerla de socia de Ehrlich en la conducción del conglomerado, y la secretaría del congreso encajonaba de nuevo (como desde hace un año y medio) el documento Balance, evaluación crítica, autocrítica y perspectivas, con lo que ya es seguro que hasta octubre no vuelve a aparecer.
Una gordita circulaba entre los asistentes ofreciendo marihuana en voz baja (“tengo de la buena, la de Rincón del Cerro”) y un señor mayor, funcionario rentado de la Huella de Seregni, vendía tortas fritas: “¡A ver, a ver, a voluntad, tamos recaudando fondos para poder pagar la UTE este mes!”.
Cuando Fortunato decidió irse a la cama para dormir más cómodo que en su sillón, pensó que al día siguiente podría leer en los diarios la crónica de lo que realmente había pasado sin las fantasías recurrentes de sus sueños.
Comprobaría entonces que todo había sido casi igual.