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    El cuarto del finlandés

    Lauri Astala en la ex cárcel de Miguelete

    La chica hace ademanes como si estuviera frente a un espejo. Se ríe y vuelve a probar, juega con los brazos, saluda. Está parada junto a cinco o seis espectadores que hacen morisquetas, pero sobre todo disfrutan de la experiencia, de algo que está pasando delante de sus ojos y que el recién llegado todavía no puede valorar del todo. Hay que ir de a poco. Cuando uno entra a la Sala 0 del Espacio de Arte Contemporáneo (EAC, ex cárcel de Miguelete) se encuentra con una pared negra a la que hay que eludir. Luego aparece este pequeño grupo de visitantes que miran de costado, sorprendidos, divertidos. Si hay un lugarcito se puede pasar al centro, el lugar del público, bien definido, marcado por una cuerda que impide desplazarse. Por fin, uno ve una escena que no parece tan juguetona ni lúdica. El video se proyecta en una pantalla de gran tamaño. Hay una brumosa imagen que permite ver apenas un puente y algunas construcciones. Recuerda una pintura del inglés William Turner o una borrosa marina impresionista. Es una visión en gris con un levísimo movimiento que devela el perfil de una ciudad inmóvil, fría, patinada de nostalgia. La imagen cambia a una habitación con una ventana desde donde se ve la ciudad. Hay pocos muebles, bien elegidos, mesa y silla de madera, viejas, gastadas. Un mueble de escritorio con estantecitos. Y un par de espejos, antiguos, como el tono de todo el cuarto. Al ver estas escenas y al señor que recorre la habitación y se para frente a la ventana y a cada objeto, uno no entiende por qué la gente se sonríe y mueve las manos y hace gestos. La acción es lenta, la imagen es opaca, la sensación es triste. Pero pasan dos cosas fundamentales. La primera, que el hombrecito, delgado, de vestimenta apagada y neutra como casi toda la escena, comienza a hablar. En realidad, en tono coloquial dice un texto de Paul Auster que refiere a la ausencia, al tiempo, a la memoria y los encuentros, a lo que queda. Es un texto finísimo, simple, delicado y de enorme profundidad. El actor en cuestión o el personaje casi presente, es Lauri Astala (Finlandia, 1958), destacado artista finlandés contemporáneo, dedicado sobre todo a trabajar con videos e instalaciones. De pelo cortito y mirada perdida, parece una sombra, un espectro, una visión de un lugar del pasado.

    La obra se llama “Desvanecerse” (2012) y propone un cuestionamiento a muchas cosas, entre ellas las nociones de distancia y ausencia en el sentido más complejo que uno pueda imaginar, a pesar de la sencillez del planteo. El otro dato fundamental y totalmente sorpresivo es que los espejos reflejan a los espectadores. En vivo y en directo, metidos de pies y manos en ese mundo que indaga sobre el pasado, sobre emociones, sobre tiempo y espacio, si uno quiere planear sobre cuestiones más filosóficas y trascendentes. Por eso se reía la chica del principio y hacía gestos. Es la primera tentación que se tiene frente a este juego tan antiguo como el hombre, pero resucitado felizmente por la oportunidad de aparatos y proyecciones armadas con increíble precisión. Ahora sí, el juego es conmovedor si uno zafa de las primeras tentaciones de gestos superfluos y erráticos. El reflejo incorpora el presente (o uno de los tantos presentes posibles) al pasado del narrador que recorre otro pasado personal y misterioso, tal vez un lugar de la infancia o adolescencia, un pasado tan o más lejano para un uruguayo que nunca estuvo ni cerca de Finlandia.

    La experiencia es tremendamente seductora. Mientras Astala dice su texto y camina sin mucho apuro y mira a los espectadores, uno se ve en un espejo viejo, como un cuadro de familia que llena los vacíos físicos, presentes, en ese rarísimo espacio. La cuestión tiene implicancias estremecedoras si uno apunta un poco más allá. Es bastante conmovedor, además, verse involucrado en un lugar que evidentemente es importante para el artista pero que nos interroga sobre nuestros pasados, sobre las marcas y las pisadas, sobre los lugares donde estuvimos y quedó algún rastro de nuestro paso, en especial, sobre la memoria afectiva. Es como mantener intacto el cuarto de los abuelos, los más queridos, donde uno pasó momentos inolvidables.

    La sensación es emotiva, apela al intelecto, pero sobre todo es física. Al fin de cuentas, detrás de todo está la luz, el tiempo que se tarda en proyectar y percibir la imagen, la percepción, las nociones de pasado y futuro, cuestiones científicas que parecen filosóficas (y al revés). Sin ánimo grandilocuente, el ser y la existencia, en un pequeño video que nos roba la imagen, por un momento o para siempre. Es como un paseo por el cuarto de este finlandés talentoso que usa la tecnología desde “el alma” y a partir de allí nos desnuda, nos deja en un punto extraño entre la ausencia y todo lo que en algún lado permanece.

    Con ingenio y talento, con aplicación justa y sin pasarse de extravagancias, el resultado es una experiencia trascendente, poco frecuente en este tsunami digital. Lo bueno, además, es que el resto de la exposición que ofrece el EAC en esta Temporada 14 es de innegable valor. Hay que recorrer “celda” a “celda” y disfrutar de una muestra diferente. Sobre todo en el subsuelo, lleno de sorpresas, donde un grupo de artistas construyen un sólido y novedoso manejo de aparatos en función del arte. Sin esnobismos, por suerte y con un alto sentido de lo bello.

    Temporada 14. Espacio de Arte Contemporáneo (ex cárcel de Miguelete). Arenal Grande 1930, de miércoles a sábados de 14 a 20 h, domingos de 11 a 17. Hasta el 27 de julio.