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    El debate como antídoto

    Nº 2249 - 2 al 8 de Noviembre de 2023

    Al final hubo debate. Dos debates: uno antes de la primera vuelta de octubre y otro previo a la segunda de noviembre de 2019. Costó meses de negociaciones, de idas y vueltas, de charlas y reuniones cada vez más extensas, con días en los que parecía que quedaba todo pronto y otros que lo construido se desmoronaba como en un terremoto. Pero salió, se hizo, aunque solo con los entonces dos candidatos principales: el oficialista Daniel Martínez y el opositor y luego triunfador Luis Lacalle Pou.

    Por supuesto que casi nadie quedó conforme, como era predecible. Los demás postulantes, y en especial el colorado Ernesto Talvi, no disimularon su enojo por haber quedado afuera de esa instancia. Muchos periodistas se mostraron decepcionados con el nivel y el formato del debate y también hubo analistas, dirigentes políticos y ciudadanos comunes que manifestaron sus protestas, tanto en público como en privado. Ni los protagonistas se mostraron del todo contentos.

    No podía ser de otra forma. Así funciona Uruguay. A los que hacen primero se los critica y después se les empieza a prestar atención. La reacción inicial, en especial de los acostumbrados a moverse lo mínimamente indispensable, es tratar de condenar y ridiculizar a los que se atrevan a intentar sacarlos de su zona de confort. No importa qué tan bien o mal esté lo que hagan, lo importante y grave para ellos es que lo hagan.

    Pero la verdad es otra. Los debates de 2019 sirvieron. El primero tuvo más de 2 millones de televidentes. Hacía muchísimo tiempo que un evento político relacionado con una campaña electoral no tenía tanta audiencia. Lo vieron los fanáticos y también los que estaban muy alejados de la contienda y apenas sabían quiénes eran los candidatos. Fue uno de los pocos momentos durante los largos meses proselitistas en los que casi todos decidieron hacer una pausa en silencio y prestar un poco de atención a lo que tenían para decir los principales postulantes.

    Además, la negociación previa para llegar a esa instancia fue muy fructífera e instructiva. En Búsqueda jugamos de locatarios. La inmensa mayoría de las reuniones, en las que participaron los canales privados, los públicos, la agencia de comunicación Signo y los comandos de campaña electoral de Lacalle Pou y Martínez, se hicieron en la vieja redacción del semanario, en la calle Mercedes. Todos tuvimos que ceder un poco después de varios trancazos pero el 1º de octubre finalmente se pararon frente a un atril y a las cámaras los dos principales postulantes presidenciales ante casi 2 millones de personas, que pudieron verlos en cadena nacional. Fue la primera vez en 25 años que debatieron los principales contrincantes y eso ya es muchísimo.

    El de la segunda vuelta siguió un formato relativamente similar al primero y sirvió como para mejorar en la fluidez y el intercambio entre los debatientes. En ese segundo caso, estaba regulado por ley, así que no había mucho espacio como para las chicanas.

    Otra vez: sirvieron. Hasta para que muchos pudieran criticarlos sirvieron. Seguro que no fueron definitorios del resultado electoral pero sirvieron. Como un paso importante hacia una campaña un poco más sensata sirvieron. Como punto de partida sirvieron.

    Ahora llegó la hora de avanzar hacia un estadio superior. La campaña electoral comenzó y es momento de establecer las nuevas reglas de juego. Y los debates tienen que estar dentro de ellas.

    Argentina, que se encuentra en pleno proceso electoral, es un buen modelo en ese sentido. Los debates durante este año lograron una masividad que no tuvo ningún otro evento de campaña. Además, fueron la forma mediante la cual muchos pudieron conocer un poco más a los postulantes. Tenemos mucho para aprender de ellos.

    El productor general de los debates argentinos es Alejandro Borezstein, protagonista del noveno encuentro de Desayunos Búsqueda. Su experiencia es muy útil para saber qué es imitable y qué no el próximo año de este lado del Río de la Plata. Por aquello de escuchar a los que saben, vale la pena tomar nota. De la misma forma en la que hay que separarse de todo lo malo de la experiencia argentina, también sería importante reproducir lo bueno.

    Pero más allá de eso las instancias de debates presidenciales para el próximo año electoral en Uruguay deberían ser un compromiso de todos los candidatos, o al menos de los que cuenten con mayores chances. Es imprescindible que se hagan, que se busque la manera más atractiva para todos, pero que sean.

    No es sano atravesar toda la campaña electoral sin que los principales adversarios estén frente a frente. No parece ser lo mejor que durante todo el año próximo no haya un evento de este tipo, masivo, en el que los votantes de uno puedan escuchar con atención al otro y viceversa.

    Los debates presenciales, trasmitidos en vivo y en directo, humanizan a los postulantes. Por más libretados y preparados que estén, se los puede ver expuestos a una máxima tensión, y eso ayuda para evaluar qué es lo que hay más allá de la superficie. Decirse, además, las cosas importantes cara a cara es mucho más constructivo que hacerlo a la distancia o a través de redes sociales.

    De lo contrario, se corre el riesgo de terminar en una campaña que sea una caricatura de sí misma, vacía de contenido. Porque ahora manda lo efectista. Cuanto más agresivo o impactante sea, más probable es que se viralize y que lo vea la mayor cantidad de gente. Por eso la actividad proselitista en tiempos de redes sociales e inmediatez es como un cielo repleto de fuegos artificiales, que seducen por el brillo y por el ruido pero no dejan ver mucho más allá de la explosión.

    Así quedan por el camino las ironías y las sutilezas, tan buenos indicadores de la inteligencia. Casi nada se conoce, todo se supone. En pocos segundos tiene que estar todo resuelto. Y un debate obliga a algo muy distinto. Por más acartonado que sea, es imposible escapar de al menos un poco de contenido cuando los adversarios están al mismo tiempo jugando el mismo partido y sin filtros.

    Sería una buena cosa que todos los precandidatos presidenciales, muchos de ellos —en especial los favoritos— debutan en la contienda principal, se comprometan públicamente a someterse a una instancia de debate al estilo argentino, con reglas de juego claras pero sin demasiadas restricciones. Eso también es defender la democracia y puede funcionar como antídoto a los improvisados. Resistirse es no estar preparado. Y si es así, mejor saberlo desde ahora.