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En una nota anterior en este mismo espacio (Búsqueda, 3 de octubre ppdo.) se recordó que los cambios políticos no necesariamente surgen de condiciones de vida precarias. Nacen del divorcio entre las expectativas de la población y las realidades tal como son vistas por esa misma población. Aunque la vida diaria de la gente mejore “objetivamente” (según los principales indicadores “duros”: ingreso real, expectativa de vida, educación), si las expectativas crecen más rápido que esas mejoras, el “divorcio” aumentará, y con él la presión política.
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En particular: si la gente cree que se está “quedando atrás”, que las cosas están empeorando, la presión política aumentará. Esto suele ocurrir de dos maneras: o bien porque la comparación con nuestra experiencia pasada sugiere que estamos empeorando, o bien porque, cuando nos comparamos con grupos de referencia importantes para nosotros (por ejemplo, las democracias ricas), sentimos que nos “quedamos atrás”. Estas dos cosas también pueden ocurrir simultáneamente.
En el segundo de esos dos planos (la comparación con los países ricos), una encuesta de Cifra de julio de este año encontró que una mayoría relativa de los uruguayos (39%) piensa que estamos progresando (nos acercamos a la forma en que se vive en los países ricos), pero la mayoría absoluta (53%) cree que estamos estancados (30%) o retrocediendo (23%). Casi todos los grandes grupos de la población ven las cosas en esos términos (mayorías relativas encuentran progreso, pero mayorías absolutas ven estancamiento o retroceso). En los dos últimos años esta mayoría relativa que ve progreso parece razonablemente estable, con apenas una leve tendencia a la baja: 42% en julio de 2011, 40% dos meses después, y 39% en julio de este año.
Sin embargo, en un mundo que según los indicadores objetivos y a pesar de las crisis “progresa” claramente, al menos a mediano plazo, estancarse ya es quedarse atrás; por eso tiene sentido comparar los que ven progreso con la suma de los que ven estancamiento o retroceso. En principio, esto abre espacio a un debate legítimo: podemos ver el vaso “medio lleno” (por las mayorías relativas que ven progreso) o “medio vacío” (por las mayorías absolutas que ven retroceso). La información disponible no permite zanjar ese debate.
Nuestra visión del presente comparado con nuestra propia experiencia pasada (el primero de los dos planos arriba indicados) puede ayude a clarificar ese debate “medio lleno / medio vacío”. Por ejemplo: ¿cómo vivimos nosotros, comparándonos con nuestros padres? Si vivimos mejor, estamos progresando; si vivimos igual, estamos estancados; si vivimos peor, estamos retrocediendo. Esto es lo que suele llamarse “percepción de cambio intergeneracional”.
Nosotros y nuestros padres.
El Cuadro 1 presenta datos de la evolución de estas comparaciones durante los últimos nueve años. En mayo de 2004 casi las dos terceras partes de los uruguayos (64%) pensaban que estábamos retrocediendo (sus padres vivían mejor que ellos), y apenas un quinto (20%) opinaba que estábamos progresando (en sentido estricto, que ellos mismos estaban progresando: vivían mejor que sus padres). Seis años después estos juicios prácticamente se habían invertido: el 63% nos veía progresando, y sólo el 22% creía que estábamos retrocediendo.
Los resultados de mayo de 2004 son concluyentes. Las diferencias observadas son grandes (los pesimistas superan a los optimistas por 44 puntos porcentuales), y todos los grandes grupos de la población (según género, edad, lugar de residencia, educación, ingresos y preferencia partidaria) eran decididamente pesimistas. Los resultados de agosto de 2010 son igualmente concluyentes, pero en la dirección opuesta: los optimistas eran mucho más numerosos que los pesimistas, y todos los grandes grupos de la población (los ya citados) eran optimistas. El Cuadro 2 muestra el detalle de esos juicios según las preferencias políticas de la población: todos pesimistas (en mayo de 2004) y todos optimistas (en agosto de 2010).
Tres meses después, en noviembre del mismo año, los resultados eran muy similares a los obtenidos en agosto. A corto plazo, entonces, estas opiniones parecen estables. Pero tres años después, en octubre de 2013, los resultados cambiaron nuevamente, esta vez en la dirección opuesta. Los juicios ahora están muy divididos: casi tantos pesimistas (39%) como optimistas (40%), y el examen de las opiniones separadas según los mismos grandes grupos muestra divisiones. Las mujeres, los jóvenes y los adultos jóvenes, los montevideanos, los que sólo tienen educación primaria o secundaria, y sobre todo los de ingresos más bajos, son pesimistas. Pero los hombres, los adultos y abuelos, los residentes del interior, los más educados y los de ingresos medio-bajos o superiores son optimistas (especialmente los de mayores ingresos).
El cuadro 3, finalmente, muestra los juicios según las preferencias políticas de la población. Todos optimistas en noviembre de 2010, y casi todos pesimistas (todos, salvo los que piensan votar al FA) en octubre de 2013.
Implicaciones y moraleja.
Los resultados muestran que en los primeros años del siglo los juicios eran sólidamente pesimistas; que durante el primer gobierno del Frente Amplio empezaron a mejorar; y que en alrededor de seis años cambiaron casi perfectamente de signo: se volvieron sólidamente optimistas. Los datos también sugieren (pero no “muestran”) que el crecimiento del optimismo llegó a un máximo probablemente en el primer año del actual gobierno, y a partir de allí comenzó a declinar. Resumiéndolo en cifras redondas: en 2004 éramos masivamente pesimistas (6 a 2); para 2010 nos habíamos vuelto masivamente optimistas (también 6 a 2, pero para el otro lado), y luego fuimos marcha atrás. Hoy estamos a la mitad del camino que recorrimos entre 2004 y 2010 (4 a 4: ni optimistas, ni pesimistas), pero yendo en la dirección opuesta.
Los datos también sugieren consecuencias políticas claras. En 2004, en vísperas del gran cambio político del país (Vázquez presidente), todos eran pesimistas, incluso los que pensaban votar a los blancos o a los colorados. Sugestivamente, las “otras respuestas” (cuya gran mayoría son los indecisos y los que pensaban votar en blanco) están claramente más cerca de los juicios de los votantes del FA que de las opiniones de los votantes blancos y colorados (Cuadro 2). Tal vez también sugestivamente, hoy sólo los que piensan votar al FA son optimistas; todos los demás son pesimistas, y las “otras respuestas” están más cerca de las actitudes de los votantes blancos y (sobre todo) de las de los colorados que de las respuestas de los frentistas (Cuadro 3).
Esto no lleva a una moraleja concluyente. Pero sí clarifica una parte de la polémica sobre el vaso “medio lleno / medio vacío”. La nota ya mencionada (Búsqueda, 3 de octubre ppdo.) concluía así: “la taba está en el aire, y hay vientos fuertes e inestables”. Aunque Tabaré Vázquez sea el candidato favorito según todas las encuestas profesionales conocidas, los resultados examinados aquí sugieren (aunque no prueban) que la dirección del viento cambió. En estos momentos no es inestable: el FA ahora tiene el viento (al menos este viento) en contra. Si el favorito es el que debe remar contra la corriente, eso tiende a emparejar el partido.