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En el Uruguay hay dos cosas que deberían transitar por la misma senda, unidas indisolublemente, pero que, curiosamente, se movilizan en forma permanente en planos divergentes, en un divorcio casi absoluto, que muchas veces está lindando con el caos. Si esto último no llega a precipitarse, es simplemente porque hay siempre una fuerza pujante de entusiasmos, de afanes y de lirismo, en quienes llegan con algún espíritu renovador a la cosa deportiva, que alcanza hasta donde dan sus fuerzas y hasta donde se les opone la barrera infranqueable de una situación desquiciante en materia de organización (?), en la que al fin de cuentas mueren o por lo menos claudican todos los mejores propósitos.
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Se nos ha formulado una pregunta concreta: ¿la organización y la práctica del deporte cumplen con las exigencias de mejoramiento físico y social de la juventud uruguaya?
Se verá por lo antes expuesto que ambas cosas, para nosotros al menos, no pueden juzgarse ni medianamente en un mismo plano de igualdad o similitud. Mas allá de lo formal, de aquello que se relaciona con el agrupamiento de las entidades que integran cada una de las ramas del deporte, de la elección de autoridades (correspondería decir dirigentes pero el vocablo traiciona a la realidad) y de un más bien indeterminado plan de actividades la organización del deporte uruguayo en la generalidad de los casos, es aproximadamente desastrosa. Ante ese panorama, ¿puede cumplir la presunta organización con las exigencias del mejoramiento físico y social de la juventud? La realidad exigente y auténtica obliga a decir un no rotundo. Naturalmente que la práctica del deporte, aun con toda la secuela de errores de orientación, de deficiencia de organización y hasta de responsabilidad en muchos casos, cumple aunque más no sea en mínima parte con el pretendido mejoramiento físico y social del individuo, máxime que necesariamente para abocarnos a este punto, tenemos que llegar a algo tan importante y tan discutido todavía como lo es la educación física que el ciudadano uruguayo no posee.
Y aquí es cuando llegamos al punto neurálgico del problema, a nuestro juicio. El Uruguay se vanagloria de contar con una ley en la materia, que tiene ya un siglo de existencia, y alrededor de ella se han tejido muchos comentarios tocantes con la leyenda. Y en el afán de homologar su trascendencia, se ha dicho muchas veces que nuestro país en América del Sur fue en ese campo, “el primer adelantado”. La cronología legal sobre educación física dentro del continente nos preocupa poco o nada. En cambio nos preocupa sí, la educación física como algo muy importante en la vida del hombre en los tiempos que corren, Y no es exageración puntualizar que en la actualidad, la cultura física del niño y del adolescente es tan importante como la intelectual. Más todavía; una y otra deben correr conjunta y paralelamente, como un modo y un medio de lograr la superación del hombre en todos los aspectos.
Sin embargo, la cruda realidad es que en materia de educación física integralmente considerada y entendida, el Uruguay se quedó simplemente con la intención, con el propósito y acaso con la esperanza de concretarla. En pocas palabras, no pasó de la creación de una ley. Y la ley sin su debida ejecución no sirve.
De ahí es que surgen ahora, cuando la mayoría de los países de todo el mundo civilizado ha dado pasos gigantescos en la formación físico-atlética del ciudadano, las enormes imposibilidades de nuestros deportistas en la competencia de carácter internacional. No basta poseer atributos naturales formidables, ni una condición anímica excepcional (hay difundida por muchas latitudes una palabra —“garra”— con lo cual se pretende ubicarnos geográfica y deportivamente), ni una aptitud técnica en algunos sentidos maravillosa en ciertas actividades, con las cuales postular nuestro derecho a la confrontación internacional. Todos aquellos atributos naturales, las condiciones anímicas, morales y espirituales y un principio de dominio técnico aguzado y espontáneo, exigen en la actualidad un respaldo básico, fundamental, imprescindible: la previa modelación física del individuo. Es decir, que ya debería haberse llegado a la educación integral del niño, del adolescente, del hombre en fin, como único medio de arribar entonces a la competencia de cualquier índole, en un pie de igualdad con los demás países.
De esa manera, la versión competitiva será siempre favorable, no solamente en sus resultados definitorios, sino con vistas a la superación permanente y auténtica del atleta. Mediante todo ello, estaremos cumpliendo con las exigencias de un mejoramiento físico y social de la juventud.
¿Cómo llegar a esa meta? Por un único camino: la planificación absoluta del todo. Educación física y deporte, son dos cosas inevitablemente convergentes. Sin lo primero, puede haber deporte. Pero plagado de fallas de deficiencias, de irresponsabilidad, de indisciplina y al fin de cuentas, con grandes e inevitables limitaciones. Con la base de la existencia de aquello, se puede lograr tener un deporte serio, capacitado, responsable, digno. Con triunfos o sin ellos.
Fácil será advertir que estamos propugnando entonces, para que el Uruguay se siga aferrando tan solo a la “existencia de una ley” y sin anularla ni mucho menos, comience a hacerla realidad, cumpliéndola. Para eso, hay que ir a una reestructuración total. Ese es el trabajo de los técnicos con dominio, capacitación y conciencia de su condición de tales.
La tecnología es una ciencia actualizada en grado superlativo, en todo o casi todas las actividades del hombre moderno. Sin embargo eso reza muy poco o solo para una minoría por estas latitudes, donde se sigue prefiriendo un empirismo que ya no tiene ubicación ni lugar de ser. La educación física y el deporte han avanzado en medida insospechada en los últimos años, merced a la contribución de técnicos estudiosos, perseverantes, capaces.
Frente a todo ello, ¿se debe ir a la tecnificación en lo relacionado con la cultura física y el deporte? La pregunta se contesta sola. Empero, surgen de inmediato otras interrogantes muy severas, comprometidas e inevitables. ¿Poseemos técnicos capaces de abarcar y entender todos los problemas en su total dimensión? Y si los poseemos, ¿son suficiente cantidad? Y una última pregunta todavía: ¿existiendo esos técnicos tienen valor, audacia y capacidad de sacrificio para denunciar públicamente la dura realidad del momento que vivimos?
Para eso último, hace falta dejar de lado comodidades y complacencias. En pocas palabras: para eso, “habría que jugarse a conciencia…”