Mi amigo Carlitos vivió toda la vida en el barrio La Comercial y hace un par de años se mudó. Vino a vivir cerca de los ómnibus, de sus lugares de trabajo, de los médicos, de las plazas, de la rambla y, por qué no, del Sodre.
Mi amigo Carlitos vivió toda la vida en el barrio La Comercial y hace un par de años se mudó. Vino a vivir cerca de los ómnibus, de sus lugares de trabajo, de los médicos, de las plazas, de la rambla y, por qué no, del Sodre.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDado que su madre es muy anciana, cruzar la calle y hallarse con ella en plena sala Adela Reta para ver “El lago de los cisnes” le resultó francamente atractivo.
Encontró un hermoso apartamento en un edificio que es considerado patrimonio. Los vecinos pagan una generosa cuota de gastos comunes para mantenerlo y permitir, por ejemplo, que el antiguo ascensor funcione perfectamente.
Un día, mejor dicho, una noche, un local nocturno muy cercano cambió su perfil. De ser un hermético y misterioso local donde marineros coreanos compensaban la falta de afecto de sus largas travesías, pasó de pronto a convertirse en un bullicioso y oscuro espacio donde lo inimaginable es posible.
No se lo esperaba Carlitos. Su vida se transformó. De volver agotado de dar clases hasta la medianoche para derribarse en su cama, pasó a entrar a su edificio temblando, con la adrenalina corriéndole en la espalda, con el estrés perforándole los tímpanos al mismo tiempo que la música bailable.
Al llegar, le empezó a costar seriamente dormir, ya sea por el ruido que se colaba por las ventanas, ya sea por el miedo a la violencia con que debió introducirse en su casa (ser atacado por la espalda es muy verosímil dado el enclave de la casa de Carlitos), ya sea por la indignación que le producía ese local impune.
Mi amigo enseña lingüística y probablemente conoce la etimología de la palabra impunidad. Este país tiene una vergonzosa cola de delitos impunes que todos conocemos.
Pero esto no se lo esperaba Carlitos. No pensaba que en la vereda de su casa iba a encontrarse con una impunidad bulliciosa, desarrapada, vociferante. Todas las sustancias que aterran, biológicas o artificiales, incluyendo la sangre, fluyen frente a la casa de Carlitos.
Detrás del delito, la verdadera pesadilla, lo que le quita el sueño, es la impunidad.
Al local bailable, el piringundín, el antro, el agujero negro, el oprobio, le llovieron las denuncias. Pero este siguió imperturbable su existencia a contramano de las normas, de la administración pública y del Estado.
El Estado tiene varios instrumentos para liquidar un sitio así. Una gran cantidad de funcionarios, oficinas, computadoras, pero sobre todo, normas jurídicas, pueden hacer cumplir la ley. ¡No podrá argumentarse falta de presupuesto!
Y sin embargo, allí está. Abierto. Toda la noche. Me pregunto qué pensarán al verlo los violinistas que vienen a dar conciertos desde lejanos países y deben atravesar una sola calle para llegar del hotel de lujo a la prestigiosa sala.
Se sumirán en el horror.
Y eso que no conocen a Carlitos, un ciudadano desvalido, abandonado por el Estado.
Me pregunto cómo hace el abyecto local nocturno para lograr que el Estado lo deje vivir, mientras mi laborioso amigo Carlitos sobrevive a merced del insomnio y del miedo.