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    El día del marginal

    En una nueva vuelta de rosca de este círculo decadente en el cual sobreviven las sociedades rioplatenses, la Cámara de Diputados de Argentina sancionó la instalación del “Día Nacional de la Identidad Villera”. El proyecto contó con una gran mayoría parlamentaria, formada por adeptos al gobierno y opositores, entre los cuales se encontraba el hijo del ex presidente Raúl Alfonsín.

    La idea maquiavélica es que el Ministerio de Educación de la nación —¡nada más y nada menos!— impulse actividades para difundir entre los alumnos de todo el país los “valores villeros”, tales como “la solidaridad, el optimismo y la esperanza”.

    A estas alturas de los acontecimientos, debo confesar que nada de lo que oigo o leo sobre la realidad rioplatense me asombra. Estoy curado de espanto. Y debo agregar que solamente me sorprendería si las autoridades (o la oposición, la cual ya ha perdido la brújula, el timón, los mapas y la cordura) propusiesen medidas para, por ejemplo, convertir al sistema educativo en un aparato que capacite a los alumnos y los incite a ser cada vez más competitivos y a estar cada vez más preparados para enfrentar los inmensos desafíos que plantea la era de la revolución digital. O entonces tomasen la decisión de disminuir el gasto público. O adelgazasen la burocracia estatal y dejasen de comprar votos con puestos. O fomentasen la excelencia en todos los campos de la vida privada y nacional.

    Pero nada de eso sucederá, pues el barco destartalado de las desmoronadas repúblicas ha enfilado definitivamente hacia los mares de la glorificación de la chatura y el culto de “los valores villeros”.

    ¡Qué no habrían escrito Cervantes o Quevedo si en vez de vivir en el Siglo de Oro español hubiesen sido habitantes contemporáneos de Argentina o Uruguay! ¡Qué personajes no hubieran creado, conjugando los verbos de la vida cotidiana rioplatense! ¡Qué situaciones estrafalarias no hubiéramos podido leer de sus plumas!

    El mensaje del Parlamento argentino, con el apoyo de la supuesta oposición, es: viva la pobreza, vivan los asentamientos, vivan los valores propios de los lúmpenes (los cuales, nota bene, no son ni la cultura del trabajo ni la honestidad ni la voluntad de salir de la miseria material y cultural y de la periferia social mediante el esfuerzo cotidiano).

    Todo lo contrario: para el estamento político en su conjunto, el asentamiento y la marginalidad representan algo tan valioso que debe ser estudiado en las escuelas como fuente de inspiración y ejemplo a seguir.

    En el libro El tercer Uruguay me centré en el tema del pobrismo. Es decir, en esa ideología que desde hace miles de años defiende la pobreza como algo bueno en sí y, por contradicción dialéctica, combate a fuego la riqueza.

    La idea de que los pobres son buenos y de que su pobreza es la prueba irrefutable de esa bondad es milenaria. Hace 1.500 años, el emblemático Gregorio Magno incluía la avaricia, es decir el acaparamiento de riquezas, en su lista de los siete pecados capitales. Pero en realidad, todos los grandes Padres latinos y griegos de la Iglesia condenaron la riqueza.

    Una figura central como San Jerónimo (340-420), autor de la traducción de la Biblia que durante quince siglos fue la versión oficial (la Vulgata), sostuvo que “todas las riquezas proceden de la injusticia” y que “todo rico es un ladrón o hijo de un ladrón”.

    Su contemporáneo San Juan Crisóstomo escribió: “Forzosamente en el principio y la raíz, tus riquezas proceden de la injusticia. Porque Dios al principio no hizo a un hombre rico y a otro pobre, sino que dejó a todos la misma tierra. ¿De dónde, pues, siendo la tierra común, tienes tú tanta tierra y tu vecino ni un palmo de terreno?”.

    La idea de que “la tierra es de todos” fue defendida por el legendario arzobispo de Milano, San Ambrosio (340-397), más de 1.600 años antes de que Daniel Viglietti le pusiera música.

    Y sin embargo, ni Viglietti ni San Ambrosio inventaron cosas nuevas. Por el contrario, varios profetas hebreos que vivieron mil años antes de Cristo ya lo habían certificado. Especialmente tres de ellos (Amós, Isaías y Miqueas) se ensañaron con los ricos, amenazándolos con duras condenas.

    Para redondear este escenario podemos recordar una de las frases más conocidas de la Biblia, perteneciente al Evangelio de Lucas. Es la que dice “felices los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Pero, ¡pobres de ustedes los ricos!, porque ustedes ya tienen su consuelo”.

    Uno de mis propósitos al escribir El tercer Uruguay fue demostrar la longevidad de estas ideas, la convicción (e ilusión) milenaria de que el rico se ha enriquecido robándole al prójimo su porción natural de bienes materiales y la consiguiente propuesta política (tan actual hoy como hace 3.000 años) de que el problema de la “injusticia” se soluciona con una redistribución de las riquezas.

    La fuerza y la vigencia de esa idea es, justamente, la que explica el atraso de las sociedades en las cuales anida.