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    El dramático inmortal

    Nº 2197 - 27 de Octubre al 2 de Noviembre de 2022

    Discépolo, a tantos años de su prematura muerte, sigue presente en las gentes —incluso las que conocen poco de su obra— repitiendo “somos la mueca de lo que quisimos ser”. Probablemente, alcance esa suerte de alegórica ficción de inmortalidad por sobre otros poetas. Ni mejor letrista, ni mejor compositor, solo diferente. Quizás creó un personaje, quizás deseó representar a los pobres, a los desheredados, a los sufrientes, masticando su propia vida y creando, como dijo el historiador Sergio Pujol, la convicción de que con él “no se sufre realmente: se ve pasar la vida que sufre”.

    Un solo ejemplo de su permanencia. Hace pocos años un académico francés cerró su estudio sobre el Holocausto y la mala memoria europea con versos de Cambalache.

    Es imposible abarcar a este hombre insondable en un breve espacio, aunque ya he escrito sobre él, pero vale la pena recordar al que ha sido considerado su mejor tango, Yira… yira…, junto con las circunstancias que, al cabo de varios años, le dieron vida, para entender a un artista tan complejo que aún hoy, día a día, deja la impresión de que todos conocen.

    Hay cosas que no se recuerdan en medio de un gran dolor, sino con el recuerdo de ese dolor. Discépolo había creado, alrededor de 1924, En el cepo, un tango del que la trascendencia y la repercusión popular se alejaron rápidamente: “Yo quise gritar el padecimiento del hombre encadenado a su triste destino frente a la felicidad que pasa sin tocarlo; es lo que quise hacer llegar bien y hondo, torturadamente, sí, pero sin llorar”.

    El fracaso de ese intento no lo detuvo. Pasó tres años dándole vueltas al asunto, hasta que el regreso de un viaje frustrado, sin un centavo, lo llevó a vivir, ya muertos sus padres, con su hermano Armando, 17 años mayor, ya dramaturgo de prestigio pero que también pasaba un mal momento, en una casita de la calle Laguna. Allí, al cabo de largas conversaciones entre ambos, donde siempre aparecía el trabajo escaso, la injusticia del esfuerzo digno desestimado y la sensación, al decir de Irene Amuchástegui, “de que se nublan todos los horizontes y se cierran todos los caminos”, se hizo una luz y Discépolo compuso Yira… yira… tras múltiples correcciones: “En realidad, salió en la calle, mientras yo caminaba y me mezclaba con los demás. Yo no escribí este tango con la mano. Lo padecí con el cuerpo. Quizás hoy no lo hubiera hecho porque los golpes y los años serenan. Pero entonces tenía 20 años menos y mil esperanzas más”.

    Fue estrenado recién en 1930 por Sofía Bozán, en el Teatro Sarmiento, como parte de una revista titulada ¿Qué hacemos con el estadio? Con los años, las grabaciones se multiplicaron y hasta se hicieron muchas en el exterior, en distintos idiomas. Fue un tango donde primero brillaron las mujeres: a la Bozán siguieron Tania, Azucena Maizani y Mercedes Simone; enseguida llegaron las versiones masculinas, destacando la de Gardel, de 1933 —que Discépolo consideró siempre como “el impulso definitivo para la consagración de Yira… yira…”—, y las muy posteriores de Hugo del Carril, Goyeneche y Edmundo Rivero. Aunque parezca innecesario, hay que aclararlo: desde su aparición, a comienzos de la década de 1930, hasta el presente, es un tango al que diversos intérpretes, aquí y por el mundo, “le han tenido ganas” y se las han sacado llevándolo al disco.

    Cuando la suerte qu’es grela, / fayando y fayando / te largue parao; / cuando estés bien en la vía, / sin rumbo, desesperao, / cuando no tengas ni fe, / ni yerba de ayer / secándose al sol; / cuando rajés los tamangos / buscando ese mango / que te haga morfar… / ¡la indiferencia del mundo / —que es sordo y es mudo— / recién sentirás…!

    Hay coincidencia entre los investigadores en que Yira… yira…, junto con Confesión, es lo mejor de Discépolo. Y no solo eso: algunos han arriesgado que, en una época en que la composición musical estaba diferenciada de lo poético —los músicos buscaban en los letristas “un complemento de algo inacabado”—, Discepolín, especialmente con Yira… yira…, se convierte en el primer músico y letrista rioplatense, simultánea e inseparablemente, como Irving Berlin y Cole Porter en Estados Unidos.

    Y cito a Pujol: “No hay duda de que Discépolo contribuyó en gran medida a la toma de conciencia histórica del tango, una condición impostergable para que se afirmara como tal y sobreviviera las durísimas condiciones sociales de la década de 1930”.

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