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    El embrión de la humanidad

    “La cueva de los sueños olvidados”, un sorprendente documental de Werner Herzog

    Hace unos pocos días, la televisión para abonados emitió “Nostalgia de la luz”, del chileno Patricio Guzmán, un ejercicio veraz filmado en el desierto de Atacama que traza un paralelismo entre los grandes telescopios allí instalados para observar las estrellas y la memoria de una sociedad. En cierto momento, uno de los astrónomos aclara que en realidad todo lo que vemos y sentimos es pasado puro: la luz que proviene de las estrellas, las cosas que nos rodean e incluso la propia conciencia de ser y estar en el mundo, que con milésimas de segundo de retraso es procesada por nuestro cerebro.

    Si el documental de Guzmán expone con delicadeza y sensibilidad la imposibilidad de un presente y es capaz de alterar el eje de lo que conocemos como realidad, La cueva de los sueños olvidados, de Werner Herzog, es un viaje al propio embrión de la humanidad, tan concreto y real como alucinante. Y en tercera dimensión, un recurso técnico que está de moda y que en este caso funciona bien. Pero no teman: vale la pena ponerse los lentes.

    Bajo estrictas medidas de seguridad, el gobierno francés permitió al director alemán filmar en la cueva de Chauvet, al sur de Francia, donde se encuentran pinturas rupestres que tienen entre... 30.000 y 35.000 años de antigüedad. Literalmente, es el primer trazo del hombre, sus primeros garabatos físicos y mentales, su primera evidencia simbólica.

    La cueva fue descubierta por casualidad en 1994. Debido a que la entrada original resultó bloqueada por un derrumbe milenario, el interior se conservó como un cofre sellado, como una burbuja congelada en el tiempo. Además de pinturas de caballos, leones y otros animales, contiene huesos milenarios y restos arqueológicos que la convierten en un auténtico museo del hombre paleolítico. Incluso hay una especie de altar que podría ser el primer indicio tangible de una búsqueda espiritual. Es ciencia pura, pero bien podría ser ciencia ficción.

    Solo cuatro miembros del equipo comandado por Herzog fueron admitidos en la cueva, además de un par de arqueólogos que oficiaron como guías. Y se les dio el plazo máximo de una semana para filmar, a cuatro horas diarias, nada más. El soporte técnico también fue ligero, escueto, mínimo: una pequeña cámara no profesional y algún panel de luz. Y un sendero metálico predeterminado por el que debían desplazarse y del cual no debían apartarse bajo ningún concepto, porque todo lo que los rodeaba eran frágiles restos de la cuna del hombre. No se debía alterar ni un centímetro cúbico de ese medioambiente, como en un cuento de Ray Bradbury. De lo contrario, las cosas tal cual las conocemos podrían cambiar.

    Las imágenes son impactantes. Es el mismo efecto mágico que ocurre en una sala de cine cuando se apagan las luces y se ilumina la pantalla. Vemos las estalactitas y las estalagmitas, formaciones extrañas, misteriosas y milenarias, y de pronto las pinturas de animales estampadas en las paredes curvas de la roca. La sensación es, realmente, la de viajar en el tiempo para presenciar los albores del homo sapiens. Y el vértigo —también logrado por un sutil empleo de la banda sonora— ocurre ante la sencilla claridad de formas estilizadas, con sensación de movimiento (similar al bisonte de Altamira) y trazo seguro, realizadas hace más de 30.000 años. Perfectamente podría estar por allí, como una compañía extraterrestre, el monolito de “2001: odisea del espacio”.

    Herzog, cuyo abuelo era arqueólogo, también es el narrador de lo que vemos en la cueva. Además de los científicos que aportan sus puntos de vista, el alemán nos informa de otro elemento descubierto en este túnel del tiempo: las huellas de un niño de ocho años junto a las de un lobo, lo que da pie a la especulación de otra historia extraordinaria, tal vez una curiosa amistad, quizás el nacimiento de un mito.

    Siempre inquieto y capaz de encontrar su punto de vista, el director de las legendarias “El enigma de Kaspar Hauser”, “Aguirre, la ira de Dios”, “Nosferatu”, “La balada de Bruno S” y “Fitzcarraldo”, apuesta a que los autores de esas pinturas rupestres ya manejaban de alguna manera una primitiva puesta en escena cinematográfica al jugar con las sombras de sus propios cuerpos en el fondo de la caverna, algo así como Platón antes de Platón. Y entonces es el momento de incluir a Fred Astaire bailando, una finta que solo es capaz de hacer un cineasta imprevisto, un equilibrista como Herzog.

    En el epílogo también asistimos a otra perspectiva vertiginosa: los cocodrilos albinos (!) que se reproducen a gran velocidad a unos pocos quilómetros de la cueva, en las inmediaciones de una central nuclear (!). Sin salirnos de la más estricta objetividad, seguimos en un terreno de ensoñación.

    Hace un tiempo que Herzog bucea en los documentales como fuente de inspiración. Sus últimos ejemplos de ficción han sido dispares: muy floja es la película bélica “Rescue Dawn” (2006), con Christian Bale, y un desatino la remake “Un maldito policía en Nueva Orleáns” (2009), con Nicolas Cage (¿qué habrá pensado Abel Ferrara?). En cambio, estuvo mucho mejor “My Son, My Son, What Have Ye Done”, un thriller extravagante, inspirado en hechos reales, con el también extravagante Michael Shannon.

    Es que este alemán que ya pisa los 70 años y sigue tan inquieto como si tuviese 20, no necesita inventar historias ni rescatar ficciones locas: le basta encontrar una palanca de la realidad para dar con una imagen nueva y mover el mundo.

    “La cueva de los sueños olvidados” (Cave of Forgotten Dreams). Canadá, EEUU, Francia, Alemania, Gran Bretaña, 2010. Dirección y guión de Werner Herzog. Duración: 90 minutos. Estreno: viernes 13 de abril.