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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Uruguay campeón del Mundial”, gritó la menor de mis tres hijas, de apenas cuatro años, mientras celebrábamos junto a sus dos hermanas de 17 y 11 el Día del Padre y en la pantalla de la TV un desconocido para ella festejaba con un pabellón uruguayo en sus hombros el título de campeón del Mundial de fútbol de la FIFA.
Uruguay campeón, mi amor, la arengué, no sin cierto orgullo, aunque en mi interior sabía que una vez más no habíamos podido enterrar el mito de “los guapos” del Maracaná que con un mundo saliendo de la guerra nos hizo creer los cracks del balompié mundial con la “garra charrúa”, un galardón tan pesado como engañoso -sabido es que no nacen hombres con tres testículos- que los nacidos en estas tierras transmiten de una generación a otra y hacen alharaca desde el remotísimo 1950.
Tras disfrutar los Mundiales de Sudáfrica y Brasil con sus hermanas, como padre sentí que era como un hilván de ese “hilo conductor” del que habló el DT uruguayo que tenía que seguir forjando con mis hijas.
Sin la Celeste en la final, el futbolista francés campeón mundial Antoine Griezmann con la bandera uruguaya en mano le acababa de dar un mensaje inequívoco al mundo. El “Uruguay nomá” del delantero estrella del Atlético Madrid fue tal vez (o sin tal vez, pues al personaje Pepe ya le cayó el velo) la acción diplomática más certera en muchos años para poner en los ojos del planeta a la pequeña penillanura levemente ondulada del culo del mundo, la que produce leche, carne, lana, soja, mucha celulosa y, más recientemente, marihuana que planta el Estado, además de sendos servicios como el turismo y la actividad de zonas francas libres de impuestos.
El centrodelantero de 27 años nacido y criado en la comuna de Màcon, comenzó su carrera profesional en la Real Sociedad de España en 2009 y de allí su admiración y respeto por Uruguay y devoción por los uruguayos y sus costumbres, particularmente el mate. Es que fueron los uruguayos Martín Lasarte, y Gonzalo Chori Castro los que en la madre patria le inocularon para el deporte más popular del orbe genes uruguayos del trabajo y sacrificio y posteriormente —ya con brillo propio— forjó una amistad con Christian Cebolla Rodríguez y Diego Godín, el capitán uruguayo, al que admira, al punto de ser compadres.
La educación, disciplina, trabajo, sacrificio y planificación adosados al talento individual de los intérpretes nuevamente hizo henchir el pecho de tres millones con la participación del seleccionado en la cita mayor del universo del fútbol a la que pujan por llegar durante años nada menos que 211 países del orbe y solo acceden 32. Otra vez Óscar Tabárez, un maestro de profesión que ejerció en las escuelas de los barrios menos pudientes de Montevideo antes de ser futbolista profesional y tomó el mando de las representaciones nacionales luego de años largos de ostracismo y descrédito al que condujeron dirigentes tan mediocres como inescrupulosos que pudrieron hasta el tuétano la organización del fútbol local, puso a la Celeste entre el grupo selecto de países que coquetean con la gloria deportiva al lograr un quinto puesto y —más importante aún— deslumbró al mundo con sus conferencias de prensa pospartidos dando cátedra de valores humanos como el respeto, buen comportamiento deportivo y educación, a la que se ciñen estrictamente sus dirigidos más allá de empatar, ganar o perder dentro de las reglas del deporte más popular del planeta.
Pero tan pronto el último de los gladiadores celestes pisó suelo uruguayo —la mayoría regresó a los países del Primer Mundo donde trabajan y viven— los uruguayos nos desayunamos de que aquello que se vivió en la tierra de los zares fue un muy disfrutable espejismo. Pero espejismo al fin. Y apenas apagados los ecos de la euforia mundialista las miserias colectivas de un país que marcha a ritmo lento pero seguro al desdén afloraron como hongos después de la lluvia y realidades que rompen los ojos y estaban como tapadas por el opio de los pueblos salieron otra vez a luz.
Una primavera de altos precios internacionales por los productos que exportamos y capitales que migraban del mundo desarrollado en crisis nos habían hecho creer que éramos más ricos y en términos estrictamente económicos logramos serlo apoyados por una política económica relativamente prudente. Pero la marea bajó y desequilibrios endémicos que no se atacaron durante la bonanza económica más larga de la historia saltan a la vista.
A pesar de tres ajustes fiscales consecutivos, el país tiene el déficit presupuestario más grande de su historia y para financiarlo el gobierno sigue emitiendo deuda, la que con el Frente Amplio en el poder pasó de ser externa a eterna.
La economía todavía crece pero empieza a evidenciar síntomas inequívocos de un enfriamiento natural. El reflejo más evidente es el de empresas que cierran o se presentan a concordato a renegociar deudas (en lo que va del año suman casi 80 empresas con pasivos de casi US$ 100 millones) y eso generó destrucción de mano de obra (se perdieron más de 50.000 empleos solo en lo que va de este año).
Las empresas privadas —únicas capaces de generar riqueza genuina— aducen que ya no toleran más el peso de un Estado que recauda con voracidad finlandesa pero no garantiza servicios básicos de calidad como educación seguridad y sus ciudadanos mueren como moscas a manos de delincuentes mientras los responsables no solo no ejercen la autoridad sino que tercerizan la culpa.
Un expresidente al que todos los uruguayos le financiamos durante cinco años su fama internacional y aún pagamos tiene el tupé de declarar muy suelto de cuerpo que los delincuentes son nuevos burgueses apresurados, cuando sabe muy bien que estos últimos no son más que trabajadores que agachando el lomo mejoraron su nivel de vida y se plegaron a un voraz consumismo, mientras él acumulaba millas al mismo ritmo que crecía la estela planetaria del personaje Pepe que creó luego de salir de la cárcel y valerse de la democracia liberal burguesa para no tener que trabajar. Por si el porro estatal no pegaba, dejó a “su pueblo” varias flores: flor de clavo con la regasificadora, flor de agujero en Ancap y ahora flor de juicio multimillonario de la minera Aratirí que pagarán los tataranietos de mis hijas, mientras dos guapos de geriátrico —el senador en retirada y el ministro de Economía, Danilo Astori— libran su última (?) batalla por una chambonada con costo millonario que pagarán los que menos tienen y dicen defender, enriqueciendo a prominentes bufetes de la Quinta Avenida.
Este personaje, Pepe, no tiene que ver con nada, pero tiene que ver con todo lo que tiene que ver con la decadencia uruguaya.
Ya no tengo argumentos para persuadir a mi primogénita de que no emigre una vez termine de estudiar… Una cosa es el espejismo y otra los espejos, los cuales, al decir del genial Jorge Luis Borges, “son abominables, porque multiplican el número de hombres”.
Denis Dutra