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    martes 18 de junio de 2024

    El gaucho vuelve a casa

    Nº 2276 - 16 al 22 de Mayo de 2024

    La oportunidad de ver en un museo público una obra de colección privada es siempre un privilegio, y lo es más aún si el cuadro pertenece a la mano maestra de Juan Manuel Blanes. La apuesta se redobla si se trata de uno de sus gauchos y se vuelve exponencial si le sumamos que desde el siglo XIX pertenecía a la colección familiar de un noble inglés y su regreso a Uruguay se produce tras ser el protagonista de una subasta internacional con récord de ventas para el pintor.

    Sí, lo sé, parece la trama de una novela o el guion de una película, no obstante, todas estas circunstancias confluyen para que la visita a este gaucho de Blanes en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) sea una cita imperdible e inolvidable.

    La historia comenzó en febrero del año pasado, cuando un coleccionista uruguayo adquirió Gaucho en el campo en una subasta en West Sussex (Inglaterra) por 1,15 millones de libras (US$ 1,38 millones) y quebró el último récord de Blanes, que desde 2014 se mantenía en US$ 905.000. La pieza llegó al país en el mes de junio del año pasado y en un generoso gesto de su nuevo propietario se presentó en sociedad este verano en el MACA (Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry) de Punta del Este. Ahora hace lo propio en nuestro MNAV hasta el domingo 26 de mayo.

    Se trata de una obra excepcional que capta la atención ni bien se ingresa al museo. Ubicado en la pequeña sala de la entrada y con un acertado montaje que lo realza, las luces de este gaucho resplandecen desde una pared rojo bermellón y, aunque está protegido por una caja vidriada, los reflejos y la sobriedad de su hechura no desmerecen la contemplación. A esto se suma otra feliz decisión: el gaucho invitado está rodeado por una decena de gauchitos del acervo del museo que le hacen de guardia de honor y ofician a la vez de contexto temático. El recurso funciona, y aunque los pequeños anfitriones son viejos conocidos —estuvieron años en una de las salas de la primera planta—, se los disfruta con renovado interés, salvo uno, que desde la pared izquierda y siendo además el primero de la fila no está a la altura del conjunto y desentona por su escasa factura y sus notorios repintes.

    Ahora bien, cuando hablamos de los gauchos de Blanes, estamos hablando de una saga que es uno de los hitos de la historia del arte nacional, un conjunto de obras de pequeño y mediano formato —salvo dos o tres excepciones— que Blanes pintó en su mayoría durante su segunda estadía en Italia, entre los años finales de 1870 y la década de 1880. La serie es un punto de inflexión, porque Blanes se aleja de la grandiosidad de su obra histórica y construye con énfasis romántico un testimonio idealizado y arquetípico del rebelde e indómito personaje de nuestro campo. Con una factura excepcional de refinados cielos luminosos, montados a caballo o displicentemente recostados en un palenque, los gauchos desprenden ese aire de civilidad tan alejado de la realidad como magistralmente verosímil.

    A pesar de su gran variedad iconográfica, la serie tiene características uniformes y es esa homogeneidad la que hace de este gaucho una excepción, por sus dimensiones —mide 112 cm por 128 cm— y por el soberbio y misterioso tratamiento de la luz. La imagen nos presenta a un gaucho en el eje central de la superficie en medio de una extensa y bucólica pradera. Va a caballo, girándose en la montura y levantando un brazo para señalar algo que está más allá de nuestra visión. En el horizonte bajo divisamos al fondo dos caballos, pero toda la imagen se concentra en el recurso protagónico de la luz. Una luz dorada y brillante que ilumina el paisaje, dotándolo de monumentalidad y de una sensación de atemporalidad que no nos permite discernir si se trata del ocaso o de las primeras luces de la mañana.

    Sin duda, es una de las obras más poderosas de Blanes y quizá por eso me hace reflexionar en lo duro que fue su camino, esa larga ruta que le permitió alcanzar estos niveles únicos de calidad plástica. Porque a Blanes lo damos por hecho y sin embargo, y a pesar de su innegable talento natural, su vida fue puro tesón, disciplina y una gran dosis de audacia. Una tenacidad y un arrojo que no siempre se valora como debería; pensemos que nació en 1830 —casi con el Uruguay constitucional—, en una tierra carente de tradición artística indígena e hispana. Aquí no había nada, ni colecciones de arte, ni museos, ni escuelas, ni artistas —a excepción de los pintores viajeros y del vasco Besnes e Irigoyen—. Era un Uruguay huérfano de imágenes, y esto vuelve aún más conmovedora su obra y su exitosa carrera internacional, que le ofreció a nuestro país la no menor distinción de contar con uno de los más grandes artistas del continente.

    Hoy, un gaucho de Blanes regresa a casa y es un privilegio verlo. No lo dude, acérquese al museo, le aseguro que no lo va a defraudar.