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    El hombre de las cavernas

    José Bedia en Fundación Iturria

    Al aire libre, el día es luminoso, radiante, caluroso. Dentro, en el misterioso espacio de la carpa, la luz parece opacarse por una imagen oscura que se desplaza por la pared blanca. La imagen es contrastante, removedora. De un reproductor surge la voz desconcertante de un ritual. Es un hombre que expresa quién sabe qué secretos en un canto tremendamente expresivo y cautivante. Es claro que entre el cántico y la imagen hay más que un vínculo explícito. El espectador se recluye en algún mundo intangible, en una especie de experiencia ancestral, en un hipnótico y sereno viaje. Es mediodía y afuera el sol de noviembre ilumina la casona de la Fundación Iturria, donde se instaló la carpa. Es una casa señorial, con espléndidos jardines, ubicada en el corazón de Carrasco. Desde allí se ve una plazoleta rodeada de autos, una calle convertida en un camino de tránsito complicado. Los arbustos protegen la intimidad del lugar. Como una barrera que no permite entrar el ruidoso y estresante trajín civilizatorio.

    En la flamante sede de la Fundación, inaugurada hace un par de meses con una muestra de Nelson Ramos, se ofrece ahora una notable muestra de José Bedia (La Habana, 1959), artista cubano reconocido mundialmente, de lenguaje contemporáneo enclavado en ritos y arte originario, prehistórico. En una de las ventanas se ve su “animal nocturno” (“Aparición de un animal de la noche”), dibujo de una cabeza de animal delineada en trazos amarillos sobre fondo negro. Líneas relucientes que marcan el contorno de un ser que acecha, salpicado de puntos de luz, también amarillos, como de otro mundo. Tiene algo de humano y mucho de simbólico, representante de un cosmos demasiado complejo, aunque el dibujo es bellísimamente simple.

    La obra de Bedia trata de hombres y animales, de diferentes tiempos, de cuerpos y espíritus. Enlaza sus visiones desde una perspectiva primitiva, recoge la herencia ancestral y la traduce en finas y sutiles expresiones contemporáneas. Son dibujos y pinturas donde todo parece formar parte de una sola obra, poblada de seres extraordinarios, surgidos de la tierra o del cielo, de lo tangible y de múltiples y complejas percepciones. Hay figuras reconocibles, hombres de luz, imágenes casi religiosas. Pero hay también en sus grandes cuadros hombres oscuros, guerreros, como dioses enfrentados a cientos de pequeños insectos destructivos, ejércitos de máquinas infernales. Hombres míticos con cabezas de animales que recuerdan ritos mágicos, experiencias prehistóricas recurrentes cuando se habla de culturas milenarias. Una pintura que atraviesa tiempo y espacio con la soltura que le permite su arte preciso, elevado, de riquísima imaginación. Es, además, de una técnica exquisita, despejada, de colores que casi nunca llegan a la estridencia.

    Bedia es cubano y por lo tanto no debe asombrar su vínculo con los procesos rituales, el contacto con la religiosidad más pura, en el sentido más espiritual de la vida. La influencia africana, pero sobre todo los procesos de integración de culturas, las sincronías y el tránsito entre el cuerpo y el alma, entre el cielo y la materia terrenal. Aunque hace años vive en Estados Unidos, su pasado lo condujo a un encuentro muy profundo con la herencia de sus antepasados. Creció como artista y como los artistas de las primeras vanguardias, fascinado por los mundos exóticos, pero desde adentro, inspirado y cuestionado por las viejas culturas y civilizaciones. Es un artista contemporáneo, aplica su versión actual del arte, lo exprime para extraer una obra sencilla, de líneas, de figuras evidentes, de composiciones casi elementales, con signos e incluso palabras.

    Alejado del barroquismo más típico del arte latinoamericano del siglo pasado, despeja cualquier carga que interfiera en la percepción. En “Sigue, sigue contando”, una liebre pequeña, de orejas finas, sostiene un libro en actitud de lectura frente a un enorme león que parece dormir. La escena es cautivante, en un paisaje onírico, los animales en sombras, bañados por la tenue luminosidad de los sueños, en un telón gris por donde pasan diminutos ciervos.

    Es el mundo de un artista formidable, un orden extraño que seduce a simple vista. En la carpa instalada en el jardín, el dibujo o pintura mural, primitiva, salvajemente expresada en la pared es como una sombra, un espectro, una posibilidad de transformación. Explica la amable anfitriona de la Fundación que el artista lo hizo en un día. Trabajó todo el tiempo con la voz del chamán, como en un ritual. Bedia lo grabó de otro ritual, en algún punto de esta América todavía exótica, a veces misteriosa. Lo guarda como un tesoro, como una puerta. Alrededor del fuego, seguramente, la voz recoge sentimientos nocturnos, vínculos profundos con la eternidad, con la tierra y el cosmos. La voz se apodera del lugar como un exorcismo, limpia todo ruido impuro, toda sonoridad desajustada.

    La instalación de Bedia logra lo mismo con la imagen y los elementos. En una pared forrada de hojas verdes, una piel de un jaguar atravesada por flechas. Los puntos luminosos sobreviven como testigos de otro acecho, mortal. En otra pared, la piel de una enorme anaconda, estirada y clavada, como disecada. Sobre la piel surgen siluetas de animales en lenta procesión, solo sus contornos proyectados en el espacio por líneas negras, hilos que atraviesan la habitación y se conectan con el gran dibujo oscuro. Es la vida o la muerte, el aliento de lo espiritual, la resurrección desde la masacre. Como en una caverna, Bedia ejerce la fascinación de la magia, la proyecta, la construye en un gesto de reconstrucción profundamente humano. Limpia el espíritu de presencias inoportunas. Y deja el arte.

    “José Bedia. Recurrencia del animal solitario”. En Fundación Iturria (Schroeder 6514, esquina Costa Rica). De lunes a sábados de 11 a 13 hs y de 17 a 21. Tel. 2601 8082.