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    El hombre de las mil caras

    Muestra iconográfica de Pedro Figari

    Lentes redonditos de armazón gruesa, frente ancha, barba prolijamente recortada y un bigote tupido que a veces termina en puntas finitas. Es la imagen de un hombre que en general repite su gesto ante cada fotografía o retrato. Hay una pose y una mirada que parece su marca de estilo. Es un señor fornido, de hombros anchos, serio, mirada aguda y penetrante. En todas las versiones fotográficas su rostro muestra cierta compostura de hombre importante, convocado por la vida a ser un señor respetable, maduro y de juicios firmes y serenos. Parece que hubiera nacido grande, un señor mayor para la edad, tal vez por esa barba oscura o su mirada cargada de pensamientos. Incluso en un par de fotos de juventud, antes del bigotón con las puntas voladoras, hay un joven quinceañero pensativo, de cara afinada hacia el mentón, rasgos definidos y finos al mismo tiempo. A los veintipocos años ya tenía el rostro que todo el mundo conoce y que fue cambiando sutilmente hasta la vejez con los mismos rastros blanqueados por las canas.

    Lo que llama la atención en el gesto de este abogado, político, filósofo, educador y pensador de larga y fecunda vida, de acciones y gestos a contramano, políticamente incorrectos, tan radicales como dejar todo para dedicarse a pintar a los 60 aunque le costara romper con su matrimonio, es que no hay mucho rastro de incorrección en su perfil. Salvo en una fotografía tomada en Milán a los 26 años, un personaje típicamente romántico, de pelo largo peinado hacia atrás y un poco desmelenado, con ganas de patear el tablero. Y lo hizo. Aunque ya tiene la barba, se logra ver su cara despejada y mirada pensativa, un rostro bello, casi bohemio, peleador.

    Fue un contestatario siempre, aunque ese joven se convirtiera en un Pedro Figari (1861-1938) adusto, fornido, preocupado por temas trascendentes que hicieron a los procesos sociales y políticos de la época. Primero en su rol de abogado, luego como diputado colorado y sobre todo en su paso por la dirección de la Escuela de Artes y Oficios, donde diseñó y logró afirmar los cimientos de la Escuela Industrial.

    Otra curiosidad de su perfil físico es que en ese rostro comprometido y firme hay un rastro de ternura apenas perceptible, a veces engañoso, pero de cierto brillo permanente. Es más evidente en el paso hacia la madurez cuando las canas lo convierten en la imagen de un abuelo bondadoso, un maestro finalmente, sabio y finísimo en sus apreciaciones.

    Fue un típico intelectual del 900, integrante de esa formidable generación de pensadores y artistas revolucionarios que dio el país en los años vitales de su construcción como nación. Como político, trabajó junto a José Batlle y Ordóñez hasta que se distanció por posturas enfrentadas sobre la educación y en especial la referida a las artes.

    “Lo que yo quiero es instalar academias como en París, de pintura, estatuaria, música y declamación para formar artistas”, cuenta Figari que le dijo Batlle en una charla. Figari le contestó: “Vea, Don Pepe, para demostrarle la inoportunidad de su plan de fundar academias, demos por admitido que ya funcionan y que han producido maravillas, tenemos ya cien Velázquez, cien Beethoven, cien Rodin, cien Shakespeare, ¿qué hacemos, pobrecitos, con ellos?. (…) Cuando se ofrezca una escuela de genios no quedará un tonto que no se apure a sacar matrícula y veremos legiones de genios incomprendidos, rezongones, malhumorados, con abultadas melenas, con sus fuertes pipas y calabreses terciados. No se podrá circular”.

    Frente a la propuesta de “academias”, Figari proponía una enseñanza artística arraigada en la vida y en el trabajo, destinada a una enseñanza práctica, industrial, de diseño y construcción aplicada a la vida cotidiana, en la línea de la Bauhaus o en las más recientes escuelas industriales y de diseño. Un ideal de hombre y sociedad planeaba en toda su obra, incluso la pictórica.

    El asunto central de esta exposición que propone el Museo Figari es el recorrido por la mirada de otros artistas sobre ese rostro que parece siempre el mismo pero que ofrece sutilísimos cambios. Es un pretexto para explorar la hondura y personalidad de este personaje multifacético, una personalidad “renacentista”, como la calificó con acierto el ex presidente Julio María Sanguinetti, gran conocedor de la vida y obra de Figari.

    El rostro y los rostros expuestos en la muestra incluyen ese perfil de un hombre de pensamiento y acción, de proyección, de artista preocupado por sus tradiciones, por sus negros y campesinos, por escenas y movimientos de un país que cambiaba a pasos tan rápidos como su pincel intentó plasmar. El abogado “Defensor de pobres” que salvó a un inocente de la muerte en un famoso juicio que le llevó cuatro años de lucha y lo posicionó en un lugar destacado de la profesión. El hombre que al mismo tiempo dibujaba rápidas escenas de acusado, juez, abogados, funcionarios y su propio rostro y postura frente al larguísimo y tedioso pero cautivante juicio.

    Así empezó el artista que, finalmente, a los 60 años deja todo para dedicarse a la pintura. Por suerte. Le costó un divorcio, condena social y pobreza. Pero fue rápidamente reconocido por talentosos jóvenes que lo rodearon en Buenos Aires, como Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo, o en París, donde recibió el halago de Pablo Picasso, Fernand Lèger, James Joyce y la amistad y apoyo del escritor francouruguayo Jules Supervielle.

    Fue criticado, en cierta forma olvidado, por la crítica e intelectualidad compatriotas. Se lo acusó de snob y de hacerle el juego a la “modita” parisina por lo exótico de esos negros que poblaban un continente intrigante y primitivo. Fue mucho más que eso y hubo que esperar un tiempo para que la abundante obra también se valorara en su país.

    En la muestra hay también un Figari en caricaturas; un Figari más realista, detallista; un Figari más tangible en pinceladas de un óleo denso; un Figari de trazos suaves, de líneas impregnadas de expresión contemporánea, en grandes y pequeños formatos, en técnicas muy distintas. Hay Figari en esculturas, en bronce, en madera, en sellos, grabados, telares. Multiplicado en más de cincuenta versiones originales por artistas compatriotas de diferentes épocas como José Luis Zorrilla de San Martín (bronce y dibujo), Fernando Laroche (pintura), Lincoln Presno (pintura), Álvaro Amengual (pintura), Alejandro Casares (dibujo), Javier Gil (técnica mixta), Fermín Hontou (tinta y acuarela), Mané Gurméndez (instalación) y Jorge Sosa (tapiz), entre otros.

    El rostro de Figari se convierte en un potente retrato de su diverso y profundo universo. Son muchos rostros, podrían ser cientos o miles de una misma imagen, casi permanente, la que se fue forjando con los años, la de todos, la del colectivo imaginario. En casi todos la constante de sus ojos penetrantes, de su mentón pronunciado por la barba eterna, de su rostro cortado con firmeza y ese toque de tozudez italiana que se mezcla con el brillo de una sonrisa que ocultó entre sus barbas que nunca puso en remojo.

    “Muestra iconográfica” de Pedro Figari. En Museo Figari (Juan Carlos Gómez 1427, esq. Rincón). De martes a viernes de 13 a 18 h; sábados de 10 a 14. Hasta el 21 de setiembre.