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    El hombre que amaba la cubanía (libre)

    Leonardo Padura, narrador y periodista cubano

    Es serio y concentrado, pero cada tanto estalla en explosiones de carcajadas y simpatía. Quienes no estuvieron atentos a las andanzas de su personaje principal —el miliciano investigador, poco policía, inteligente, vendedor de libros antiguos, amigo del ron y ser humano sensible Mario Conde— pudieron también descubrirlo por una densa novela histórica sobre el asesinato del revolucionario ruso León Trotski, que tituló El hombre que amaba a los perros (Tusquets), en homenaje a su maestro Raymond Chandler. El narrador y periodista Leonardo Padura se declara orgulloso de residir en su barrio habanero de Mantilla, en una casa modesta, donde nació hace 61 años. Afirma que el éxito de sus libros, traducidos ya a 22 idiomas, lo ha aferrado más al pago, porque de él se nutre para escribir y por eso no se imagina en el exilio. Cuando no está firmando ejemplares por el mundo, se traslada por La Habana en un noble autito japonés que pronto cumplirá 20 años. Es un escritor que sufre por la mala conexión a Internet y más aún por el vacío y la censura que le hace el gobierno de Raúl Castro, pero sin perder la compostura respondió tajante a una periodista brasileña: “En Cuba nadie pasa hambre. Seguramente en una cuadra de San Pablo hay más gente en la calle que en todo Cuba”. El Premio Princesa de Asturias 2015 llegó invitado por el Ministerio de Educación y Cultura, caminó por Montevideo junto a su esposa Lucía, recordó a su amigo Eduardo Galeano, de quien valora, entre otras cosas, su artículo Cuba duele, recibió el título de ciudadano ilustre, dio una conferencia en la Biblioteca Nacional, además de esta y algunas otras entrevistas.

    —El crítico de El País de Madrid, Jordi Costa, dijo sobre la película Vientos de La Habana, cuyo guion usted escribió: “El director logra imágenes poderosas, pero no encuentra el equilibrio entre el cliché de género y la funcionalidad de la ficción criminal”. Precisamente esa es una de las virtudes más notorias de sus novelas, que son noir pero a su vez sociales y salen del cliché del género.

    —Creo que los críticos de cine, y sobre todo en España, tienen la necesidad de criticar y si es posible destruir las películas. Es una tendencia muy evidente, se repite con mucha frecuencia y todo el mundo los odia profundamente por esa a veces incapacidad de poder entender las cosas que van a decir el director y los guionistas. Él no vio como uno de los logros de la película lo que fue una de sus intenciones: que siempre en mis novelas lo policíaco está en función de una mirada social, al punto de que muchas veces la trama está en un segundo plano, organiza la información pero no decide el argumento.

    —Está la vieja discusión entre los escritores y los directores de cine respecto a que muchas veces las películas sometidas a las condiciones de la industria no reflejan la novela. 

    —Mira, no creo que una película pueda reflejar toda la riqueza de una novela porque son manifestaciones completamente distintas. El guion de Chinatown es una historia esquemática y sin embargo es una de las grandes películas del cine. Creo que son dos artes que tienen sus características propias, su tempo y su intención narrativa específica, y lo mejor que le puede pasar a una película es que rescate el espíritu de una novela y sea capaz de crear su propio espíritu en tanto manifestación diferente.

    —Ud. dice que en El hombre que amaba los perros, Trotski es Trotski pero que su asesino Mercader es menos Mercader. ¿Cómo es eso?

    —Cuando escribo novelas que tienen personajes históricos tengo una ventaja respecto al historiador y es que no tengo por qué reproducir fielmente la realidad; tengo que reproducirla de una forma que no traicione la esencia de la historia. Hasta allí llega mi compromiso y por eso hago esas investigaciones exhaustivas. A veces hay elementos de la pequeña historia, que ni siquiera están en los libros, que me revelan mucho más de un personaje que los grandes acontecimientos. En definitiva tienes una responsabilidad y es que tu libro se presenta como una mirada a la historia. Si empiezas a desvirtuar la historia real, estás desvirtuando la comprensión que tiene el lector de la historia general.  

    —¿Un escritor siempre debe molestar al poder?

    —La política es parte de la sociedad y está en cada acto de la vida cotidiana cubana. Trato de que mi visión de los conflictos sea una visión social, no política ni partidista, porque de hecho no milito en ningún partido. Es inevitable que el sustrato político esté presente. En los años de la crisis, del llamado período especial, el hecho de que cada cubano recibiera un pequeño pan todos los días no era una solución económica, era una decisión política, porque sabían que si no, los cubanos se morían de hambre. Y se quitaban muchas otras cosas para que hubiera ese pan que el gobierno le vendía a cada ciudadano cubano por cinco centavos. Entonces, si el hecho de comerte un pan tiene un carácter político, imagínate tú todo lo que rodea a una persona en su vida social, laboral, en su vida creativa, si es un artista, que te toca por todas partes.

    —¿Hay una puja entre cubanos ortodoxos y aperturistas?

    —Creo que sí. En Cuba, cada vez más, a nivel de los creadores, la gente defiende un mayor espacio para el debate y para la reflexión. Pero hay que pelear constantemente.

    —Un escritor exitoso y traducido a una veintena de idiomas es buena propaganda para el gobierno. Hoy estaba mirando en el periódico oficial Granma la noticia de la entrega del título de Ciudadano Ilustre en Montevideo.

    —Ah, lo pusieron. No he tenido tiempo de mirarlo porque estuve todo el tiempo respondiendo entrevistas (carcajada). Pero pasa eso. El premio Cervantes lo ganaron (Guillermo) Cabrera Infante, (Alejo) Carpentier y Dulce María Loynaz. El Juan Rulfo, que ahora se llama FIL de Guadalajara, lo ganó Eliseo Diego. Fina García Marruz ganó el Reina Sofía de Poesía y el otro premio importante que ha ganado un cubano en los últimos 40 años fue el mío, pero en Cuba solo se mencionó en la televisión como noticia de última hora: Leonardo Padura acaba de ganar el Premio Princesa de Asturias y nunca más se habló. Son demasiadas señales. Que aparezca en la prensa es algo importante.

    —En una entrevista con la Deutsche Welle en su casa de Mantilla (La Habana) contó el incidente con un aduanero cuando llegaba a Cuba con una valija con libros…

    —Ese día fue muy simpático. Venían muchos libros y dos paquetes con un polvo blanco, lo más parecido que hay a la cocaína, que se llama Blanco España y se utiliza para pegar cristales. En Cuba siempre se usó pero ahora no lo encuentras. Estaba preocupado, pero mi confianza era que ningún traficante despacha dos paquetes con droga de esa forma descarada. Cuando me marcan el maletín para revisión voy a ver al aduanero y le digo: “no, es que el polvo…”. Y él me dice: “¿qué polvo? El problema son los libros”. Al final me dejó pasar, pero no tenía idea de quién era yo. De todas formas, hay mucha gente que me conoce, me distingue y eso me ayuda mucho, sobre todo en el ambiente con un cierto nivel cultural y tengo muchas muestras de cariño y respeto.

    —En Cuba no transmiten los partidos de béisbol de Estados Unidos, pero sí otros deportes, a pesar de ser la principal pasión.

    —El año pasado, cuando comenzó la Serie Mundial, que es el cruce entre los ganadores de las dos grandes ligas que hay en Estados Unidos, se transmitieron los domingos algunos partidos e incluso hubo un momento en que en la semana pasaron alguno, después de que en 50 años no se viera ningún encuentro. Cuando llegó la Serie Mundial, todo el mundo dijo: van a pasar los partidos. Bueno, en esos días, en el canal deportivo de Cuba inventaron deportes para no poner béisbol. Pusieron cualquier cosa que te puedas imaginar: la competencia de tiro de mierda. Te ponen carreras de autos, un deporte profesional en el que corren vehículos que cuestan millones de dólares, el fútbol, pero no el juego de pelota.

    —¿Buscan con eso mantener el béisbol nacional?

    —No, es que el béisbol nacional se ha deshecho porque hay una gran cantidad de jugadores que se han ido. De todas las provincias se han ido y no van a detener ese éxodo programando o desprogramando el béisbol que se juega en Estados Unidos. Lo van a detener cuando resuelvan los problemas internos y puedan lograr contratos. Es que ha habido un cambio de época al cual se resisten a adaptarse. En Cuba en general y en el béisbol en particular. No aceptan lo que pasó y el castigo es que no nos dejan ver el béisbol de las grandes ligas. Pero eso es algo habitual en Cuba, que alguien decida cómo te tienes que vestir, cómo te tienes que pelar, qué cosas puedes comer, qué cosas puedes leer y qué puedes ver.

    —¿Que el escritor Abel Prieto, que estuvo 15 años en el cargo, sea otra vez ministro de Cultura, es una buena noticia?

    —Mira, por lo menos es un hombre que en su anterior mandato fue muy progresivo y ayudó mucho a los intelectuales cubanos.

    —En la azotea donde transcurre Regreso a Ítaca (el libro y la película), se respira amargura. La película fue programada en el Festival de Cine de La Habana y luego retirada. ¿Dónde hay que buscar la utopía?

    —Hay una generación más joven que es mucho más incrédula, que emigra constantemente. Los más preparados incluso son los que más emigran. Y está esa generación mía, que se pretendió que fuéramos el hombre nuevo, pero muchas veces obligándonos a aceptar cosas que nosotros no pedíamos y que no contaban con nosotros para hacer. En una de las discusiones en el Instituto de Cine, uno de los actores les planteó: “Díganme una sola palabra que está en la película que no sea una verdad”. No hubo respuesta.

    —¿Eso significa que en Cuba, al estilo caribeño y menos cruento, sobrevive un estalinismo como el que  mató a Trotski en 1940 y que se describe en la novela El hombre que amaba a los perros?

    —En los años 70 hubo un momento muy duro, de políticas culturales ortodoxas llevadas al extremo, con marginación de intelectuales, homosexuales, religiosos. Por suerte, a partir de los años 80 eso comenzó a cambiar y en los 90 se dinamiza. Puede existir, y de hecho existe, gente con ese pensamiento, pero la mayoría de la sociedad aspira a que haya espacios de debate, de discusión aún mucho más amplios de los que existen ahora. Si después de la discusión resulta que en lugar de comprar caramelos de fresa compramos caramelos de menta, es una cosa, pero no que tú decidas por mí que yo tenga que comer caramelos de fresa si, coño, a mí me gustan los de menta.

    —Entramos en el tema de la libertad, que es el central en la novela Herejes. Al final de la charla del viernes 4 en la Biblioteca Nacional, Ud. decía que las decisiones se deben tomar entre los 11 millones de cubanos y no entre cuatro. ¿Cuba es una dictadura?

    —Creo que la palabra dictadura excede a lo que existe en Cuba. Creo que hay un gobierno centralizado, un partido único y ese gobierno es el que toma las decisiones. Se supone que el gobierno toma las decisiones con una consulta vertical y en algunos casos se hace, pero las grandes decisiones se siguen tomando en las altas esferas.

    —El teniente Conde, en la próxima novela, ¿está preocupado por eso?

    —Conde está preocupado por todo. Es un sufridor. En esta próxima novela tiene una gran preocupación: hasta qué punto una sociedad que en su juventud, mi juventud,  fue muy homogénea, se ha ido dilatando y empiezan a aparecer diferencias económicas y clasistas que empiezan a ser evidentes. Y hay un tema eterno en mis libros, el papel del hombre en la historia y de la historia como cárcel del hombre. No estoy hablando solo de la Cuba contemporánea,  sino a nivel universal, cómo a veces los comportamientos históricos nos desbordan y conducen por caminos forzados o inesperados.

    —Ud. estuvo en Angola en la época de la guerra con Sudáfrica. ¿Haría una novela sobre el general Arnaldo Ochoa, que fue fusilado en Cuba en 1989 luego de ser un héroe nacional?

    —Creo que no me interesaría, entre otras cosas porque no tengo suficiente información. Personalmente, no siento la necesidad de investigar. Y para hacer una novela tienes que obsesionarte con una idea. Puede ser que la historia de Ochoa sea la más novelesca del mundo, pero a mí no me dice nada.

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