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    El hombre que cambiaba

    Este verso es de Celedonio Flores: “Poco tiempo después, como un consuelo,/ la Luna, una percanta enfarinada,/ dibuja con su enorme pincelada/ guardas griegas de sombras en el suelo”.

    Un modernismo simbolista con toques de lunfardo, casi insufrible.

    Este otro también: “Lleva alpargatas de lona,/ a rayas el pantalón, negra faja de algodón/ su camiseta aprisiona; el funghi no desentona/ su pinta en ningún momento/ porque en su requintamiento/ sombrea su vista rana/ al batirle a la fulana:/ ¡Durazno a cuarenta el ciento!”.

    Una pintura precisa y un uso medido del lunfardo, de un momento, un barrio, la ciudad, con la riqueza de la poesía popular descriptiva.

    Celedonio Esteban Flores —nacido en Buenos Aires el 3 de agosto de 1896— no fue el mejor letrista del tango, sino un vendaval de cambios alimentados por el hábito de la lectura y un carácter impulsivo, que varió su rumbo más veces que cualquiera hasta imponerse en una etapa clave de la evolución del tango clásico, entre inicios de la década de 1920 y finales de la siguiente, con un impar estilo que estimuló a otros y dejó marcada una huella profunda.

    Solo terminó la escuela primaria, abandonó el colegio comercial, pidió a sus padres que le pagaran clases de violín, que dejó por el camino rápidamente, e intentó —con relativo éxito— una carrera de boxeador. Pero entre tanto, a ese adolescente inquieto y confundido se le presentó su vocación: la vida le puso en las manos libros que le despertaron el deseo por la aventura de hacer versos.

    El proceso de cambio de esas influencias literarias, y el de su búsqueda hasta encontrar su voz final, discurrió con rara velocidad.

    Primero, ansiando ser un poeta culto y refinado, aunque su lenguaje natural parecía ser una barrera, se refugió en un exagerado romanticismo modernista: leía a Rubén Darío, a Amado Nervo, a Alfonsina Storni; fue un tiempo de desproporciones sentimentales cuya pretensión agonizaba en una mezcla forzada con el habla de su cotidianidad, tan dialectal e imperfecta.

    Luego descubrió a Enrique Banchs y a Evaristo Carriego, primeros entre los poetas respetables en rescatar al barrio, sus habitantes y las circunstancias dolorosas e injustas que esa época les imponía, al modo de sujetos centrales de sus afanes líricos; Flores cambió y buceó en una corriente que se le hacía más afín, sin advertir que se enredó buscando un discurso impostado que, aunque más adecuado a su manejo idiomático, lo alejaba del contacto directo con el otro, su semejante.

    Hasta que le alcanzó la influencia —para mí decisiva— de Baldomero Fernández Moreno, el de Setenta balcones y ninguna flor, llamado por Osvaldo Pelletieri “el acuarelista de los barrios porteños vistos por una naciente clase media”, que unió como algo propio lo escenográfico a lo subjetivo y el suburbio al centro cambiante.

    Este empuje le dio aliento para escribir de otro modo —con más apego al lunfardo, “pero incorporando el dialecto al idioma mayor mesuradamente y sin oscurecer el contexto”, al decir de nuestra Idea Vilariño en Las letras de tango— y a los 19 años creó Flores y yuyos, primer cuaderno de poesías, y un año después ganó cinco pesos por el primer premio de un concurso de letras de tango organizado por el diario Última hora con Por la pinta. Estos versos llamaron la atención de Gardel y de Razzano, que arreglaron los derechos con Celedonio, le hicieron la música y le cambiaron el nombre: Margot; ahí fluyó el andar del veinteañero autor por la senda definitiva con su primera obra mayor, a la que siguieron Mano a mano —su éxito inmortal—, Sentencia, Corrientes y Esmeralda, El bulín de la calle Ayacucho, Audacia, Cuando me entrés a fallar, El chimento, La muerte de la bacana, La musa mistonga, Por qué canto así, Muchacho, Si tuviera tiempo…, Pan y tantos más.

    De estilo único, inimitable, precursor al menos de Discépolo y Cátulo Castillo en el enfoque social, Flores, poco antes de morir, el 28 de julio de 1947, dijo en un reportaje qué recursos literarios, tras tantas idas y venidas, habían edificado su poesía final, hija fiel de su tiempo:

    “Busco un pedazo de vida, lo vivo intensamente en mi interior y despacito voy haciendo el verso. Como he vivido un poco, como he dado muchas vueltas, tengo la pretensión de vivir mis personajes. Soy de los que no creen que el tango cómico sea la verdadera expresión de lo que siente el pueblo. Sabemos todos que el tango es triste, como todas las músicas de nuestra tierra”.