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Ciertas veces, quizá muy cada tanto, una lectura tiene su correlato en el cuerpo. La letra se hace sentir, literalmente, en la carne. Estaba en cama, enfermo y con fiebre, cuando cayó en mis manos La metamorfosis, de Kafka. Por ese entonces mi mundo libresco giraba en torno a Tintín y Asterix. El texto de Kafka fue devorado en una noche, y una vez cerrado el libro no pude tener paz. Las pesadillas me asaltaron. Como en una película de clase B, las imágenes —en riguroso blanco y negro— tomaban la forma de una cucaracha gigante que se regeneraba y arrastraba al durmiente a una caída sin fin. El bicho movía las antenas, ahí estaba el contagio, la fuente de todo el mal, y el durmiente agitaba sus brazos mientras sudaba y se retorcía entre las sábanas llenas de sudor. Como en tantos sueños, yo era otro. El espacio era un pegote entre bicho y humano, y el tiempo estaba blindado, precisamente la premisa que un profesor de literatura enseñaría en clase para ejemplificar lo kafkiano. El horror de convertirte en una cucaracha es al mismo tiempo la advertencia —y tal vez sea este el verdadero horror y la vuelta de tuerca— de que no somos más que un insecto.
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Durante un buen tiempo asocié al escritor checo con el maestro de las pesadillas. Más adelante, cuando mis lecturas se ampliaron y volví sobre Kafka, pude comprobar que el absurdo también esconde entre sus pliegues de significado una importante y salvaje dosis de humor. Llegué a reír con Kafka, algo que consideraba impensable. Y reír hasta las lágrimas, que es otra forma de sentir la lectura en el cuerpo, literalmente. Kafka, según él mismo lo confesó, era asaltado por carcajadas cuando corregía sus textos.
Debo a Dostoievski, y en especial a la última parte de Los demonios, uno de los mayores ataques de risa que me ha dado una lectura, respiración entrecortada, lágrimas, hasta sentir ese maravilloso dolor en los abdominales. Y también a Ferdydurke, de Gombrowicz. No hablo de música, que va por el aire. No hablo de teatro ni de cine, que proponen sendas imágenes concretas. Hablo de una serie de hojas concatenadas con letritas impresas. Y que esas letritas sean capaces de cambiar nuestros cuerpos prueba dos cosas: que el ser humano es evidentemente una cucaracha simbólica y que la literatura es una de las cosas más maravillosas que tenemos.