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En un país donde reír y hacer reír cuesta un poco más de lo común, la canaria Laura Falero decidió hacer de la risa propia y ajena el centro de su existencia. Con un aspecto que la hace ser “una más del montón”, un rostro peculiarmente asimétrico y un pelo lacio y oscuro que parece cobrar vida cuando habla, Falero confiesa que tuvo que aprender a domar la timidez. Cumplió los 33, dice mientras larga la chanza: “Estoy a punto de crucifixión”. El viernes 22 a las 22.30 en Clandestino Bar (Haedo 1997) presentará un show de stand-up con el grupo Perfaloña (junto a María Rosa Oña y Adelina Perdomo), con quienes prepara un show en octubre en Platea Sur (en Ciudad Vieja).
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Falero respiró música desde chica porque su padre, Edgardo, fue un saxofonista apasionado del jazz, vinculado al Hot Club de Montevideo, que concursó por la vida y obra de Charlie Parker en Martini Pregunta. Además, su abuelo fue violinista en orquestas de tango. La mandaron años y años a aprender piano y canto, y es profesora de solfeo.
Tuvo una banda de rock, estudió Ciencias de la Comunicación y trabajó en una oficina. Hasta que la estructura le estalló en la cara y cambió de vía, por una más movida, más intensa y más real. En los últimos días organizó dos Noches de humor negro con chistes sobre violencia de género. Está produciendo El camino del comediante, documentales cortos sobre el quehacer de la disciplina. Y propone una columna semanal, Laura Up, en el programa Rompkbzas, conducido por Daniel Figares.
—Antes de dedicarse de lleno a la comedia, ¿en qué trabajaba?
—Trabajaba en una empresa que hacía contenidos para celulares: trivias, horóscopos, tarot, para toda América Latina. Empecé a escribir más desestructurada, me divertía. Estaba estudiando narración oral con Néstor Ganduglia y narración con Ana Magnabosco. Cuando le entregué un cuento terminado a ella me dijo que ahí veía mucho humor. Así que todo me iba cerrando. Cuando me despiden del trabajo y me pagan un dinero, me pago el curso con unos argentinos que enseñan la técnica para escribir chistes, bajada de la oralidad por una maestra que es Judy Carter. Arranqué como estudiante mediocre: me costaba, no salía del papel, era una cosa espantosa (risas). No quería estar en un escenario, soñaba con jubilarme e irme al campo a escribir, esa onda. En un momento empecé a evolucionar el texto y el día de la muestra final fue como una revelación, para mí y para los profesores.
—¿Cómo fue su crecimiento en el stand-up?
—Empecé a subirme a un escenario todo el tiempo: quedé finalista del concurso de Patricia Stand-Up, además no era común ser mujer y hacer humor. Me fui de gira por todo Uruguay y me gustó mucho. Empezó a crecer y crecer y entendí que era un camino posible para mí; estaba en un momento bisagra en el que tenía que tomar la decisión de seguir o no. Tomar la decisión fue una crisis hermosa, no hay nada más lindo que las crisis, porque cuando pasó empecé a ver todo con más claridad. Y entonces el mundo también te empieza a ver con más claridad.
Fue así que Falero enfrentó varios problemas y nuevas responsabilidades. Renunció a la estabilidad económica, asumió que era su propia empresa, reconoció que jugaba con las reglas del arte que aquí no está legislado, se empezó a vincular con gremios y a estudiar cómo funcionaba el sistema. Fijó sus posibilidades siendo comediante: actuar, escribir, guionar para televisión, hacer shows de temáticas específicas para marcas. Falero define lo que hace ahora como una “autogestión las 24 horas”. Y aceptó subir a todo escenario que se pusiera a tiro: “Bolichitos por cinco pesos, por diez, por cien, gratis, por el pancho y la coca, en lugares del interior y Montevideo y Buenos Aires”. Puso a parir el viejo refrán de “cuantas más puertas abrís, más oportunidades tendrás”.
—¿A qué se debe que hayan pocas mujeres dedicándose al humor?
—Tenés que vencer una barrera social del inconsciente colectivo que cree que la mujer solamente es linda, que no piensa, que nadie le cree nada, que todo lo que va a decir es por histérica, porque está “en esos días”. Yo llevo la bandera de militancia por la igualdad de hombres y mujeres. En el 90% de lo que pasa en este mundo el poder lo tiene el hombre, y en el humor mucho más. La mujer graciosa es la fea. Entonces sos linda o graciosa. Si sos linda y graciosa, sos un peligro. He visto mujeres que quieren empezar a hacer humor y sufren un gran conflicto interno en cuanto a las temáticas de las que hablan, a sus apariencias físicas: me han preguntado cómo se tienen que vestir, todo por el conflicto social de que la mujer es el elemento decorativo. Además, en el inconsciente sos el sexo de la madurez, sos la madre. Lo bueno es que cuando subís a un escenario se van a dar vuelta por lo menos para mirarte. Y el problema es que crean tu discurso. Ese trabajo es complejo.
—Usted no hace un humor condescendiente y correcto, ¿cómo ha reaccionado el público?
—Me han enfrentado y me han hecho cuestionar. Un caso fue el de una chica que era la “hembra alfa” de una mesa. En las mesas hay uno que domina y si ese se ríe habilita a que todos los demás lo hagan. A ella no le gustaba el show y no dejaba que ninguno de su grupo se riera. Por momentos puedo ser hasta guarra, porque me gusta mucho incomodar desde el lenguaje. Molestar hace salir a la gente del lugar de confort. El humor debe incomodar. La chica me cuestionó algo que dije y me sacó de eje: me ganó. Ella era la fuerte y yo me minimicé. Y el público se puso de mi lado, me empezó a mirar con compasión, ¡y no hay nada peor que te traten como la pobrecita! Estuve cinco minutos y me bajé sudando la gota gorda.
Falero dice que avanzó una capa más en su planteo del stand-up. Al empezar, los textos se basan en la vida del comediante, ese es el “preescolar” del show. Luego empieza la escuela y el artista se compromete con premisas más complejas de la vida. “Cuando sos un comediante maduro ya tenés tus ideas del mundo, que terminan por ser un discurso político. El humor real va en contra del poder. Para eso existe el humor: es revolucionario”. En este sentido, sigue la línea del hipercrítico comediante norteamericano Bill Hicks, que murió de cáncer a los 32.
—No le interesa el humor políticamente correcto.
—Si es políticamente correcto es televisión. Y yo no estoy haciendo TV. Hoy toda la gente que está en los medios se comunica desde el humor: el meteorólogo, el informativista, el panelista (el nuevo virus de la sociedad). El comediante está perdiendo su lugar. No me interesa estar en la televisión porque yo no tengo nada para darle y ella no tiene nada para darme a mí. Por otro lado, hacer un programa de humor es carísimo. Y no hay producción nacional. Ahora todo está sobre Internet y el público que me interesa está ahí.
—¿De qué cosas no se pueden reír los uruguayos?
—De sí mismos. Nosotros somos los intelectuales, los europeos de América Latina y nos reímos de todos los negritos bolivianos, pero no decimos nada. Somos todos políticamente correctos, pero que no me toque una mano este plancha porque me muero del asco (risas). Te vas a Buenos Aires y la gente se ríe, participa, se para, aplaude. En Uruguay se sientan con los brazos cruzados, como diciendo: “A verrr si este me hace reír”. Yo no hago un humor para la generalidad, lo hago desde la particularidad y que llegue a cinco o a veinte. Podés hacer material para caerles bien a todos, pero si lo hiciera, sentiría que no soy honesta con lo que pienso. Tampoco nos reímos de las tragedias. Woody Allen decía que tragedia más tiempo es comedia. Acá pasó toda la tragedia, el tiempo pasó, pero no terminamos en comedia. El único humor que hay acá es el del carnaval, que está lleno de clichés, que yo respeto pero muchas veces no comparto. Se ríe del estereotipo, es como Petinatti, que se ríe de la persona, no con la persona.