Nº 2206 - 29 de Diciembre de 2022 al 4 de Enero de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLamento importunar el fin de año con el recuerdo de la eliminación del Mundial. Lo que sucede es que allí se encuentra el meollo de un problema central de nuestra idiosincrasia y que va mucho más allá del fútbol. Son cuatro particularidades de nuestra manera de ser. Iremos viendo una a una, pero ya adelanto que son la nostalgia, la falsa humildad, la seguridad de solo reaccionar y el miedo a proponer.
Empecemos por el final. En las horas inmediatas a la eliminación surgieron las voces nostálgicas que reclamaban por la era Tabárez. Ese reflejo inmediato de añorar el pasado perdido nos hace mal como sociedad. Aclaración importante: el proceso Tabárez ha sido histórico para el país en términos futbolísticos e identitarios. Puso a la Selección en un nuevo nivel, conectado con lo mejor de nuestra historia. Su liderazgo marcó una impronta sobre la cual seguir creciendo. Es una pena que no haya tenido un final acorde. Ni él, ni las autoridades, ni el plantel supieron cerrar el ciclo como se merecía. ¿Por qué no lo supieron hacer? Porque en el fútbol, al igual que en todos los órdenes de la vida, nos cuesta aceptar y asumir el final de los procesos (de eso trataba en detalle una columna del Nº 2.146).
Aclarado esto, regreso al argumento: haber añorado la era Tabárez cuando sucede el primer traspié de la era Alonso es un típico reflejo de personas que están más cómodas rememorando el pasado que proyectando el futuro. Si fuera un puñado de gente, no sería grave, pero hace parte del ADN de una sociedad que añora la política de antes, los barrios de antes, los carnavales de antes, las costumbres de antes… La nostalgia es contagiosa y venenosa. Cada vez que aparece, hay que estar alerta para desactivarla. El mejor homenaje a la generación de Sudáfrica es proyectar una nueva.
Segunda cuestión: también en las horas inmediatas a la eliminación surgió con fuerza el complot de la FIFA contra Uruguay. Vivimos en esa ambigüedad de sabernos un pequeño país pero al mismo tiempo creer que somos tan importantes que hay que sacarnos de competición para así liberar el camino de los poderosos hacia el título.
Aclaración uno: considero que fuimos perjudicados por el arbitraje. Aclaración dos: no me molesta que los jugadores con la sangre caliente se le hayan ido encima al juez y ni siquiera que Cavani le pegue un piñazo al VAR. Ahora bien, vanagloriarme de eso y decir que es la reacción porque somos el objetivo que la FIFA quiere aniquilar me parece un razonamiento de arrogancia que nos perjudica. No somos tan importantes. No quedamos afuera por un acuerdo de los árbitros con la FIFA. No confundamos los errores arbitrales con la gran responsabilidad que tenemos en la manera de jugar.
Apuntar los dardos contra la FIFA es el mismo error que apuntar a la nostalgia: nos deja eximidos de toda responsabilidad con el presente y el futuro. También aquí a partir del fútbol tocamos un aspecto idiosincrático: hoy la FIFA, ayer fueron los yanquis imperialistas, el FMI, los comunistas, los hippies, los europeos, la Iglesia, Brasil y Argentina…, siempre hay alguien más poderoso que nosotros, que explica y es responsable de nuestros males. El argumento, aún en su razonabilidad, nos deja en un pantano de soberbia y complejo de inferioridad. Aunque más no sea como ejercicio, es mejor pensar que tenemos las riendas de nuestros aciertos y errores. Nadie, ni siquiera en el fútbol, nos considera tan peligrosos como para eliminarnos.
Vayamos a las otras dos cuestiones: la seguridad de solo reaccionar y el miedo a proponer. Estos dos problemas son la traba más significativa para el desarrollo de Uruguay. En el último Mundial se pusieron de manifiesto de modo cristalino.
¿Cuál fue el planteo de Alonso en los primeros dos partidos? Esperar. Asegurarse de no perder. No proponer sino reaccionar. Nos fue mal, entonces en el último partido había que ser proactivo. ¿Cómo nos fue? Bien. A la pregunta “¿por qué no fuimos proactivos en los dos primeros partidos?” viene la respuesta idiosincrática: en Uruguay es mejor no arriesgar, asegurar lo que hay por el miedo a perderlo, esperar a reaccionar en vez de proponer… Es un mal endémico que atraviesa partidos políticos, gobiernos, oposiciones, empresarios y académicos, deportistas y empleados públicos, artistas y comerciantes. Esperar, no hacer olas, asegurar, no arriesgar, conformarse, si no hay peligro, que todo siga como está.
En términos coloquiales: “Nos ponemos las pilas cuando tenemos el agua al cuello”. Alonso tenía el agua al cuello con las eliminatorias. Y ahí anduvo bien. Volvió a tener el agua al cuello en el último partido de la fase de grupos del mundial. Volvió a andar bien. En el medio de esos extremos: 180 minutos de fútbol sin proactividad, sin talento, sin gracia, sin riesgo. Medianía.
El Frente Amplio tenía el agua al cuello después de la elección de octubre de 2019. Recién ahí se puso las pilas. El gobierno asumió y la pandemia lo puso contra las cuerdas. Reaccionó muy bien, no había opción: agua al cuello. Ahora, que el virus está pero no nos pone en riesgo, se ha perdido esa capacidad de proponer. Se volvió reactivo y no proactivo. La mayor parte del tiempo se ocupa en responder en vez de proponer.
Uno podría contentarse diciendo: “Bueno, al menos cuando tenemos el agua el cuello los uruguayos sabemos reaccionar”. Es cierto, y está bien reconocer ese aspecto positivo. Pero en términos políticos y de proyección las preguntas más relevantes son otras. ¿Cómo cambiamos esa desidia que nos hace reaccionar solo ante la cuenta regresiva? ¿Cómo lograr una manera más virtuosa, arriesgada y entusiasmante del Uruguay? ¿Por qué somos tan timoratos al inicio (Corea y Portugal) cuando tenemos elementos para ser más audaces?
El miedo al error; la ilusión de seguridad que nos da el Estado, el razonamiento de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”, el complejo de ser exitoso, la arrogancia de autopercibirse humilde como un valor supremo, la lógica del mínimo esfuerzo, la falta de imaginación para plantear nuevos escenarios y ese problema humano del conformismo moldean la madeja que responde estas preguntas.
El último Mundial fue un espejo donde mirarnos. Allí quedó reflejado lo que nos frena pero también lo que nos puede impulsar: relacionarnos mejor con el éxito, la dignidad del esfuerzo, el entrenamiento contra la desidia, cultivar la virtud y las agallas para arriesgar, equivocarse, fallar, perder. También en eso Catar nos dio una lección: aprender a perder es la mejor manera de prepararse para ganar y volver a tomar impulso.