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Adiós al last man standing. Era el último de los grandes pioneros del rock ‘n’ roll que quedaba en pie. Por su fuerte personalidad en el escenario lo habían apodado The Killer. Fue un enorme cantante de rock and roll. Puro swing, pura seducción, pura energía. Una voz clara y potente, con el ataque suficiente como para poner en un segundo a una sala de baile en llamas. Una voz dulce, romántica y melódica como para hechizar en un segundo a mil parejas y dejarlas bailando abrazadas. Un pianista hecho y derecho que tuvo la osadía de faltarle el respeto al rey de los instrumentos, aporrearlo de mil modos, con manos y pies, tocar parado y hasta treparse encima de la caja y sacudir sus caderas allá arriba, sin perder jamás el pulso. Escandalizó a los tradicionalistas y electrizó a la juventud con sus interpretaciones estridentes e irresistibles. No en vano, a mediados de los años 50 se lo visualizaba como el principal candidato a destronar al Rey Elvis. Pero su vocación de auténtica estrella de rock se completó con un escándalo gigante, cuando se casó con su prima adolescente y se transformó en un pionero en conocer la cancelación, seis décadas antes de que ese término se pusiera de moda. La transgresión, la contradicción y la indignación en su máximo estado de pureza. Tanto que debió irse de su país y tuvo que esperar casi 30 para ser reconocido por sus logros fundacionales. Jerry Lee Lewis murió el viernes 28 a los 87 años y, finalmente, se apagaron todas las grandes bolas de fuego.
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Cantó innumerables temas populares de rock and roll, pero su nombre está escrito en piedra junto a Great Balls of Fire. Pocos músicos están identificados tan fuertemente con un tema como Lewis con esta oda al frenesí que comienza con la cuarteta perfecta del descontrol: You shake my nerves and you rattle my brain / Too much love drives a man insane / You broke my will, oh what a thrill / Goodness gracious great balls of fire.
Otro signo distintivo de Lewis es su sonido, notablemente definido por el piano, protagonista absoluto de buena parte de sus éxitos, como la mencionada Great Balls of Fire, Whole Lotta Shakin’ Goin’ On, High School Confidential y Breathless. Como varios de sus contemporáneos, encontró la química perfecta en la mezcla de rhythm and blues, country, blues, rockabilly y gospel, con el carisma escénico de los predicadores religiosos y el desparpajo y la tensión sexual exacerbada propios de su generación. Pero en su caso el encanto distintivo está en la armónica combinación entre la electricidad de la guitarra, la potencia de su voz y el expansivo sonido acústico del piano, que ocupa todo el espectro de frecuencias, desde las más graves, que marcan el ritmo, a las más agudas, ideales para los clásicos solos de piano que llevan al éxtasis a las masas.
Había nacido el 29 de setiembre de 1935 en un hogar humilde y fervientemente cristiano de Ferriday, en Luisiana. De hecho, era primo del famoso evangelista televisivo Jimmy Swaggart, que, como él, cayó en desgracia. Tocaba el piano desde los nueve años, cuando según la leyenda su padre hipotecó su casa para comprar un instrumento de madera, ébano y marfil. Como tantos músicos blancos, rápidamente visualizó que el camino acertado era imitar a los predicadores y músicos negros que tocaban en las tabernas marginales y pronto comenzó a destacarse en actos escolares y concursos de talentos. Y también como Elvis Presley fue catapultado por el legendario sello discográfico Sun Records, de Memphis, Tennessee, paraíso terrenal del rock and roll, donde nació buena parte de la música que cambió definitivamente el curso de la historia cultural en Occidente.
“Golpeó el piano con tal abandono que es un milagro que no se deshiciera. Es un hombre salvaje desafiante, imprudente e incansable que puede llevarte al olvido”, manifestó oficialmente el Salón de la Fama del Rock & Roll cuando lo incluyó en sus vitrinas, en 1986. Fue el último paso que permitió su regreso del ostracismo al que había sido enviado cuando la prensa británica descubrió, en 1958, que el rockero, entonces de 23 años, se había casado con su prima de 13, Myra Gale Brown, quien además era la hija de su bajista. De inmediato proliferaron acusaciones de todo tipo de abusos. Lewis cayó en desgracia y su carrera se truncó casi definitivamente, porque fue objeto de una fuerte condena social en ambas márgenes del Atlántico y de fuertes boicots comerciales. Su vida se cuenta en la película Bolas de fuego (Great Balls of Fire!, 1989), con Dennis Quaid y Winona Ryder. Aun así, con sus manos y pies cortados, siguió grabando temas y tuvo una segunda oleada de éxitos en el mundo del country (un ambiente más amigable con ese tipo de ancestrales prácticas endogámicas). Pero nunca pudo sacarse de encima el estigma. Ni siquiera con su muerte. Aquí estamos, recordando aquel episodio.
Murió en su casa, en paz, junto con su esposa Judith, aquejado de varias enfermedades. Según comunicó su familia, “En sus últimos días, dijo que le daba la bienvenida al más allá y que no tenía miedo”.