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    El laicismo en Uruguay

    Sr. Director:

    La semana anterior, en la edición del 29 de diciembre, fue publicada una carta de nuestra autoría comentando las expresiones del cardenal Sturla en la misa de Navidad en la catedral, sobre las que desearíamos no tener que volver a ahondar, abrigando la esperanza de que el Cardenal y la Iglesia modifiquen la actitud de confrontación que han tenido en los últimos tiempos con quienes sostenemos la defensa del principio de la laicidad y de la doctrina del laicismo.

    Como muchos uruguayos lo han hecho en estos días de inesperada confrontación, nos seguimos preguntando si estos renovados ataques contra el laicismo, por parte de la Iglesia, constituyen una expresión de reflejos paranoicos fuera de época, una apuesta a favor de la reconquista del espacio perdido al socaire de que el producto estrella de la laicidad, la educación pública, se encuentra con una notoria pérdida de calidad que ya dura medio siglo, o una estrategia de marketing para recuperar adeptos de los que la Iglesia ha visto partir de su seno en forma consistente, al menos en lo que va del siglo y aun desde bastante antes de que terminara el anterior. Quizás la razón de esta campaña contra el laicismo esté sustentada por una combinación de estos factores.

    En lo personal nos parece que, sin perjuicio de todas las posibilidades que manejamos más arriba, la Iglesia ha encontrado esta forma de denostar a la laicidad, no solo aquí en el Uruguay sino en otros países como Francia, México o España, porque es una manera más fácil de justificar la pérdida de adhesiones, que nos parece que responde a errores propios y a la falta de adaptación a los cambios sociales.

    Pero cualquiera sea la razón o el conjunto de razones, deseamos agregar, en adición a lo que ya hemos manifestado reiteradamente en defensa de la laicidad y el laicismo, un par de conceptos con el ánimo de ayudar a aclarar la situación que se ha venido planteando con el riesgo de agudizarse.

    En primer lugar, y en aras de contribuir a un acercamiento de partes, no tenemos inconveniente en aceptar que en algunos casos, particularmente en el siglo pasado, la defensa de la laicidad o del laicismo pudo adoptar actitudes fundamentalistas, rayanas en el ateísmo o el anticlericalismo, y cuando se dan estos enfrentamientos vuelven a surgir, en algunos sectores, aquellos viejos reflejos anticlericales. Aunque el verdadero laicismo no es ni ateo ni anticlerical como lo ha reconocido un destacado vocero oficioso de las posiciones de la Iglesia como es el doctor Ignacio de Posadas.

    Pero nos consta que muchos ateos o anticlericales, y no es nuestro caso de ninguna manera porque no encajamos en ninguna de esas dos categorías, se dicen solamente laicistas, y allí entreveran los tantos o ensucian la cancha, porque no tienen las agallas de confesar su ateísmo o anticlericalismo. Es como sabiamente decía Tarigo: “Yo soy anticomunista porque soy demócrata, pero no me digo demócrata porque soy anticomunista”.

    Pero llamar anticlericales o ateos a todos los laicistas para denostarlos, generalizando el término como si todos los laicistas fueran anticlericales o ateos, es como si a alguien se le ocurriera llamar pedófilos a todos los sacerdotes porque en los últimos años han salido a luz en el mundo centenares de sacerdotes, que sí lo son o lo han sido, como denunció, por ejemplo, “The Boston Globe” de los EEUU, cuya investigación fuera objeto de una taquillera película estrenada el pasado año.

    Y el segundo elemento que deseamos traer a colación se relaciona con la publicación en la misma edición de nuestra carta, de un artículo alusivo al mismo episodio de la catedral, en la columna de humor que firma habitualmente Kid Gragea. A los que no lo leyeron, les rogamos que lo hagan porque van a encontrar allí un excelente material y quizás la fórmula para poderles hacer entender a “esos sordos que no quieren oír”, cuál es el valor de la laicidad y del laicismo en el Uruguay, que están indisolublemente ligados con nuestra identidad nacional. Y al mismo tiempo hacemos votos para que nunca falte en el periodismo uruguayo alguien como Kid Gragea, que es capaz de ponerles humor a las situaciones más ríspidas y urticantes y al mismo tiempo transmitir siempre un mensaje esperanzador.

    En esta ocasión, con su fina pincelada satírica, nos muestra cómo, desde su imaginación —pero conociendo a los uruguayos, creemos que responde a la manera de sentir de nuestros compatriotas— se comporta la mayoría de la feligresía católica, y es por ello que el propio Cardenal instó a los presentes en la misa de gallo a quitarse el “balde laicista”.

    Las imaginadas respuestas que relata Kid Grajea nos hicieron pensar en aquel concepto kantiano de “comunidad espiritual” que tan cariñosamente manejaba el último caudillo blanco, Wilson Ferreira Aldunate, quien es hoy patrimonio del Uruguay todo, como lo son también, entre otros, José Batlle y Ordoñez, Aparicio Saravia, Luis Alberto de Herrera, Emilio Frugoni, Luis Batlle Berres, Liber Seregni y Jorge Batlle, cada cual en su dimensión personal y política. Y por cierto que Wilson no era ni ateo ni anticlerical ni batllista, sino blanco “como güeso ’e bagual” y católico practicante.

    Pero estamos convencidos de que para que se pudiera pensar, como él lo hizo con tanta agudeza y al mismo tiempo con tanto cariño, en una comunidad espiritual de los uruguayos, esa convivencia comunitaria de gente de todos los credos, orígenes, etnias e ideologías, que tanto prestigio le aportó al Uruguay en el concierto internacional, solo fue posible gracias al laicismo y a la laicidad.

    Porque una comunidad nacional en el espíritu, es decir, en el ejercicio con libertad de conciencia de cada vida espiritual individual, que se mancomune para lograr objetivos comunes, solo es posible en el marco del respeto y de la tolerancia que genera un Estado donde impere la laicidad, que mantiene el espacio público incontaminado de los dogmatismos que dividen para generar ese ambiente de armonía que une, amalgama, armoniza y ha hecho de nuestro pequeño gran país un mejor lugar de convivencia para todos los que creen en alguna religión o corriente espiritual y los que no creen en nada, si así se los dicta su conciencia libremente expresada, sin tutores y sin catecismos fundamentalistas.

    Por todas esas razones es que la mayoría de los uruguayos han optado o van a optar por seguir usando el “balde laicista”, a pesar de las recomendaciones del Cardenal.

    Y, reiterando lo que decíamos en nuestra carta de la semana anterior, creemos que la Iglesia uruguaya debería dedicar su inteligencia y su energía a ayudar a encauzar todas las avenidas que conducen a esa fuerza creadora, “a la que no tenemos ningún inconveniente en llamar Dios, en procura de reforzar la vida espiritual de todos nuestros compatriotas, tanto los que practican una religión y creen en Dios como los que no lo hacen y no creen, porque todos compartimos esta peripecia vital y somos hermanos provenientes de un mismo origen…”.

    Son muchos los temas a solucionar entre todos manteniendo viva esa “comunidad espiritual”, y no podemos seguir perdiendo el tiempo en aquellas cosas que pueden llegar a dividirnos, sino que debemos fortalecer los espíritus para recobrar los alicaídos valores, sin importarnos la fe religiosa que algunos puedan profesar o el agnosticismo o ateísmo de otros para concentrarnos en las soluciones para todos esos compatriotas que esperan un nuevo tiempo por venir.

    Y en esa acción renovada de todos los uruguayos la Iglesia católica y otras instituciones de tradicional arraigo en el país deberían sumar esfuerzos para que el año 2017 que acaba de comenzar nos lleve a reencontrarnos en la unidad de esa comunidad del espíritu para poder llevar a todos los hogares, y particularmente a aquellos más carenciados, las respuestas que nos ayuden a renovar la esperanza en un futuro mejor.

    Gastón Pioli

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