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Cuando nació hace cien años, el 31 de marzo de 1914, retumbaban las balas de la revolución mexicana, y le zumbaban muy cerca, porque dentro de su familia convivían representantes de los dos bandos en disputa. El abuelo paterno, Ireneo Paz, fue un liberal, intelectual y novelista que peleó en las filas de Porfirio Díaz, mientras que su padre, Octavio Paz Solórzano, fue un escribano y abogado de la oposición liderada por Emiliano Zapata que participó en la reforma agraria instaurada por la revolución.
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En ese fuego cruzado nació un niño que se llamó Octavio, como su padre, quien con los años resumió en un poema (“Intermitencias del oeste”) los recuerdos de su infancia: “Mi abuelo, al tomar el café, me habla de Juárez y de Porfirio, los zuavos y los plateados. Y el mantel olía a pólvora. Mi padre, al tomar la copa, me habla de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón. Y el mantel olía a pólvora. Yo me quedo callado, ¿de quién podría hablar?”.
Octavio Paz había nacido en un poblado llamado Mixcoac, donde “solo la higuera señalaba los cambios del año”, hoy integrado a Ciudad de México. A los dos años partió con su familia a Estados Unidos, donde su padre era representante de Zapata. Al regresar a México en 1920, fue criado por su madre, su tía y su abuelo Irineo, de quien heredó el amor por la literatura. En varias entrevistas, Paz recordó el hogar de su infancia sin demasiadas riquezas, pero con libros que “sostenían la casa”.
Probablemente de su padre haya heredado el espíritu agitador e inconformista que volcó en sus obras. Pero del recuerdo de aquel hombre que estuvo siempre ausente por sus actividades, primero revolucionarias y luego parlamentarias, se originaron versos amargos, como los de este poema que habla de su muerte accidental, producto del alcoholismo: “Del vómito a la sed, atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo una tarde juntamos sus pedazos”.
De ese origen surgió uno de los poetas y ensayistas más relevantes del siglo XX. Octavio Paz no solo renovó la lírica en la poesía hispanoamericana, sino que dejó su impronta intelectual en una enorme producción ensayística, de sorprendente vigencia, que habla de la condición humana a través de la identidad mexicana.
Además de escritor, fue traductor, editor de revistas literarias y políticas (“Taller”, “El hijo pródigo”, “Vuelta”) y un diplomático y hombre político que nunca se embanderó con ideologías: “Lo que a mí me parece inaceptable es que un escritor o un intelectual se someta a un partido o a una iglesia”, contestó en 1975 en una entrevista.
Con esa filosofía se solidarizó con los republicanos durante la guerra civil española y asistió al Congreso Antifascista como representante de su país. Allí conoció a poetas españoles y latinoamericanos que influirían ideológicamente en su obra juvenil, entre ellos Pablo Neruda, de quien se alejó con los años por discrepancias ideológicas: “Lo admiraste, lo quisiste y lo combatiste. Fue tu enemigo más querido”, escribió el poeta sobre esa amistad.
A Paz le ocurrió lo mismo que a George Orwell, el escritor inglés que también fue combatiente en la guerra civil española: ambos fueron testigos de la represión comunista contra anarquistas y miembros del Partido Obrero de Unificación Marxista, y se desilusionaron de la izquierda.
A partir de esa experiencia, Paz comenzó a denunciar al régimen soviético y a los crímenes de Stalin. “El marxismo ha sido contradictoriamente un pensamiento crítico y una ortodoxia. En la segunda mitad del siglo XX ha dejado de ser crítico y se ha convertido en un dogmatismo pseudorreligioso. Nos ayudó a pensar libremente y hoy es un obstáculo que impide la libertad del pensamiento”, dijo en una entrevista de 1979, publicada en su libro “Hombres en su siglo”.
Por su postura antisoviética, Paz siempre tuvo “mala prensa” entre la izquierda latinoamericana. Él mismo lo explica en un prólogo a sus obras completas, publicado en 1993: “En México, antes, había sido visto con sospecha y recelo; desde entonces, la desconfianza empezó a transformarse en enemistad más y más abierta e intensa. Pero en aquellos días (década de los 50) yo no me imaginaba que los vituperios iban a acompañarme años y años, hasta ahora” .
Con la influencia del socialista francés León Blum, quien proclamaba “ni con la izquierda, ni con la derecha”, participó de la “Revista mexicana de literatura” que se fundó en 1955. Allí escribió hasta que en 1962 fue designado embajador de México en la India. Los movimientos de 1968 lo encontraron en ese cargo, y fue en Nueva Delhi que se enteró de la masacre a estudiantes en Tlatelolco, ocurrida el 2 de octubre, mientras se celebraban los Juegos Olímpicos. Como protesta, Paz renunció a su cargo de embajador y marcó distancia con el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
Desde entonces, su espíritu crítico y sus análisis políticos fueron señalando los defectos de los sistemas políticos, sobre todo en América Latina: “El liberalismo, el positivismo y ahora el marxismo-leninismo han sido acogidos por los intelectuales latinoamericanos como recetas abstractas; ninguna de estas doctrinas ha sido repensada por y para los latinoamericanos. El caudillismo —herencia española y árabe— ha sido fortalecido por el militarismo y el populismo”, explicó en la entrevista de 1979.
En sus últimos años, Paz fue cuestionado por apoyar a las administraciones de Salinas de Gortari, acusado de varias ilegalidades, y más tarde a Ernesto Zedillo, en cuya Presidencia ocurrió la crisis económica llamada “efecto tequila”. “El hombre no tiene porvenir en el colectivismo de los Estados burocráticos ni en la sociedad de masas creada por el capitalismo”, había dicho muchos años antes Paz, y la historia le confirmó su pronóstico.
Libertad bajo palabra
Es difícil definir la obra poética de un escritor que atravesó varias experiencias literarias. En el inicio recibió la influencia de los poetas románticos españoles, como Bécquer y Zorrilla, y también de los modernistas mexicanos. Pero se lo ha calificado como poeta neomodernista, existencial y surrealista, y tal vez su obra haya tenido algo de cada una de estas corrientes. Él afirmaba que se inició como poeta porque tenía algo para decir y no sabía cómo. “Para mí la poesía y el pensamiento son un sistema de vasos comunicantes. La fuente de ambos es mi vida; escribo sobre lo que he vivido y vivo”.
Los fundamentos de su arte poética aparecen en su ensayo “El arco y la lira” (1956), pero también se desgranan en varias entrevistas y escritos. Reconocía la influencia de los surrealistas, con quienes había hecho amistad en los años 40, porque “en esa época estaban más cerca de los libertarios”. Pero lo cierto es que sus versos cargados de imágenes y reflexiones no se pueden encasillar: “Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la muerte que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. (...) Contra el silencio y el bullicio invento la palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día”, dicen los versos de su libro de poemas “Libertad bajo palabra”, de 1960.
Sobre la libertad fue el discurso que dio Paz al recibir el Premio Cervantes en 1981. En esa ocasión habló de los peligros de convertirla en un absoluto que la transforma en despotismo. Y habló de Cervantes, el escritor con quien “comienza la crítica de los absolutos: comienza la libertad. (...) Cervantes sonríe: aprender a ser libres es aprender a sonreír”.
En ese momento su obra poética y ensayísitca era voluminosa. Había escrito los ensayos “Cuadrivio”, “El signo y el garabato”, “Los hijos del limo”, “El ogro filantrópico” y, por supuesto, el ensayo fundacional: “El laberinto de la soledad”, en 1950 (ver recuadro). Al año siguiente de ganar el Cervantes, escribió otro de sus ensayos emblemáticos: “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”.
En 1990 Paz fue el primer escritor mexicano en ganar el Premio Nobel de Literatura, y al recibirlo ofreció un discurso alejado de lo político y de lo literario, más cercano a lo “cósmico”, y muy en la línea de su última poesía, algo esotérica: “Somos un eslabón de ‘la cadena del ser’ como llamaban los antiguos filósofos al universo. Uno de los gestos más antiguos del hombre, un gesto que, desde el comienzo, repetimos diariamente es alzar la cabeza y contemplar, con asombro, el cielo estrellado. Casi siempre esa contemplación termina con un sentimiento de fraternidad con el universo”.
En sus últimos años, vivía en una casa que le había otorgado el gobierno de México, porque la suya se había destruido en un incendio, que también destruyó su biblioteca. Había tenido tres esposas y una hija, que murió el 30 de marzo de 2014. Octavio Paz falleció el 19 de abril de 1998, seguramente, como buen mexicano, sin miedo a la muerte, porque “la vida nos ha curado de espanto”.