Nº 2177 - 9 al 15 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Quién no ha experimentado la horrible sensación de “tragame, tierra”? Dicen que la vergüenza es un sentimiento adaptativo, un mecanismo que nos protege señalándonos lo adecuado o inadecuado dentro de un grupo social, algo así como una guía que facilita nuestra integración y aceptación en la sociedad.
Pero ¿y si además estuvieran abusando, lucrando con nuestra humillación?
Una publicidad difundida en Estados Unidos en los 50 convenció a muchas mujeres de que sus maridos podrían abandonarlas debido al olor de su vagina. La empresa Lehn & Fink, fabricante de un desinfectante para limpiar baños, introdujo ese temor para finalmente anunciar que su producto también podía utilizarse para lavar el canal vaginal, eliminar cualquier tipo de olor inconveniente y de esa forma… conservar a sus maridos. El anuncio también decía, textualmente: llega profundamente a todos los pliegues. El problema fue, precisamente, que sí llegaba a todos los pliegues y que contenía metilfenol, una sustancia tóxica que produce quemaduras especialmente graves en las mucosas. Así muchas mujeres, empujadas por el pensamiento de que su vagina era algo así como un caño sucio que había que limpiar, se infligieron heridas graves. Insólitamente, no hubo denuncias. ¿Por qué no hubo denuncias contra Lehn & Fink? Porque las afectadas no quisieron dar a conocer sus casos, en un claro ejemplo de que la humillación funciona en todas las direcciones: se la explota eficaz e impunemente para vender un producto fraudulento y se la vuelve a utilizar impune y eficazmente para tapar las consecuencias del fraude.
La vergüenza también es explotada para producir sentimientos de culpa por no ser de tal o cual manera: se nos insta a que disimulemos la edad, a que reduzcamos los kilos, a que hagamos desaparecer las carnes fofas, hasta a cambiar determinado color de piel. En definitiva, se nos impulsa a que aparentemos ser otra persona inflándonos de juventud el rostro, haciéndonos cirugías que rellenan o vacían partes de nuestro cuerpo, practicando ejercicios agotadores o hasta usando filtros fotográficos que nos transforman.
La matemática estadounidense Cathy O’Neil, autora del ensayo Máquina de la vergüenza: ¿quién se beneficia en la nueva era de la humillación?, señala este sofisticado mecanismo para lucrar. Solo en Estados Unidos habría un gasto de US$ 40.000 millones en suplementos para la salud y para conservar la masculinidad o la feminidad. En los últimos 20 años la oferta se ha multiplicado 10 veces, y hoy hay unos 50.000 productos para evitar que pasemos vergüenza con nuestra fealdad, con nuestras enfermedades, con nuestros olores o vejez, todos aspectos que terminamos odiando en nosotros mismos.
Se sabe que el del sobrepeso es de los negocios más redituables que utiliza la vergüenza: dietas, pastillas, cremas adelgazantes, alimentos milagrosos, gimnasios, cirugías. En Estados Unidos mueve US$ 72.000 millones anuales, y para no solucionar nada: hay más de 100 millones de estadounidenses a dieta y la tasa de obesidad se sitúa en el 42 % de la población. Lo mismo se puede decir de la inmensa ganancia que genera la vejez y sus presuntos paliativos.
Aunque el sobrepeso puede ser algo que va y viene a lo largo de la vida, el envejecimiento es un camino sin vuelta atrás y, para O’Neil, el hecho de haberlo transformado en algo vergonzoso sería una forma de autodesprecio: odiamos aquello en lo que nos convertiremos. La empresa Quincy Bioscience, creadora del medicamento Prevagen, recurrió a la humillación en su marketing de venta de pastillas, que supuestamente evitaban las pérdidas de memoria o hacían recuperar la agilidad mental. Su eslogan era: “Prevagen le devolverá la proteína perdida para que pueda recuperar su dignidad”. En los spots de televisión se mostraba a ancianos avergonzados por no recordar nombres o datos.
De más está decir que nada de esto es gratis desde el punto de vista de la salud mental y que toda esa publicidad que nos culpa por ser gordos o viejos o feos hace mella tanto en los individuos como en la sociedad. O’Neil pone el ejemplo de su propia experiencia, una adolescente gorda que evitaba ir al gimnasio porque le daba vergüenza mostrar su cuerpo y, como no se ejercitaba, seguía subiendo de peso. Las personas sufren consecuencias psicológicas que pueden pasar desapercibidas para su entorno, pero que marcan su personalidad, denuncia la autora. “Así es como la vergüenza coloniza nuestras vidas”.
Otro tipo de vergüenza o la misma es la que permitió a una empresa humillar y transferir la culpa a quienes ha perjudicado. El Oxycontin, un opiáceo para el dolor crónico creado por la compañía farmacéutica Purdue Pharma, logró la aprobación del gobierno de Estados Unidos a pesar de las señales de alarma sobre el potencial adictivo de su medicamento. Así produjo millones en beneficios y también millones de adictos. Sin embargo, su presidente, Richard Sackler, dijo que quienes se volvían adictos al Oxycontin eran “débiles y criminales”, y acusó a quienes lo consumían de ser “personas sin fuerza de voluntad ni espíritu de sacrificio”. Respecto a su propia codicia, violín en bolsa.
Tal vez ya sea el momento de cambiar las percepciones sobre lo que somos, de dimensionar la inutilidad o hasta lo patológico de odiar nuestra propia forma de ser. Es hora de pensar que no son los rollos de grasa ni las arrugas de los ojos ni una nariz torcida lo que debería quitarnos el sueño, sino el abuso, los mecanismos perversos que nos culpabilizan por exhibirlos. Llevo una vida escuchando hablar sobre la importancia de aceptarse a sí mismo y no hemos avanzado ni un centímetro en esa dirección: la máquina de humillar sigue pasándonos por encima, haciéndonos sentir pudor de ser quienes somos. Y así será mientras no tomemos conciencia de que la vergüenza es una herramienta que nos manipula para generar beneficios económicos, políticos y sociales, mientras no tomemos conciencia de que los que hoy nos quieren vender el extintor son los mismos que incendiaron la pradera.