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    El ocaso del kirchnerismo

    N° 1931 - 17 al 23 de Agosto de 2017

    Para muchos compatriotas resulta “incomprensible” que un tercio de los votantes de la provincia de Buenos Aires sigan dando su voto a la expresidente argentina Cristina Fernández, un respaldo que parece asegurarle una banca en el Senado en las legislativas de octubre. Pero también expuso en toda su dimensión el debilitamiento del proyecto político que en su condición de viuda encabeza, y que su difunto esposo comenzó a edificar desde el poder en 1991 en Santa Cruz.

    En su empeño por convertirse en alternativa al macrismo con vistas a la elección presidencial de 2019, en esta etapa de Unidad Ciudadana, ni siquiera pudo encolumnar tras de sí al variopinto espacio político-sindical que siempre ha marchado tras las banderas y la foto de Perón.

    A la luz de los resultados electorales —muchos de los caudillos provinciales peronistas han sufrido también derrotas o han tenido pobres votaciones— se despiertan dudas sobre el futuro de otras vertientes justicialistas y abre un proceso de renovación en filas justicialistas.

     Por todo ello, analistas argentinos coinciden en afirmar que las expectativas de un futuro retorno al poder del kirchnerismo quedaron sepultadas el domingo.

    Aun así, a muchos uruguayos, impactados por el grado de corrupción y de autoritarismo del régimen kirchnerista, les sigue resultando “incomprensible” ese apoyo que más de un tercio de los electores bonaerenses dieron a una candidata que, se sabe incontrovertiblemente, se ha enriquecido en los años en que su difunto esposo y luego ella ejercieron las más altas responsabilidades políticas del país.

    Siguen frescas las imágenes televisivas que registraron en una madrugada el intento del segundo del exministro De Vido tirando por encima del muro de un convento bolsos para tratar de esconder nueve millones de dólares, o las que mostraban cómo contaban el dinero en La Rosadita, la financiera del “empresario K” Lázaro Báez.  Pero además porque siguen siendo noticia las comparecencias judiciales de Cristina y de otros gobernantes y personajes aprovechados.

    Aun así, como todo lo que en política luce incomprensible, en el fondo siempre tiene una explicación.

    Vale la pena hacer un paréntesis para narrar una anécdota vivida la noche previa a la elección presidencial de 1971 que ganó por muy poco Juan M. Bordaberry. Durante una cena con colegas de una publicación argentina llegados para cubrir el acto electoral uruguayo, uno de los visitantes, fotógrafo de profesión, comentó que le resultaba incomprensible escuchar que el pachequismo, que él consideraba política e ideológicamente nefasto, podría ganar la elección. Ante su comentario, uno de los comensales uruguayos, amigo personal y votante de Michelini, le dio una respuesta bien clara. “Sabés lo que pasa, no podés entenderlo porque en tu país la elección es muy sencilla. Solo votan los tres comandantes”. Por entonces, Argentina era gobernada por el general Alejandro Lanusse, el tercero de los presidentes militares que siguió al derrocamiento del presidente Arturo Illía (1966). Lanusse fue precedido por Juan Carlos Onganía y Roberto Levingston, destituidos ambos por sendos “pronunciamientos” castrenses.

    La improvisada respuesta, entre irónica y canchera, pretendía explicar las a veces “ilógicas”, pero siempre explicables, razones de liderazgos carismáticos. O de aquellos ocasionales, solo explicables por circunstancias excepcionales.

    En alguna medida eso fue lo que ocurrió con Pacheco Areco aquí y con los Kirchner, emergentes desde Santa Cruz, cubriendo un vacío de poder político tras las masivas protestas populares del fin de “la convertibilidad” y las protestas populares que siguieron al grito: “Que se vayan todos”.

    Como se esperaba, el fuerte del “cristinismo” estuvo en la “tercera sección” de la provincia, en el municipio de La Matanza, el partido más extenso y poblado de Buenos Aires. Histórico feudo del peronismo. Una zona identificada genéricamente con la pobreza estructural y la marginalidad que incluye más de un centenar de extensas villas y asentamientos. Calles de tierra, carencia de saneamiento, precarios servicios de transporte, electricidad, agua potable, educación, salud, etc. Una población que sobrevive en gran medida gracias a los planes de asistencia estatales, al trabajo informal y todo tipo de changas, así como por el aporte de actividades marginales y el narcotráfico.

    Vulnerabilidad y dependencia que durante años han explotado “punteros” (caudillos locales) peronistas, intermediarios en la prestación de servicios y favores financiados por el Estado.

    Situación que genera dependencia de quienes se sienten débiles hacia los “punteros”. Estos, intermediarios de favores y beneficios, son transmisores desde hace una década, por convicción o interés personal,  del “relato” kirchnerista.

    Para quienes su principal preocupación radica en sobrevivir cada día, la tradición peronista, su dependencia del asistencialismo estatal, el “relato” kirchnerista que demoniza la economía de mercado y todo lo reduce a una lucha de poderosos que explotan a los pobres, no parece haber motivos para levantar la mira y advertir que en estos doce años los “gobiernos K” tuvieron a su disposición —y de­saprovecharon— cuantiosos recursos para realizar obras de infraestructura y mejorar la calidad de los servicios estatales en esa populosa zona. Para citar a Jorge Cafrune en las Coplas del Payador Perseguido: “Le juro, créamelo, que hay tanta pobreza, que yo pensé con tristeza, Dios por aquí no pasó”.

    Para quienes se sienten vulnerables y dependientes, quienes viven en esa pobreza estructural, los temas de la corrupción, autoritarismo, la definición de políticas públicas, la vigencia del Estado de derecho, no son motivo de preocupación mientras “a mí me llegue” la asistencia del Estado.

    En ese electorado, la sola mención de que el actual gobierno de Macri podría cortar esa asistencia es causa suficiente para votar por quienes creen que sí defienden sus causas e intereses. El clientelismo les vuelve rehenes políticos de quienes sienten que son sus “benefactores”.

    Estos sectores sociales son, por otra parte, quienes más han sido golpeados por los inevitables ajustes que el actual gobierno debió hacer en estos dos años para evitar el colapso de la economía.

    Ahora bien, aun así, siendo su candidatura mayoritaria en La Matanza, la expresidenta tuvo una votación menor a la que en ese partido recibieron hace dos años tanto Scioli como Aníbal Fernández.

    La mejor medida de que el cristinismo ingresó en una fase declinante, la da el hecho de que en lo nacional la suma de los votos de Unidad Ciudadana y sus aliados provinciales se situó en torno a 20%.

    En octubre, Cristina seguramente ganará una banca en el Senado que le dará fueros para eludir, al menos por un tiempo, las diferentes causas judiciales que se siguen en su contra.

    El resultado de la elección sugiere también que, al menos en esta ocasión, no fue la economía sino la política lo que más pesó y decidió el voto de los argentinos.

    Por ello, afirmar a partir de estos resultados que el 60% de los argentinos no comparten la política “neoliberal” de Macri, como acaba de sostenerlo un diputado socialista desde su burbuja ideológica, no pasa de ser propaganda barata.