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    El once, tango mortal

    N° 2054 - 09 al 15 de Enero de 2020

    Corría la madrugada del 21 de setiembre de 1924.

    En el hospital Piñero de Buenos Aires, el administrador, de apellido Bonnet, dormitaba en un sillón de su despacho cuando, por una ventana, se introdujeron cuatro personas cubiertas por sábanas blancas, a los gritos y portando armas de juguete. Bonnet se despertó sobresaltado, y aún en medio de la confusión tomó un revólver de su escritorio y disparó contra quienes creyó intentaban asaltarlo: el destino quiso que matara a Ernesto Wellington O’Farrell.

    Una insólita tragedia —ya se verá— que involucró al tango y, particularmente, a uno tocado por primera vez aquella noche.

    O’Farrell era uno de los estudiantes de medicina que hacían su pasantía en el Piñero y que, como los de otros hospitales porteños de aquel tiempo, organizaban en la misma fecha los llamados “bailes del internado”: los futuros médicos cerraban varias salas de cada nosocomio y festejaban el cierre de curso disfrazándose y bailando la música de moda, incluso con presencia de orquestas profesionales a las que contrataban ventajosamente porque les exigían estrenar un tango.

    Se iniciaron en 1913, como copia de una tradición francesa que celebraba de modo parecido “El día del estudiante”.

    Pero esa madrugada, y aunque eran habituales ciertas bromas groseras, incluso tomando partes de cadáveres de la morgue y corriendo con ellas colgadas de un palo, un pequeño grupo tuvo la mala idea de “darle un susto” al severo Bonnet causando, sin quererlo, la fatalidad relatada.

    Fue el último “baile del internado”, el número once.

    La orquesta invitada esa noche fue la de Osvaldo Fresedo y vale recordar el testimonio del músico:

    —Para ser franco, llevamos un tema nuevo sin armar: lo único original, ¡y mirá cómo terminó todo!, fue el nombre; lo bauticé El once porque era el número de bailes hechos hasta ese momento. Recuerdo haberle dicho a los muchachos, y sobre todo a Rizzutti, que era el primer bandoneón: “Por favor, en La mayor, síganme, que yo voy a improvisar…”. Salió bastante bien y hubo bises… Quién iba a imaginar lo que pasaría poco después…

    Es oportuno recordar también que, en bailes anteriores, habían actuado Francisco Canaro, que estrenó Matasano, aunque por ser la primera de tales fiestas se hizo en el Palais de Glace, y luego, esta vez sí en un hospital, El internado; y siguieron Roberto Firpo con El bisturí, Vicente Greco con El anatomista, José Martínez con El termómetro, Augusto Berto con La biblioteca, el propio Fresedo con Amoníaco y Ricardo Brignolo con El octavo, El noveno y El décimo, cuando ya era evidente que se apagaba con rapidez la inspiración de los creadores para dar título a sus tangos.

    Sin embargo, El once, más allá de su descuidada creación, hechas algunas correcciones por el autor, alcanzó una vida propia y una popularidad mayor que los otros. Incluso, con una letra añadida por Emilio Fresedo, hermano de Osvaldo —y que muy pocos conocen—, Carlos Gardel lo grabó en 1925:

    “No deje que sus penas / se vayan al viento, / porque serán ajenas / al que oye lo cierto. / No espere que una mano / le afloje el dolor, / sólo le dirán “pobre” / y después, se acabó…/ (…) Si busca consuelo no vaya a llorar, / aprenda a ser fuerte y mate el pesar, / sonría llevando a su boca el licor /, y que baile su alma esperando un amor.”

    Hay que aclarar que Emilio Fresedo no era entonces letrista, sino violinista. El once fue su primera experiencia poética. Y aunque parezca increíble, resultó tan estimulante para él, que siguió escribiendo y abandonó su instrumento en un ropero, como la recordada guitarra de Mi noche triste.

    Más adelante, las placas del “tango trágico” se multiplicaron.

    El propio Fresedo batió récords llevándolo al disco en siete oportunidades, en versiones instrumentales, entre 1924 y 1979, salvo dos excepciones cantadas: en 1931 con Teófilo Ibáñez y en 1935 con Roberto Ray. Pero El once fue grabado también por Roberto Firpo, el Quinteto Pirincho, Juan D’Arienzo, Alfredo De Angelis, Carlos Di Sarli —quien hizo tres versiones con arreglos diferentes—, Carlos García, Atilio Stampone y José García y sus Zorros Grises.

    En la actualidad, pensando solo en adictos a la música ciudadana, El once es virtualmente una pieza arqueológica —de buena calidad para su época— con una historia que parece extraída de una novela de terror de Stephen King, donde el autor hubiese gozado especialmente su amor por el humor negro.