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En los primeros días de marzo de 1993 la mayoría de los comercios de venta directa al público ya mostraban los precios de los productos expresados en el peso uruguayo que nacía por entonces —con tres ceros menos que el nuevo peso que había circulado desde 1975—, pero algunas grandes superficies demoraron algunas semanas en introducir el cambio. La población y las empresas se fueron adaptando poco a poco al entonces flamante signo monetario, que por estos días cumple 20 años.
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A fines de enero hay en la plaza dinero en efectivo por $ 48.791 millones. Ese importe es la suma del valor facial de los 117.952.613 billetes y de las 476.587.931 monedas que estaban en circulación, según datos del Banco Central (BCU) proporcionados a Búsqueda.
El billete de $ 1.000 es el que está disponible en mayor cantidad: había 33.997.771.
Entre las monedas, la de $ 1 es la que hay más; en enero había 227.697.759.
El origen.
El nacimiento del actual signo monetario se produjo en años en que la inflación era galopante en Uruguay. En 1990 el alza de los precios minoristas había sido de 129%, pero se moderó en los años siguientes como consecuencia de un plan de estabilización que utilizó el dólar como “ancla”. El cambio de signo había sido aprobado por la ley de Presupuesto de 1990 y el BCU se propuso ejecutarlo cuando el alza de precios fuera de un dígito. La dificultad de bajar la inflación a ese nivel (lo que se consiguió recién en 1998) y la complejidad operativa que suponían los ceros del nuevo peso para manejar operaciones por montos altos, llevaron a adelantar la sustitución monetaria.
Poder de compra.
El nuevo peso “murió” víctima de “una cruel enfermedad: la inflación”, escribió el economista Javier de Haedo en una columna publicada en Búsqueda en la semana en que entró en vigencia el peso uruguayo. Allí planteaba que el nacimiento se produjo “en un contexto no muy diferente al que acompañó la vida de su antecesor” y puso en duda que los políticos estuvieran verdaderamente descontentos con los niveles inflacionarios de entonces. “Es decir que el contexto en que nació el $, no le augura una mayor ni una mejor vida que la que tuvo el N$. Y siendo esto así, cabe reflexionar acerca de si no convendría desearle una breve existencia, con vistas a su definitiva sustitución por una moneda extranjera fuerte, como por ejemplo el dólar de los Estados Unidos”, afirmaba.
Aunque sin la virulencia que tenía la inflación dos décadas atrás, esta enfermedad sigue afectando al peso uruguayo. Una suba generalizada y relativamente significativa de los precios de los bienes y servicios es lo mismo que una pérdida de poder de compra de la moneda.
Sin grandes cambios, la inflación en lapsos de doce meses ha estado últimamente algo por debajo de 9%, según el Instituto Nacional de Estadística.
La pérdida de poder adquisitivo de los pesos ocasionada por la inflación se hizo menos perceptible para los asalariados en la medida en que sus sueldos nominales tuvieron incrementos superiores al alza de los precios al consumo.
Ayer miércoles, el BCU resolvió una suba de encajes como medida antiinflacionaria (ver nota en pág. 25).
Frente al dólar, en su origen el peso uruguayo perdió valor en forma controlada en el marco de un esquema de “banda de flotación” para la cotización de dicha divisa que rigió hasta 2002. Desde entonces el tipo de cambio —y su contracara, el valor del peso en términos de dólares— surge del libre juego de la oferta y la demanda.
Por las dificultades que atraviesa la economía de Estados Unidos desde fines de la década pasada, y la afluencia de dólares a Uruguay, la moneda nacional se valorizó en los últimos años ante esa divisa. El 2013 lo arrancó con relativa estabilidad, pero esta semana volvió a subir ligeramente: un peso vale poco más de cinco centavos de dólar y un dólar algo menos de $ 19,1 entre bancos.