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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl tema de la eutanasia insiste en permanecer entre nosotros y en suscitar opiniones encontradas. A esta altura el término ha sido utilizado en tan variados contextos que su significado original se ha visto bastardeado. De lo que estoy hablando es, en realidad, del llamado suicidio asistido. Esto es, con asistencia médica profesional.
Recientemente, dos columnistas del diario El País han opinado al respecto. El 18 de mayo, Álvaro Ahunchain comentó la conferencia en que el Dr. Theo A. Boer, experto holandés en bioética, invitado por la organización Prudencia Uruguay, se pronunció en contra del proyecto radicado en nuestro Parlamento a propósito del tema. Desde 1997 Boer tiene un doctorado PhD (de ahí lo de Dr.) en Teología por la Universidad de Utrecht y desde 2007 fue disertante de Ética en la Universidad de Teología Protestante de la misma ciudad. Su formación bioética está enmarcada en un trasfondo religioso cristiano y es un activo miembro de la Iglesia protestante de Holanda (toda esta información es corroborable en la página de Internet perteneciente a la organización cristiana Centro para Bioética y Dignidad Humana). Nada de esto invalida las opiniones del Dr. Boer, quien se encuentra más que justificado por su trayectoria para opinar al respecto. En relación con dicha trayectoria Ahunchain indica que quienes no somos expertos en bioética o en paliativismo médico deberíamos guardar silencio. No puedo sino disentir y evocar aquí al ex primer ministro francés Georges Clemenceau, quien acuñó la famosa frase: “La guerra es algo demasiado grave como para dejársela a los generales”.
El 28 de mayo, Danilo Arbilla, en una columna de gran intimidad y extremo candor, nos cuenta sobre el tiempo final de su padre, afectado por una enfermedad terminal. Este relato es particularmente valioso porque no trata de una situación de sufrimiento doloroso extremo y ni siquiera es un ejemplo de suicidio médicamente asistido. La clave está dada en las frases finales del texto de Arbilla: “Creo que hicimos lo correcto. Pero, si en algún momento papá nos hubiera dicho que prefería no seguir viviendo, que la espera lo angustiaba, que sufría por ello, o por cualquiera otra razón válida para él, no hubiera tenido ninguna duda, ninguna, y le habría dicho al médico que procediera. Era su vida. Con qué derecho yo podría haberle dicho: ‘Lo siento, tenés que seguir viviendo, te guste o no’. Ni a papá, ni a nadie”.
Y en esto se resume el quid de toda la cuestión, que algunos no quieren terminar de entender. Mientras quienes se oponen al suicidio asistido por profesionales médicos quieren imponer su criterio a la totalidad de la población, estamos quienes consideramos adecuado su ejercicio únicamente cuando se den condiciones que deben ser muy claramente explicitadas y solo cuando el sujeto —que es el centro exclusivo de tal situación— lo solicite explícitamente más de una vez y con separación de días. Esto involucra solo a la persona en cuestión y, a diferencia de quienes objetan esta alternativa, a nadie más obliga. No obliga a profesionales médicos que mantienen su derecho a la objeción de conciencia ni, mucho menos, a otros seres humanos que pudieran encontrarse en una situación comparable. Se dirá que el problema de la llamada “pendiente resbalosa” se hará presente. Se dirá que un ejercicio laxo puede llevar a eutanasias cuya aceptación fue arrancada por familiares interesados en acortar costos de tratamiento. Se dirá que la decisión de recurrir a la eutanasia es siempre expresión de depresión. Se dirá, en un giro grotesco y malicioso, que esto es lo que hacían los nazis con aquellos que consideraban desechables. Todo esto puede y debe ser contemplado por una reglamentación ordenada y detallada. Lo que no puede ser es que, dadas las dificultades para definir el contexto en que alguien pueda acceder al suicidio asistido, se tome la fácil resolución de eliminarlo de un plumazo de toda consideración por parte de quienes han sido elegidos legisladores. Nada de esto escatima, ni un mínimo, la oferta de cuidados paliativos, que debe estar en completo conocimiento de quienes finalmente opten por no usarlos.
Es necesario decir con firme calma que —al menos para algunos— no hay dios, religión, sesgo cultural, consideración bioética u opinión bien intencionada que esté por encima del derecho, personal e intransferible, de cada cual para decidir al respecto, tratándose de una cuestión que, como ninguna otra, lo deja finalmente a solas consigo mismo.
Dr. Roberto B. García (médico)
CI 1.053.261-3