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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCumplo con un imperativo de mi conciencia al expresar mi gratitud a Juan Carlos de Borbón, el monarca constitucional de España, quien tomó la actitud poco sorpresiva de abdicar a la corona de su país, en favor de su hijo y heredero, el muy correcto y respetado príncipe Felipe de Borbón.
Califico de poco sorpresiva la decisión del ya veterano monarca, por varias razones. La primera finca en su edad provecta —76 años— unida a una salud declinante, que obligó a intervenirlo quirúrgicamente nueve veces en menos de dos años.
En segundo lugar, parece evidente que la imagen de Juan Carlos venía declinando aceleradamente en los últimos meses. Principalmente, por el escándalo con repercusión penal protagonizado por su yerno, Iñaki de Urdangarín.
Con el agravante de que el mismo involucró a su esposa, la infanta Cristina —lateralmente al menos— sin que ello pareciera molestar mucho a don Juan Carlos.
Todo ello sumado a la historieta poco edificante de su viaje a una remota región africana so pretexto de una absurda cacería de elefantes, en la compañía obviamente inconveniente y poco edificante de una dama mucho más joven que él septuagenario sucesor de Franco.
Sucesor, sí, del “Caudillo de España por la gracia de Dios”, pero no el que éste eligió e impuso creyendo que iba a ser fiel a su designio de dejar “todo atadito, bien atadito”. Es decir, que su autoritaria dictadura fuera sucedida por una monarquía cuyo titular no hiciere concesiones a la libertad ni a la democracia. Pero Franco se equivocó feo. El resto de la historia es conocido.
Juan Carlos de Borbón quería sacar a España de su anacrónica dictadura, a cuyo efecto había que enterrar los feroces odios del pasado —no olvidarlos— e incorporar a su país a la modernidad y al elenco de estables monarquías constitucionales que no escaseaban en Europa Occidental.
A tal efecto, instaló un liberal gobierno de transición, encabezado por ese joven carismático y hábil político: el abogado Adolfo Suárez, quien cumplió a la perfección su difícil cometido. Convocó a todos los partidos, sin excluir al Comunista, cuyos legendarios dirigentes, Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri —“La Pasionaria”— pudieron retornar así a su país.
Y a poco andar, el pacto de La Moncloa evidenció que España cicatrizaba sus heridas y se encaminaba firmemente por los carriles democráticos. Consecuencia y prueba de ello fue la sanción de la excelente Constitución de que goza nuestra madre patria desde 1978. Una Constitución que consagra una monarquía constitucional, donde el rey, jefe del Estado, no gobierna pero no es un mero ornato. Y donde el Estado de Derecho y la separacion de poderes son realidades efectivas.
Si a ello sumamos la participación decisiva del rey —joven entonces, viejo y abdicante hoy— para aplastar con enérgicas órdenes telefónicas a los jefes del ejército cuando el asalto a las Cortes por parte de un coronel Tejero, quien, sin la oposición rápida y fulminante de Juan Carlos, quizás pudo archivar la renacida democracia de su país.
Principié esta carta con una expresión de gratitud al monarca que deja su simbólico trono, lógicamente, en manos de su hijo. Ese reconocimiento se le debe, sin duda, por el rol fundamental que jugó en el reingreso de su país al concierto de las naciones democráticas.
Pero los uruguayos tenemos con don Juan Carlos de Borbón una deuda mucho mayor aún. Esta se generó cuando en mayo de 1983, visitó nuestro país y en la embajada de su país se entrevistó con los principales dirigentes de nuestros partidos políticos. Si el relato de la experiencia democratizadora española influyó mucho, poco o nada en la salida uruguaya, poco importa.
Lo que cuenta es el gesto del monarca, demostrativo de su afecto hacia nuestro país, de su interés por ayudarlo y de su solidaridad con su pueblo, privado de su libertad desde una década atrás. Dichos sentimientos se ratificaron con posterioridad, cuando el rey, cuyo mandato expira, visitó —con la reina Sofía— dos o tres veces más nuestro Uruguay.
Y no debemos olvidar, para finalizar, que allá por el año 2007 —creo— en el momento más crítico de nuestro enfrentamiento con el gobierno archiprepotente de Néstor Kirchner ofició, sin éxito, de mediador en ese diferendo.
Fue un gesto de ingenuidad, sin duda. No conocía bien, al autoritario presidente argentino. Pero no es ello lo que menta, sino su indudable y reiterada buena voluntad hacia nuestro país. Y, al expresarle mi gratitud, estoy convencido de interpretar idéntico sentimiento de la mayoría de mis compatriotas.
No quiero terminar esta carta sin recordar su célebre e inesperado “¿Por qué no te callas?”, con lo que desconcertó a Chávez, cuando este insolente personaje, fiel a su desubicación, estaba despotricando contra el ex presidente del gobierno español, el señor Aznar.
Fue, sin duda, la primera de las que serán las más célebres frases del siglo XXI.
Por último, afirmo con absoluta convicción que Juan Carlos de Borbón ha de pasar a la historia como uno de los personajes encumbrados del siglo XX. Frente a lo central y sustancial de su ejecutoría, sus últimos errores, quedarán en el anecdotario menor.
Y, quizás, en el olvido.
Gonzalo Aguirre Ramírez