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    El rugby en el Comcar, una apuesta por transmitir “códigos” y “valores” dentro de un lugar que empuja en sentido contrario

    Agitado, Mauricio se apoya en una reja y busca aire para llenar los pulmones. Su cabeza rapada, perlada por el sudor, brilla con el sol del mediodía. “¡Rufián!”, le grita sonriendo a alguien que camina a unos metros. Apenas tiene tiempo para las bromas, del otro lado de la línea de cal el partido sigue y debe reponerse. Mauricio es uno de los mejores jugadores del plantel y su equipo, que tiene todas las de perder, pronto necesitará que vuelva a la cancha.

    Es el partido más importante del año, pero Mauricio casi no lo juega por temor a lesionarse. El rugby es un deporte de contacto y los rivales los superan física y técnicamente. Y él tiene cosas más importantes que hacer a partir de la mañana siguiente. No quiere sufrir contratiempos porque ese 16 de diciembre de 2016, según sus cálculos, será el último día que pase encerrado en el Complejo Penitenciario Santiago Vázquez, el Comcar.

    Pero Mauricio no quiere hablar de eso ahora. Porque el partido sigue y porque su futuro es incierto. “Concreto, nada”, responde cuando le preguntan qué planes tiene para cuando salga en libertad. “Si te digo otra cosa te miento, y no quiero faltar a la verdad”, dice. Y que agrega tiene “pocas opciones”.

    Jugar de visitantes.

    Matías Benítez se para en la puerta de brazos cruzados, su rostro aniñado está serio. “Acá se juega al rugby”, dice mientras su espalda ancha como ropero y sus más de 100 kilos cierran el paso. Los presos llegan y piden, insisten, que los deje pasar; quieren entrar a jugar al fútbol.

    A favor de los reclusos: la puerta que bloquea Benítez es el único ingreso a la cancha de fútbol más grande del Comcar. A favor de Benítez: ese día y a esa hora, desde hace al menos nueve meses, ahí se juega al rugby.

    —Dale, amistá. Esta cancha está mucho mejor que la otra —le dice uno de los reclusos, la mitad de ancho y un poco más bajo.

    —El fútbol es en la otra cancha —responde, inamovible, el rugbista. A sus espaldas un grupo de presos se cambian sus remeras por otras que les quedan grandes, sus pantalones por shorts que les bailan y sus championes por zapatos deportivos con tapones. Es un viernes de diciembre por la mañana y la práctica de rugby en el Comcar está por comenzar.

    Una idea.

    La madrugada del 24 de abril del 2012 centenares de presos iniciaron uno de los motines más grandes de los últimos años. Los módulos 4 y 5 del Comcar quedaron prácticamente destruidos y muchos reclusos debieron vivir durante meses en un patio. El motín provocó también la suspensión del programa piloto que encabezaba Carlos Arboleya.

    El ex capitán de Los Teros todavía recuerda la primera práctica que dirigió en una cárcel. Fue en el patio interno del módulo 5, sentía el peso de la mirada de los presos que no estaban entrenando, pero seguían sus movimientos desde las celdas, colgados de algunas ventanas. “Parecía una zona de guerra”, dice Arboleya.

    Era setiembre del 2010 y unos 30 presos primarios eran conejillos de Indias de un programa que buscaba ayudar a su proceso de rehabilitación a través de la práctica de rugby, un deporte con pocos seguidores en comparación con el fútbol y considerado de elite. Arboleya tenía entonces 25 años y la mayoría de los que entrenaba “eran guachos” menores que él.

    Era una experiencia nueva para los presos y para un sistema que aún hoy parece no estar preparado —ni bien dispuesto— para recibirla. Arboleya a veces esperaba más de media hora antes de que lo dejaran entrar y otro tanto para que le permitieran ir a buscar a los presos. No importaba que los carceleros lo reconocieran, que supieran que desde hacía meses iba a las prácticas de rugby; “era una pelea todas las veces”, recuerda.

    Arboleya dice que el objetivo no era que salieran rehabilitados. “O sea, la rehabilitación no existe en el sentido de que el rugby les dé una oportunidad de empleo, sino que lo importante más bien es la transmisión de valores y códigos”, explica. “Claramente es difícil porque se lo estás dando en un ambiente controlado y cuando salgan van a volver al contexto donde estaban antes”.

    Gracias al apoyo de otros rugbistas y del docente de la Universidad de Montevideo Alejandro Cid, el programa piloto arrojó buenos resultados: los participantes registraban mejor comportamiento cuando volvían a las celdas y en algunos casos había disminuido el consumo de drogas.

    Si bien fue exitoso, ese proyecto junto con otras propuestas fueron suspendidos por tiempo indefinido después del motín de abril del 2012.

    La manija.

    En el Comcar están encerradas casi 3.500 personas, un tercio de la población carcelaria uruguaya. Es una cantidad superior a la que vive en la mayoría de las localidades del interior, similar a la de La Paloma, Rocha, durante todo el año.

    “El Tanque” es uno de esos miles. Dice que está preso desde hace ocho meses, que es su primera vez tras las rejas, que no debería estar ahí porque “la cárcel es para los chorros” y él no lo es. Está ahí por “lesiones graves”, explica. “Tuve un problema con el tipo y le clavé una puñalada, son esos errores, esas cosas que no pensás. Es él o sos vos”.

    “El Tanque” tiene unos 40 años y dos hijos chicos que lo esperan afuera. Pero todavía faltan 12 meses para que cumpla su condena y eso, en el Comcar, es mucho tiempo. Mientras tanto tiene que ser indiferente. “Trato de ignorar todo lo que pasa, de estar enfocado y no dar bola a la manija”, dice con un discurso más articulado que otros presos. “Alguien te grita algo y te dicen: Mirá lo que te gritó, andá a encararlo. ¿Entendés? Y te quedás a vivir acá porque empezás con causa interna, causa interna, causa interna. No salís más”.

    No resulta fácil ser indiferente. “Es complicado a veces porque gente de otras celdas sabe que no estás por robar y te faltan el respeto. Es difícil porque acá el machismo está a un 200%”, explica “el Tanque”.

    Los hechos ocurridos durante el 2016 le dan la razón. A mitad de año el comisionado parlamentario para el sistema carcelario, Juan Miguel Petit, presentó un informe sobre la situación de los módulos 8, 10 y 11 del Comcar. Hasta el 30 de junio habían sido asesinadas cinco personas y otras 50 sufrieron heridas de arma blanca. Los fallecidos, todos presos, tenían 18, 22, 26, 27 y 35 años. “Todas las muertes violentas estuvieron originadas en problemas de convivencia y tensiones y discusiones generadas en la convivencia”, describe el informe.

    Petit lo lleva a números: “Uruguay tiene una tasa de 8,3 homicidios cada 100.000 habitantes. En los barrios de Montevideo donde se registra la tasa más alta de homicidios la misma llega a los 30 homicidios cada 100.000 habitantes. Si tomáramos a los módulos 8, 10 y 11 como un barrio más de alguna ciudad del país, este primer semestre del año habría alcanzado una tasa de 296 homicidios cada 100.000 habitantes”.

    “El Tanque” está encerrado en el módulo 11. Dice que ahora “pusieron policías” a controlar el patio donde los presos solían ir a pelear y “todo se tranquilizó”, pero que igual sigue habiendo enfrentamientos porque hay una parte que los efectivos no ven. Ampliar el programa de rugby, que había sido retomado después de un impasse de cuatro años, fue otra de las medidas que adoptaron las autoridades para revertir la situación.

    Resurgir.

    Arboleya fue el hooker del seleccionado uruguayo en el Mundial de Rugby disputado en octubre del 2015. Anotó el primer try de Uruguay después de 12 años, le hicieron notas medios locales e internacionales y se convirtió en un emblema de esa selección.

    El rugby aumentó su exposición pública. Agustín Iparraguirre, el coordinador del programa Pelota al Medio a la Esperanza no dejó pasar la oportunidad. Hacía tiempo que tenía en carpeta incluir al rugby entre las actividades deportivas que impulsa el Ministerio del Interior en la enseñanza media, en plazas públicas y también en las cárceles.

    En diciembre del 2015 empezó a cocinar la propuesta con Arboleya y los dirigentes de la Unión de Rugby de Uruguay (URU). El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, dio su aval y ese deporte volvió al Comcar en marzo. Jugadores de Los Teros y de los clubes Champagnat y Trébol de Paysandú dirigían dos entrenamientos por semana. La intención fue trabajar con 80 reclusos y evaluar. Fueron 30 entrenamientos por los que pasaron 179 presos, de los cuales 56 están preparados para practicar rugby. Para las autoridades fue un éxito: de los 179 privados de libertad que participaron en los cursos, 40 pidieron para participar en otros cursos y talleres, según un informe oficial. 

    Gracias a los buenos resultados que volvió a demostrar el rugby, a partir de setiembre comenzó a trabajar un equipo de 10 profesionales con entre 480 y 600 reclusos y con un objetivo mucho más ambicioso: llegar a los 1.000 presos.

    El aire libre.

    La primera vez que entró a la cárcel, Alejandro Nieto tenía miedo. Nunca había estado en una prisión y no tenía claro cómo sería el trato a sus nuevos alumnos. Ahora, 10 de la mañana del 18 de noviembre, el subcapitán de la selección uruguaya de rugby camina tranquilo rumbo a la cancha del Comcar acompañado por otro integrante de Los Teros, Rodolfo de Mula. “¡Qué dice, profe!”, gritan desde una celda y ellos saludan sin saber a quién. En sentido contrario avanza un policía con una carretilla cargada de cortes carcelarios confiscados durante una requisa matinal. Más adelante, tres efectivos llevan a alguien esposado y con manchas de sangre.

    Arboleya ahora está haciendo un MBA en la Universidad de Duke, en Estados Unidos, pero cuando rearmó la propuesta dio consejos a quienes quedaron al frente del programa. “Esto es una práctica más, tenés que ser duro con ellos porque te van a estar cinchando todo el tiempo, les das la mano y te piden el codo”, les dijo. “Si algo que está pasando no les gusta, hay que mirarlos a los ojos y decírselos de frente”. El consejo más importante, recuerda, era la constancia. “Ellos están acostumbrados a que los decepciones, a que algunos vayan un rato y después se borren. Lo importante es que vean que vas, que nadie te obliga”.

    En la cancha de fútbol del Comcar, donde el pasto escasea, 26 reclusos corren siguiendo instrucciones de un profesor. “Seguí corriendo que te está mirando la parca del 8”, le dice uno a otro y todos se ríen. El módulo 8 es un bloque de cemento ubicado al lado de la cancha y es, también, el que registra últimamente los mayores niveles de violencia en el sistema carcelario.

    Esa práctica, como todas, empieza con trabajo físico intenso para que calienten sus músculos y bajen las revoluciones con las que llegan después de horas y horas de encierro. La mayoría de los presos están ahí por eso, para correr y estar al aire libre. Casi ninguno jugó nunca al rugby y muchos se dicen futboleros, aunque ahora en esa cancha se pasen unos a otros, con las manos y no con los pies, una pelota ovalada.

    “Aunque la situación varía según las circunstancias, en el mejor de los casos los internos tienen media hora de patio por semana, en algunos casos pasan semanas y meses sin salir al patio”, relata el documento de Petit difundido en julio. “La falta de programas que llenen la agenda (hace) que la vida cotidiana constituya un gran vacío. No hay actividades de sostén y que aporten un sentido a la privación de libertad. La sensación que impera es la falta de oportunidades y de un deterioro progresivo de las personas que están en los módulos (8, 10 y 11) dado el contexto en que se encuentran”.

    “El Pollo” va a las prácticas de rugby casi desde el comienzo de la nueva etapa. En 2011 ya estaba preso, pero no quiso participar en el proyecto. “Vi compañeros que sí y que los ayudó un montón”, recuerda. Ahora de a poco les va agarrando la mano a las reglas, dice. Está ahí ese día, y cada vez que puede, porque le gusta el deporte y estar afuera de su celda. Preso por rapiña desde hace seis años y medio, todavía le queda un año más antes de salir. Afuera quiere reunirse otra vez con su familia, que nunca lo dejó “tirado”, y “salir adelante”, dice.

    Se le dan bien los deportes. Junto con otros 30, “el Pollo” integra una selección de presos que tiene prácticas adicionales y juega partidos contra clubes de la URU. Es el 10, “el distribuidor” del equipo, explica.

    Fue uno de los que jugó el 4 de noviembre contra Old Christian Club, uno de los equipos que juega en la liga uruguaya. “Los de Christian tenían tremendos jugadores, pero nosotros le metemos pa`delante”, dice “el Pollo”. Era un rival imposible. “Están bien alimentados lo que pasa. Nosotros salimos de acá (la cancha) y vamos al encierro”.

    Rugby sí .

    El encargado de Pelota al Medio también tenía consejos para los rugbistas que empezaron a trabajar en el Comcar: “Si afuera dos más dos es cuatro, adentro de la cárcel eso no es así”, les dijo una vez. No es así en el trato con los presos y tampoco con los guardias.

    Es miércoles 14 de diciembre y a la hora de la práctica de la selección de reclusos, la última del año, hay muy pocos en la cancha. Esa mañana hay requisa en el módulo 11, donde están alojados muchos integrantes del plantel, y eso les impide ir a practicar.

    —¿Pero llamaste al director para decirle? —le pregunta Iparraguirre a Benítez.

    —Es que me enteré cuando llegué.

    —Te dije que llames al director cuando pasan estas cosas.

    —Lo que pasa es que no podemos pelearnos siempre, Agustín. Tenemos que seguir trabajando con ellos —dice Benítez.

    “Nosotros nos vamos adaptando a la cárcel y la cárcel a nosotros y vamos llegando de a poco a un punto medio”, opina Nieto.

    El subcapitán de Los Teros dirige varias de las prácticas semanales. Es callado hasta que las circunstancias lo obligan, algo habitual en los entrenamientos del Comcar. Algunos reclusos salen y si se lo permiten se quedan “flotando” en la cancha, hablando con otros que caminan cerca. Nieto pierde la paciencia, los llama al orden a los gritos: ahí los rugbistas mandan. “Capaz que la comparación es un poco vaga, pero yo enseño a chiquitos y veo un paralelismo con enseñarles a los presos porque son dispersos”, dice.

    Todos los rugbistas reciben un sueldo por su trabajo, pero a juzgar por el monto y por el desgaste que implica cada día en el Comcar, parece que algo más los motiva. Es como si el rugby fuera una religión y lo suyo un apostolado. Nieto se entusiasma cuando habla del proyecto. “Es la motivación de transmitir cosas”, dice. Y agrega que la propuesta muestra avances. Por lo pronto, en las prácticas conviven presos de distintos módulos, algo impensado a comienzos de año. “Uno de nuestros objetivos principales es que no tengan líos adentro, que los que hacen rugby tengan buena conducta, que a nosotros nos puede dar terreno para seguir trabajando por ellos. Capaz que un día nos puedan dar un módulo para rugby, que tengan más horas de entrenamiento, que estén más alejados de los vicios, de las cosas que ellos conocen ahí que son malas”, dice. “Parte de nuestro trabajo es ir sumando para su rehabilitación. Porque en el fondo es eso, transmitir cosas para que, en el momento en el que salgan, tengan cosas diferentes a las que conocen de las que agarrarse”.

    ¿Por qué recurrir al rugby para inculcar valores y no al fútbol, un deporte más popular?

    “Creo que todos los deportes colectivos, en mayor o menor medida, tienen esos valores”, responde Nieto. “Pero creo que el rugby lo aplica en el juego y fuera de la cancha y creo que otros deportes lo han descuidado. Creo que esa es la diferencia hoy entre el rugby y el fútbol, por ejemplo. Creo que el rugby los aplica y el fútbol, bueno, a las claras se ve: es un deporte precioso, pero en el que preocuparse por otro no aplica. En este deporte sí aplica. Además, en el rugby el trabajo es una constante, no existe el Messi, nadie puede ganar solo”.

    “El Tanque” dice que en el rugby “está eso del compañerismo, de saludar a tu rival”. Agrega que a los reclusos les “falta un poco pulir eso”, porque el ambiente no ayuda. “En la selección somos todos unidos, somos todos compañeros como si fuésemos compañeros de módulo. Después vamos para allá y nos trancan, cada uno pa su celda”, dice “el Pollo”.

    Buena suerte.

    Un preso se levanta del piso tambaleándose como un borracho. “Si tenés un árbol adelante, tenés que esquivarlo”, le dice Danilo Botta, jugador de Los Teros y del club Trébol de Paysandú, al recluso que se “chocó” con él segundos antes.

    El rugby parece un deporte violento. “Es un deporte de contacto”, aclara Nieto. Ahí está la diferencia y, según el subcapitán, una de las ventajas que tiene como apoyo a la rehabilitación. “Entre ellos quizás al principio fue chocante, pero una de las primeras cosas que se enseñan es el autocontrol. Si no hubiera contacto, sería como en el fútbol; acá tenés que aplicarte a las reglas de juego que te dan un marco para moverte. Contacto va a haber y está en que el jugador entienda eso”.

    “La otra vez me dieron dos rodillazos en la cabeza y quedé tirado; blum, blum”, recuerda “el Tanque” con una sonrisa. “Acá sabés a lo que venís”, dice “el Pollo”. “Lo que pasa adentro de la cancha queda adentro de la cancha. No es tan agresivo como lo ves, es de contacto”.

    Una prueba de esa tolerancia al contacto llega el 16 de diciembre. Ese día, además, Iparraguirre le ganará una apuesta a otro funcionario del Ministerio del Interior, quien le dijo que no sería capaz de llevar al Comcar a Old Boys, un club con amplia mayoría de ex alumnos del British School, ubicado en Carrasco.

    Son las 10.30 del viernes 16 de diciembre y una veintena de rugbistas, postura erguida, que parece altiva, ingresan por la puerta de la cárcel más poblada de Uruguay. Minutos después llegará el cardenal Daniel Sturla, quien hará una oración luego del partido.

    Se acerca el encuentro y Nieto luce preocupado porque, dice, sus jugadores estaban desconcentrados mientras realizaban el calentamiento. Los reúne otra vez para la última charla técnica, forman un círculo, con sus brazos sobre los hombros de quien está a su costado. Ahora son todos rugbistas.

    “No pidan, hagan”, dice el técnico. “Todo dentro de la ley. Hay normas que respetar y ustedes las saben. Cáguense a palos ¿ta? Salgan todos lesionados; hay que darse. Hace más de seis meses que están laburando para esto”.

    “No erren tacles, no erren tacles, el resto no importa. Trabajo en equipo: si no puee uno, pueden dos, si no pueden dos, pueden tres”, grita. Y arenga: “Vamos a divertirnos, vamos a darles”.

    El juez inicia el partido y lo que pasa fuera de la cancha ya no importa, el entorno desaparece durante dos horas.

    Después del encuentro, los jugadores de Old Boys comparten unas hamburguesas con sus rivales de ocasión. Nieto se acerca a Mauricio, uno de sus mejores jugadores y pone la mano derecha sobre su hombro izquierdo. Le dedica una sonrisa entre paternal y cómplice mientras se susurran algunas palabras. De Mauricio sabe solo lo que le dijo. Que al día siguiente saldrá en libertad, que se va a tomar un ómnibus rumbo a una ciudad del interior para ver a su hija pequeña y que después su futuro es incierto. Y Nieto le dice lo único que puede decirle: “Cuidate”.