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El Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS) fue una idea que inicialmente se proyectó en 1984, aunque se concretó durante el primer mandato del presidente Tabaré Vázquez a partir de 2005. Para uno de sus ideólogos, el economista y exministro de Salud Daniel Olesker, la evaluación de la reforma del sistema de salud es “altamente positiva”, aunque es necesario profundizar los cambios a través de una “nueva reforma tributaria”.
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La senadora Constanza Moreira consideró que la salud sigue siendo una institución fragmentada que “pone a prueba la capacidad de los usuarios” de “abrirse paso en un laberinto”, aunque opinó que el gobierno no tiene hoy el “vigor político” para impulsar grandes transformaciones.
Estas consideraciones las realizaron en el libro “Economía, Política y Economía Política para el acceso y la cobertura universal de la salud en Uruguay”, de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Universidad de la República (Udelar), que se presentará el viernes 11 en la Facultad de Ciencias Económicas y que compila seis estudios realizados entre 2011 y 2014.
“Pareciera que luego de introducidas las principales novedades al inicio de la reforma, los diferentes actores se adaptaron rápidamente, construyendo así un nuevo statu quo”, sostuvo el politólogo Guillermo Fuentes, autor del trabajo “Actores, intereses y alianzas de cara a la segunda etapa de la implementación del Sistema Nacional Integrado de Salud”.
“La afirmación (de Fuentes) es perfecta”, coincidió Moreira. “Actualmente, con las restricciones económicas y presupuestales a la vista, parece difícil vislumbrar una perspectiva de transformaciones profundas en materia de salud”, señaló.
Las dos políticas públicas “más importantes” durante el período de Mujica, la salud y la educación, “aparecieron en el banquillo, no vinculadas al diseño, propósito o finalidades de la reforma, sino a la capacidad de gestión del sector público”, indicó. Moreira opinó que “tampoco el gobierno cuenta hoy con el vigor político o los consensos necesarios para impulsar grandes transformaciones”, si bien tiene mayoría parlamentaria. Por otra parte, el sistema de salud sigue siendo una institución fragmentada que “pone a prueba la capacidad de los usuarios y sus familiares de abrirse paso en un laberinto” en donde la “atención ‘integral’ y en tiempo” queda librada a las distintas capacidades intelectuales, políticas y económicas de usuarios y familiares.
Positiva.
En el trabajo “Igualdad, universalidad y accesibilidad”, Olesker planteó incorporar nuevos colectivos y “repensar el sistema” en busca de “una nueva función de cápitas (asignación de recursos) ajustadas por edad y sexo”. Además planteó “adoptar una visión global del sistema de salud” y “evitar duplicaciones” en los servicios.
Propuso“fortalecer” los ingresos públicos que se destinan al sistema de salud. “Se requiere avanzar en los cambios, así como en una reforma tributaria de segunda generación que actúe sobre las riquezas para, desde la base económica, crear las condiciones de sostenibilidad de largo plazo de la matriz de protección social en general y del sistema salud en particular”.
Opina que debería haber más exigencias y controles para la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE). El acceso a la sobrecuota de inversión (un dinero que se otorga a las prestadoras que cumplen las metas) debería asignarse a ASSE en igualdad de condiciones que a las mutualistas (hoy la prestadora pública tiene menos exigencias) y propone que se le pague por metas en las mismas condiciones.
La reforma de salud “transformó un sistema básicamente mercantil y privado” en un “sistema integrado” y “unificado”, aunque “quedan muchos desafíos por recorrer”. Al ya estar construida “la superestructura del cambio” Olesker define los desafíos actuales “como más de lo mismo”. Es decir, hay que profundizar las líneas definidas por la reforma, que “debe ser evaluada como altamente positiva”.