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    El tiempo vertical

    Nº 2238 - 17 al 23 de Agosto de 2023

    Dentro de 15 días cumplo 45 años. Según las estadísticas más optimistas y estudios a escala mundial, la esperanza de vida tenderá a acercarse a los 90 años para la segunda parte del siglo XXI. Se podría decir que llegué a la mitad de la vida y eso suele traer, sea unos años antes o unos años después, una pregunta: ¿qué es lo que quiero para lo que me queda por delante?

    En términos profesionales, analizando la mitad que ya transité, puedo afirmar que dediqué unos 25 años de mi tiempo a formarme, aprender, estudiar, y otros 20 a trabajar, producir y generar cosas. Por supuesto que cultivé relaciones, formé una familia, tuve hijos y tantas otras cosas que me hicieron ser la persona que hoy comienza a ver el horizonte como un destino menos lejano. No tengo miedo de decir que estoy mucho más cerca de la fecha de mi muerte que de la de mi nacimiento.

    Esto me lleva a pensar y a reflexionar sobre algunas preguntas que a veces, en nuestro afán de separar vida personal y profesional, solemos esquivar. ¿Qué quiero hacer con mi tiempo? ¿Cómo quiero llevar adelante mi vida personal? ¿Qué peso quiero darle a mi vida laboral? ¿Cómo manejar mi tiempo para vivir en armonía esos dos espacios? ¿En qué proyectos estoy dispuesto a embarcarme y para qué personas o empresas quiero trabajar?

    En un grupo de empresarios hice la pregunta de qué porcentaje del tiempo le dedican a cada una de las cosas que hacen a diario. Las respuestas, en el consenso de las 14 personas que estaban presentes, se repartieron así: dedican el 30% a descanso, el 40% a trabajo, el 20% a familia y el 10% a ocio y a otras actividades. La actividad que concentra la mayor parte de nuestro tiempo activo es el trabajo, y si en nuestras empresas no somos capaces de trabajar, reflexionar y generar ámbitos de conversación sobre lo que haremos en la segunda (y seguramente última) parte de nuestra vida, estaremos perdiendo la oportunidad única de lograr que quienes trabajan con nosotros desarrollen al máximo su potencial, encuentren su propósito y elijan transitar ese camino con nosotros.

    Hace unos días, hablando de estos temas con una amiga, le compartí una cita del escritor portugués Fernando Pessoa: “Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”.

    La segunda mitad de la vida es un período de transición y reflexión para muchas personas. No se trata de provocar grandes cambios. Tampoco se trata de embanderarnos con el cliché habitual que nos impone ser dueños de nuestro propio negocio o nos hace creer que llegó el momento de dejar de trabajar en relación de dependencia para empezar a emprender. Cada uno, a su manera, sabrá cuáles son los lugares, los intereses y las motivaciones que más encajan con su propia personalidad y sus objetivos de vida.

    Se trata de empezar a ser más conscientes de por qué hacemos lo que hacemos. ¿Qué es lo que nos mueve y cuál es el legado que queremos dejar a hijos, amigos, familia e incluso a la sociedad en sí misma?

    A medida que nos alejamos de la juventud y nos adentramos en la adultez media y posterior, el concepto del tiempo adquiere una nueva dimensión. Las prioridades cambian, las metas evolucionan y la percepción se transforma. Estamos inmersos en una sociedad que nos invita a vivir apurados, una sociedad en la que el “estar prendido fuego” es una respuesta que nos muestra como personas superproductivas y en la que tomarse tiempo para uno mismo es algo que hasta por momentos suele ser mal visto.

    A medida que envejecemos, nuestra percepción del tiempo parece acelerarse. Los años aparentan pasar más rápido, lo que puede causar sentimientos de angustia y nostalgia por tiempos pasados (que siempre son mejores, expresa el dicho). Esta percepción cambia por una variedad de factores, incluida la rutina diaria, donde nos puede dar la sensación de que los días se mezclan. Lo mismo nos ocurre con la acumulación de experiencias y recuerdos que conforman la narrativa de nuestra vida.

    En Occidente solemos vivir el tiempo, porque así nos lo han enseñado de generación en generación, en forma horizontal. Esta concepción es la que nos alienta a embarcarnos en proyectos y desafíos y a querer ser mejores y tener más día a día. Ponernos metas, medir avances contra un calendario y someternos a eso. En Oriente, sin embargo, sobre todo en China, existe la idea del tiempo vertical, un tiempo cuya concepción tiene que ver con el grado de conexión con el que vivimos el tiempo presente y que está asociado no tanto al hacer sino más bien al ser. Quizás sea momento de empezar a cargar con un poco más de verticalidad nuestras agendas.

    A menudo, la segunda mitad de la vida, en su concepción horizontal, nos invita a la reflexión sobre años pasados. Las personas solemos mirar atrás y evaluar logros, metas cumplidas y oportunidades perdidas. Esta mirada retrospectiva nos puede producir sentimientos de satisfacción, pero también tiene la capacidad de llevarnos a cuestionarnos sobre lo que podría haber sido. La relación con el pasado se convierte en un elemento crucial en la forma en que las personas enfrentan esta etapa, ya que influye en cómo encaran el presente y el futuro.

    En lo personal, me propuse algunas definiciones que trato sean los estandartes de mis próximos (ojalá) 45 años de vida. Es bueno que cada uno haga su lista, la comparta con el equipo de personas con las que trabaja y con su familia. Se me ocurre que es una buena manera de explorar y pensar juntos cómo podemos colaborar para tener una empresa, una vida y una sociedad más plena y auténtica.

    Vivir en el presente.

    A pesar de la tendencia a reflexionar sobre el pasado, la segunda mitad de la vida ofrece la oportunidad de vivir en el presente de una manera más consciente y gratificante. Explorar la vivencia del tiempo vertical, con una mayor acumulación de experiencias y sabiduría, puede servir para adoptar una actitud más serena hacia los desafíos diarios y las situaciones cambiantes. La práctica de la atención plena y la gratitud puede ayudar a aprovechar al máximo cada momento y encontrar significado en las pequeñas cosas de la vida.

    En un momento de la charla TED de Ric Elías, que ya comenté en alguna columna anterior, él habla de sus reflexiones mientras su avión estaba a punto de estrellarse en el río Hudson: “Me he convertido en un coleccionista de vinos malos. Porque, cuando el vino está listo y la persona está ahí, lo abro. No quiero posponer nada más en mi vida”. ¿Cuántas charlas pendientes tenemos con seres queridos? ¿Cuántas conversaciones que deberíamos tener con nuestros colaboradores están en nuestra agenda y las postergamos continuamente? ¿Cuántas decisiones procrastinamos porque nos parece que aún no llegó el tiempo adecuado para tomarlas?

    Explorar nuevas oportunidades.

    En lugar de ver la segunda mitad de la vida como un período de declive, he decidido utilizarlo como una oportunidad para perseguir nuevas pasiones y metas. El tiempo adquiere un valor renovado, y las personas pueden sentir una urgencia por aprovechar al máximo lo que queda. Desde el aprendizaje de nuevas habilidades hasta la búsqueda de aventuras previamente postergadas, esta etapa tiene el potencial de ser una época de crecimiento y expansión. Haciendo una vez más hincapié en la verticalidad y tomando conciencia de que no es lo material lo que le da sentido al momento presente, es el momento presente y la calidad con la que lo vivimos lo que carga de sentido a las cosas.

    El legado y el futuro.

    A medida que avanzamos en la segunda mitad de la vida, es natural contemplar el legado que dejaremos atrás. Considero importante hacer el ejercicio de entender qué marca estamos dejando en nuestras familias, las comunidades y el mundo en general. Este enfoque en el legado también está conectado con la idea de que el tiempo es limitado y valioso, lo que debería impulsar a las personas a tomar decisiones informadas y significativas sobre cómo desean vivir sus vidas en los años venideros.

    En un vuelo de regreso desde Madrid, desvelado y sin lectura disponible, seguí la recomendación de mi padre y vi una película de 1946 protagonizada por James Stewart que se llama Qué bello es vivir. El film cuenta la historia de un hombre que quiere terminar con su vida, cansado y agobiado por los males que lo acechan, diciendo que nunca debió haber nacido. En el momento de tirarse por el puente de su pueblo, un ángel lo encuentra y le muestra los legados que, de no haber existido, no hubiera dejado. No es necesario encontrar al ángel ni llegar a esa decisión para tomar conciencia de nuestro legado y lo que nos queda por hacer. Se necesita solo un poco de tiempo, una hoja en blanco y una lapicera para poner negro sobre blanco estas ideas y pegarlas en la puerta de la heladera o en la cartelera de nuestra oficina.

    La segunda mitad de la vida es un período en el que la relación con el tiempo se redefine. La percepción del tiempo cambia, el pasado se refleja y se examinan nuevas oportunidades. A través de la reflexión, la atención plena y la búsqueda de un legado significativo, las personas pueden abrazar esta etapa con una actitud positiva y enriquecedora. En última instancia, la forma en que vivimos la segunda mitad de la vida puede influir en cómo valoramos cada momento y cómo deseamos ser recordados en el futuro.

    La misma amiga a la que le compartí la cita de Pessoa, y viendo mi preocupación extrema por el tiempo y la hiperactividad, me dijo, con la tranquilidad y la serenidad que la caracteriza: “Ya no es momento de demostrar más nada, ya llegaste, hay un mar azul afuera de paz y serenidad, ahora es momento de salir y aprender a disfrutar”. Ojalá seamos capaces de verticalizar más nuestro tiempo para convertirnos en personas y profesionales más cargados de sentido, de disfrute y capaces de dejar huellas en los demás.