Nº 2235 - 27 de Julio al 2 de Agosto de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAunque ahora haya quilómetros de vías nuevas, el tren en este país es más que nada una imagen cinematográfica para cualquier persona de mediana edad. Los mayores lo han visto, sí. Algunos se subieron “una vez” a un vagón con cuchetas y lo cuentan en tono de proeza; pero quienes de verdad vivieron el trasiego de los andenes o sacaron medio cuerpo por la ventanilla para buscar una mirada esquiva entre la multitud ya pasan de los 70.
Se diría que el tren es el punto culminante de la nostalgia uruguaya, y para cultivar ese rasgo nacional, entre otras cosas, además de recordar glorias perdidas, lo hemos abandonado a su destino. La imagen decadente de las estaciones, la mayoría convertidas en taperas o refugios improvisados, contrasta con el glamour de los inicios, aquí y en el resto del mundo. El ferrocarril fascinó a la sociedad del siglo XIX. La locomotora fue la protagonista de las primeras proyecciones de los hermanos Lumière y los poetas de vanguardia le cantaron a la máquina con tanto embeleso como los románticos a la Luna. Dicen los historiadores que la reina Victoria viajó a Cannes en vagones de lujo y que Nikita Jrushchov, sucesor de Stalin, estuvo sentado frente a la misma mesa que había usado el zar Nicolás II en el Orient Express, referencia literaria que conduce directo a Henry Graham Greene y Agatha Christie. La invención del tren difundió cultura, unió los pueblos (París estaba cerca de Estambul) y alimentó la fe, quizás desmesurada, en una humanidad plena de logros.
A su medida, Uruguay replicó la expectativa y la elegancia. No faltan las historias sobre la puntualidad inglesa, la evocación del menú de primera clase o la hazaña de Francisco Piria, quien consiguió llevar el ferrocarril de pasajeros hasta Pan de Azúcar con los primeros turistas de verano. En uno de esos trayectos, se supone que Julio Herrera y Reissig, el poeta patricio de la Torre de los Panoramas, conoció al dandi Roberto de las Carreras. Algunos poblados nacieron alrededor de las estaciones mientras las cuadrillas levantaban puentes ferroviarios con la mira puesta en una prosperidad tan lineal como las vías. Así surgió, por ejemplo, Montecoral en Florida —extraño nombre con reminiscencias de mar a 200 quilómetros de la costa—, aunque al principio, dicen, el caserío se llamaba Chilcas. Según los más viejos, Chilcas cambió de nombre por voluntad de Pelegro y Polo Montecoral, estancieros de la zona, que se entusiasmaron con unir el rastro de su estirpe a un proyecto exitoso. Sin embargo, algo salió mal para el pueblo y el tren. Montecoral nunca llegó a enterrar a sus muertos en un cementerio propio. Hace un tiempo cerró La Esperanza, el último almacén, el médico ya no visita el pueblo, no hay comisaría y la estación se ha convertido en la casa de una familia con frente hacia las vías y las gallinas que picotean a desgano las cicatrices de los durmientes.
Parada Esperanza, Porvenir, Villa Felicidad, Valle Edén, Paso del Dragón, Bañados de Oro, Constancia, hay decenas de nombres distribuidos sobre un mapa ferroviario que desplegó 3.000 kilómetros de hierro por la superficie del país. Cada punto del mapa se corresponde con una parcela de la realidad. De Parada Esperanza queda el cartel; Porvenir conserva la estación cerrada con candado; Laureles, Paso del Cerro y Tranqueras, entre otras, forman parte del selecto grupo de estaciones que ven pasar al único tren de pasajeros que une Tacuarembó con Rivera.
El ferrocarril en Uruguay suena a ausencia o sale a relucir en señal de homenaje al patrimonio. Casi siempre ocurre así, excepto en Piedra Sola. Allí, un tren se detuvo hace años y quedó tendido a espaldas del pueblo. En una vía lateral, recubierto de líquenes, helechos y plantas colgantes, los vagones en perfecta formación esperan la locomotora que los lleve a un destino incierto. Si llueve, las gotas se deslizan por las paredes de madera o se quedan suspendidas en las telarañas. De los techos cuelgan a modo de lámparas un par de colmenas de camoatí. Una capa verde lo recubre todo mientras la naturaleza recupera el terreno perdido. Sin embargo, roto y desvencijado, sigue siendo un tren sobre rieles y podría, como cualquier otro, aparecer en la escena de una película en el instante del beso de despedida. Desolado y mohoso, con su carga de vida, el progreso se lo dejó olvidado entre las vías, y es posible que ya nadie vuelva a buscarlo.