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    El vals del olvido

    Soledad Gilmet conmueve en Carta de una desconocida

    A esta altura de la temporada, la cartelera teatral es una demencia. Casi un centenar de títulos en cartel, entre las propuestas de la Comedia Nacional, los elencos del teatro independiente, el flujo constante de obras extranjeras que visita la ciudad, un puñado de opciones infantiles y la enormidad de espectáculos de comedia de toda clase, forma y color: de enredos, de alcoba, stand up, improvisación y otros estilos habidos y por haber. La pequeña sala Cero de El Galpón, espacio intimista como pocos en la escena montevideana, ofrece entre semana dos experiencias teatrales situadas en las antípodas del espectro emotivo: una en el generoso territorio de la comedia y otra en el ámbito bastante más amargo del drama romántico. Y las dos confeccionadas con buena mano. Cretinos solemnes, escrita y dirigida por Federico Guerra —responsable de las exitosas Snorkel y Odio oírlos comer, con varias temporadas en cartel—, es una propuesta lúdica y desacartonada que hilvana varios sketches construidos en un estilo satírico indentificable con los viejos programas televisivos humorísticos tan populares en ambas márgenes del Plata. Guerra —de muy buen trabajo en la película Los modernos— adaptó algunos textos de la dupla porteña Feldman-Gobernori y sumó otros números de factura propia. La propuesta, de gran calidad histriónica, gracias a comediantes como Fernando Amaral, Cecilia Sánchez y el propio Guerra, incluye cerveza y empanadas para el público, dos invitados que improvisan un recital de poesía y un cierre con una banda de rock en formato acústico. Va los martes a las 21 y viene con garantía de carcajadas, de las que hacen bien.

    Por el contrario, el semblante del espectador que baja por la escalera de caracol desde la planta alta galponera luego de ver Carta de una desconocida (miércoles de noviembre, 20 h) es definitivamente más sombrío. Y no porque la obra sea mala. Al contrario, este unipersonal a cargo de la actriz uruguaya Soledad Gilmet, que su padre Fernando Gilmet adaptó de una novela del austríaco Stefan Zweig, de 1922, es uno de los espectáculos más refinados y mejor logrados de la primavera teatral montevideana. Estrenado en 2014 en España, donde ambos residían, fue montado ese mismo año en Montevideo en La Gringa, y el año pasado giró por varios sitios de la periferia capitalina.

    Un famoso escritor vienés recibe una carta escrita por una mujer a la que no conoce —o mejor dicho, no recuerda— que le narra, en 25 carillas, la más desatada e incondicional declaración de amor que alguien pueda recibir. En la confesión anónima, la mujer informa a su amado que ha engendrado y parido un hijo suyo y que ha enviado la misiva pocas horas antes de la muerte del niño.

    Gilmet se desdobla entre la protagonista que recrea el relato y una narradora que ubica al espectador en el contexto de Zweig, un literato judío vienés de familia acomodada, gran amigo de Sigmund Freud y Richard Strauss, que atravesó las dos guerras mundiales, sorteando la primera y debiendo escapar del exterminio nazi durante la segunda, primero a Estados Unidos y luego a Brasil. Allí, ante la incapacidad para sobrellevar el horror de la destrucción y el dolor del destierro, se suicidó junto a su esposa, en 1942. Poco después del fin de la guerra, su célebre compatriota Max Ophuls llevó al cine esta tragedia epistolar, una versión que con el tiempo pasó a integrar el canon cinematográfico.

    Gilmet despliega una variada batería de recursos para mantener la platea en su mano. Su personaje cuenta una historia increíble: la de una mujer enamorada hasta la médula, desde la adolescencia, de un hombre que no la registra. Un dandy del Novecientos que usa y tira amantes descartables como pañuelos de papel, y que no es capaz de recordarla ni siquiera cuando ha compartido varias noches, espaciadas en el tiempo. Gilmet pasa de la ilusión a la frustración una y otra vez, y en el medio, por una enorme variedad de estados, con una gran capacidad gestual y corporal para demostrar emociones de niña, de adolescente, de mujer adulta y de ese ser arruinado por la amargura que produce el olvido, o algo aún peor, la indiferencia.

    El texto, adaptado por el señor Gilmet especialmente para su hija, conserva la potencia poética y dramática del original y agrega con elegancia los detalles informativos indispensables para combinar la tragedia del personaje con la triste peripecia del autor austríaco. La puesta acompaña con la sobriedad que demandan estas duras palabras.

    Afortunadamente, la escena montevideana recuperó a esta excelente actriz que también ha hecho cine (La cáscara, La peli), y que luego de estrenar esta obra volvió a radicarse en Montevideo, donde ha entregado otras muestras de su calidad en Skylight, el año pasado con Jorge Bolani, en Los pequeños burgueses, este año en El Galpón y también en La pecera, de Eduardo Sarlos, en cartel en la Alianza. Un estupendo recital de actuación, que literalmente, vale la pena.