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    El viejo irascible

    En estos tiempos aciagos, en los que escasean la vergüenza y los valores, es difícil no caer en frecuentes discusiones o peleas. El viejo irascible sube al ómnibus, dice al conductor buen día y pide el boleto de una hora, no recibe contestación sino un gruñido infecto, el viejo contesta a semejante falta de respeto, el conductor frena el rodado intempestivamente, levanta el fierro que lo recluye al volante y se toman a golpes de puño. Los otros pasajeros intervienen y separan, el viejo irascible se sienta al fondo, lo más lejos posible, y el conductor vuelve al mando del ómnibus. Mal comienzo de viaje. El viejo se toca un diente que ha quedado flojo y el conductor acude a su pañuelo, que se brota de manchas rojas.

    Con el fin de olvidar el mal trago, el viejo irascible se baja en una parada céntrica y se encamina hacia un bar, donde pedirá un caliente y un refresco, que nunca llegarán. El mozo está hipnotizado con un partido de fútbol en la tele y no repara en la presencia del viejo irascible, que no soporta la espera de varios minutos, una verdadera falta de consideración hacia el cliente, se levanta ofuscado y se va haciendo ademanes. Decide volver a pie a su casa con la esperanza de que el aire fresco de la tarde le calme los nervios. En el trayecto pisa un par de soretes de perro, mira hacia los costados buscando culpables pero no ve a nadie y raspa la suela contra el cordón.

    Al llegar a su casa se va directo a la cama para tomar una siesta, la última posibilidad reparadora. Con su dedo índice vuelve a tocar el diente y calcula la cuenta del dentista. Por la cuadra se aproxima una cuerda de tambores. Los vidrios retumban. El viejo irascible no aguanta más y sale al balcón a los gritos. Los tamborileros siguen en lo suyo y no le dan bola, apenas sienten los gritos del viejo, un hilito agudo, un pescadito dando saltos en el mar. Hacia dentro es la gota que rebasó el vaso, la falta de límites que hay en la sociedad, los valores perdidos y el irrespeto que nos ha tomado por asalto. Para cualquier observador desde la calle, el viejo irascible es una pobre figura desgarbada, enrojecida y llena de furia, el clásico vecino desagradable.