Nº 2114 - 11 al 17 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay palabras que se volvieron malditas. Fueron cubiertas a lo largo de los años con una carga oscura, que ahuyenta o predispone a algo negativo. Se encuentran fuera de ese mundo de lo políticamente correcto, que avanza día tras día y deja cada vez menos espacio a la disidencia. Para poner un ejemplo que es mucho más que un ejemplo, decir que alguien es “tibio” es condenarlo a una especie de indiferencia política y sumergirlo en un pantano de aburrimiento y desidia.
En estos tiempos tan confrontativos ser tibio resta. No conviene. Es preferible ubicarse a uno de los lados. El camino del medio, el largo, el que transitan los que prefieren no abrazarse a ninguna mayoría, queda como perdido y luce bastante despoblado. Son más seguros los otros. Elegir izquierda o derecha, blanco o negro, invierno o verano, oficialismo u oposición… ¡qué mejor que eso para sentirse aliviado! Pertenecer tranquiliza, más cuando abruma la guerra sorda que domina el debate público.
Toda esa polarización tiene en su superficie la división más obvia: de un lado están los buenos —el mío, por supuesto— y del otro los malos, a los que hay que destruir. “Grieta”, le puso el periodista Jorge Lanata en Argentina. Acá, en la penillanura levemente ondulada, prefieren hablar de división, o fractura, o mitades, no sea cosa que alguien piense que puede haber algún grado de parecido con nuestros vecinos.
El problema es que lo hay. Siempre lo hubo, basta con estudiar un poco de historia. Los estilos y las formas son muy distintos, pero hay una cultura, una geografía y una historia compartida y apenas unos kilómetros de distancia. Quizá una de las diferencias más significativas es que de este lado del Río de la Plata siempre estuvo más difundida la tibieza. Mientras en Argentina todo era a vida o muerte, aquí las cuestiones se tomaban con mucha más moderación. Del otro lado siempre se elegía jugar al límite y aquí era el medio el que prevalecía. Y prevalece, aunque lucha por sobrevivir.
La mayoría de los países que tienen excelentes resultados son aquellos en los que abundan los librepensadores, las personas que eligen en función de criterios racionales y sentido común, más allá de adhesiones previas a determinadas banderas. En varios de ellos, la permanencia en el poder es algo muy limitado, porque los ciudadanos están dispuestos a cambiar su voto en función de las ofertas de cada período electoral. Son, en definitiva, lugares en donde definen los tibios.
Aquí van quedando cada vez más solos. Basta con elegir al azar cualquiera de los temas de discusión que se registran semana tras semana para llegar a la conclusión de que terminan siendo mayoría los que lo evalúan en función de sus adhesiones e intereses previos. No hay distancia, no hay independencia, cada vez hay menos matices.
Claro, ser tibio no es fácil en un país tan cómodo y prejuicioso. “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca”, dice el Libro de Apocalipsis 3:15-17, encargado de cerrar la Biblia cristiana. Hace más de 2000 años que los tibios son vistos con recelo y desconfianza. Demasiado libres, demasiado independientes, demasiados peligrosos.
Pero es una virtud en muchos casos, especialmente entre los periodistas. Un buen periodista debe tener la distancia de los hechos que da la tibieza. Cuanto más neutro logre mantenerse, menos posibilidades habrá de que su trabajo se contamine de medias verdades o lecturas más basadas en la pasión que en la razón.
También hay que tener en cuenta que eso tiene sus costos. Las críticas llegan tanto de un lado como del otro. Es casi imposible lograr que todos queden conformes. La vida cotidiana se transforma en una especie de montaña rusa en la que pasamos de ser fachos a bolches y otra vez a fachos, burgueses a trabajadores y nuevamente a burgueses, valientes y arriesgados a títeres de conspiraciones y así sucesivamente. Recién luego de que eso ocurre es que se logra el mejor desempeño del periodismo y se obtiene el título de la máxima tibieza.
Muchos no lo entienden. En el camino varios se negarán a ser entrevistados o catalogarán a los periodistas de partidarios o dirán que el medio en el que trabajan ya no es lo que era. Cuando las denuncias que publicaba Búsqueda eran sobre el entonces vicepresidente Raúl Sendic o el exsecretario de la Presidencia Miguel Ángel Toma, esa fue la actitud asumida por varios frenteamplistas. Cuando los involucrados en las supuestas irregularidades difundidas por el semanario son el director del Banco República, Pablo Sitjar, o el titular de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Isaac Alfie, los que así piensan son integrantes de la coalición multicolor a cargo del gobierno.
No dejan de ser buenas señales. Son como un empujón en la espalda para que los periodistas tibios sigamos avanzando. Molestar es una de nuestras tareas principales. Estar allí donde no quieren que estemos e informar lo que no quieren que se sepa. Y para hacerlo no nos preocupa quién se desvió primero y quién después, quién tiene más o menos casos de violaciones a las leyes o a la ética o de qué origen es el protagonista de las irregularidades. Son los políticos los que instalan esas competencias y después los ciudadanos los que deciden entre unos y otros.
Esto no quiere decir que esté mal comparar. De la comparación siempre surge lo mejor. Es muy difícil poder calificar sin tener algún patrón de medida. Pero si algo está mal, está mal, y no importa si el que lo hizo es aliado o enemigo. La ética es una sola. Tiempo para pedir disculpas siempre hay, aunque antes tiene que llegar sí o sí la condena, caiga quien caiga. Y poder separar los colores partidarios de la realidad es un síntoma de crecimiento para cualquier persona que tenga a su cargo una responsabilidad pública importante. Quizá pedirles a los políticos más pasionales, que son los que llegan lejos, que sean tibios es demasiado. Pero sí podrían acercarse un poco más a la tibieza. Les haría muy bien. A ellos y a todos nosotros.