N° 2023 - 06 al 12 de Junio de 2019
N° 2023 - 06 al 12 de Junio de 2019
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando mis padres se separaron, mi padre alquiló con su nueva esposa una casa en Punta Carretas. La casa está en una esquina y se conserva intacta, como si fuese el único bastión de exactitud en la inexactitud de los recuerdos. En la misma manzana, a unos 20 o 25 m, había un edificio de tres pisos, viejo, gris, de fachada sucia y apartamentos con escasa luz. En uno de esos apartamentos vivía Elsita, que durante un breve tiempo jugó con la hija de la esposa de mi padre. Fui una sola vez a su apartamento. Nos abrió la puerta el padre, un señor bastante mayor que la madre, silencioso, amable. Transmitía la sensación de haberse quebrado para siempre en algún momento de su vida. Ni en cien años mirando fotos podría reconocer a ese hombre, pero sí sé que al frente de su rostro había una sonrisa apagada, triste. Elsita tendría unos 12 años, era muy linda, de ojos verdes, pelo castaño enrulado, un cierto aire gitano. Cuando salimos del apartamento, la hija de la mujer de mi padre, que tendría unos diez años (yo ocho), me dijo: “La madre de Elsita trabaja en Bulevar”. No era la primera vez que escuchaba esa expresión, aunque intuía algo feo en eso de trabajar “en Bulevar”.
Un domingo de tarde, paseando por la rambla de Pocitos en auto con mi padre, su esposa y la hija, el clásico domingueo, divisamos a Elsita entre el gentío. Iba fumando con un andar desprejuiciado y ansioso al mismo tiempo por la vereda de un boliche con terraza llamado, en aquel entonces, Saratoga. La recuerdo como si fuese a contracorriente con el resto de los domingueros. Mi padre aminoró la marcha, acercó el auto a la calzada, casi rozando el cordón, y le gritó: “¡Elsita, Elsita!”. Su rostro impasible no respondía al llamado, el resto de los transeúntes sí y miraban hacia el auto. Nosotros, cada vez más pequeños y avergonzados. Mi padre, que la quería llevar a su casa, creyó que no lo escuchaba porque su voz no era lo suficientemente fuerte y clara. Entonces aumentó el volumen: “¡ELSITA, ELSITA!”. Ella siguió caminando sin hacer caso, con el rostro levemente perturbado porque ya no respondía a ese nombre. Había una ligera variación: ahora era Lolita.