N° 1707 - 04 al 10 de Abril de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna tarde de marzo pasado llovía copiosamente sobre Montevideo. La cuenca de Casavalle, con sus calles de tierra, era, como siempre, un lodazal. Pero las clases ya habían comenzado y en el Liceo Jubilar ni el agua ni el barro habían arredrado a alumnos y docentes. Allí estaban, como todos los días, los 210 estudiantes del Ciclo Básico de Secundaria (primero a tercer año) y todos los profesores que ese día debían dictar sus clases.
Esta historia comenzó hace 11 años y ahora es un éxito formidable. Hasta el nuevo papa Francisco lo reconoció públicamente desde el Vaticano, cuando informó al mundo sobre la obra liderada durante nueve años por el sacerdote Gonzalo Aemilius y ahora seguida por otros como él. El Liceo Jubilar, que es católico, privado y gratuito, ha sido la tabla de salvación para cientos y cientos de niños y familias de Casavalle que, con sus 35.000 habitantes, es una de las zonas más pobres de Montevideo. Una tabla de salvación educativa, por supuesto, pero también —y sobre todo— ha sido una demostración palmaria de que mediante la educación es posible sacar de la pobreza y de la miseria material, cultural y espiritual, no solo a los niños sino también a familias enteras, que antes parecían condenadas a padecer el infierno y a reproducirlo. En el Jubilar, el costo anual por alumno ronda los U$S 1.500; en los liceos del Estado es de U$S 2.000. De modo que esta experiencia ha demostrado, además, que la crisis educativa que sufre el Uruguay no se arregla con más plata sino con proyectos serios y con actitud.
Esta institución nació en 2002, cuando los 7.000 escolares y los 600 que egresaban de Primaria cada año en los barrios Borro, Marconi, Municipal, Nuevo Ellauri, Nuevo Colman y Gruta de Lourdes (que integran la cuenca de Casavalle) no tenían un liceo para continuar estudiando. Hoy ya pasaron por sus aulas más de 1.000 adolescentes, además de cientos de adultos.
El Liceo Jubilar funciona en base a aportes de empresas privadas o de particulares. Y si bien es gratuito, las familias de los muchachos tienen que comprometerse a colaborar con lo que puedan, ya sea material o con trabajo en comisiones de apoyo a sus hijos, como las de limpieza del liceo, la cocina o el acompañamiento de los chicos cuando hay salidas. Aquel día lluvioso de marzo, cuatro madres acomodaban las mesas y preparaban en una gran olla el plato caliente que sería el almuerzo de ese día. Y dos se aprestaban para subirse a un ómnibus en el que un grupo de alumnos se trasladaría a un centro deportivo de la zona.
El índice de fracaso estudiantil en el Jubilar (repetición más deserciones) es del 5%, frente a 35% en los liceos públicos. Por otra parte, el ausentismo docente es casi inexistente (5%), cuando en la enseñanza estatal supera el 30%. El Jubilar permanece abierto 320 días por año. “Hay adolescentes que se bajan de un carro tirado por un caballo con sus uniformes de pantalón gris o pollera, camisa y corbata, para entrar al Liceo a las ocho de la mañana en punto y salir a las seis de la tarde”, recuerda una publicación del Jubilar. ¿Por qué en una zona por demás carenciada, con problemas de todo tipo a nivel de la constitución de las familias y con un presupuesto menor, el Jubilar logra estos resultados, abrumadoramente mejores que en la mayoría de los liceos públicos?
Los responsables del liceo me explicaron —y lo pude comprobar in situ aquella tarde de marzo— que el involucramiento directo y permanente de las familias es una de las claves del éxito del Jubilar. Allí hay no solo un liceo, sino una pequeña comunidad de chicos, padres, tíos, abuelos, vecinos y docentes. Todos se sienten “parte de” una minisociedad donde cada uno potencia al otro para ser mejor estudiante y mejor persona. Los profesores ganan lo mismo o menos que lo que cobran en los liceos públicos. Pero no faltan. Y los niños y adolescentes no solo no faltan, sino que repiten muy poco y casi no desertan. Además, el Jubilar atiende durante la mañana y la tarde a sus alumnos de primero a tercer año, pero luego tiene un turno para sus “egresados” (los que ya cursan cuarto, quinto o sexto año en otras instituciones) y, por la noche, más de un centenar de adultos (padres, hermanos, tíos o abuelos) comienzan a aprender o terminan los estudios que sus hijos, sobrinos, hermanos o nietos están cursando más temprano. De ese modo, cuando los chicos llegan a sus casas no encuentran la indiferencia que suelen hallar en familias desaprensivas, sino al revés, un interés genuino para saber “cómo te fue hoy en el liceo”.
El rigor y la exigencia son, asimismo, fundamentales para que los adolescentes aprendan a ser responsables, tolerantes, respetuosos y solidarios. Si un alumno tiene un comportamiento inadecuado en clase, sus padres o quienes estén a su cargo son inmediatamente llamados por los responsables del liceo. Muchas veces, en esas conversaciones se les informa a los padres por primera vez cuáles son los deberes inherentes a la patria potestad. Los docentes del Jubilar también visitan las casas de los muchachos cuando los problemas parecen exceder el ámbito liceal. “El amor es exigente. Si yo creo en el otro, le exijo”, me dijo una de las más activas docentes con quien conversé durante mi visita.
Por cierto, el carácter religioso del Jubilar pesa a la hora de hacer funcionar todos los engranajes. Pero esto mismo puede hacerlo una institución laica. Allí está el fantástico ejemplo del Liceo público Nº 4 de Maldonado, con similares resultados que el Jubilar y con chicos yendo a la NASA a presentar sus proyectos.
Si los recursos ya están, ¿que hace falta para que todos los liceos públicos del Uruguay obtengan estos notables resultados? ¿Se precisan “héroes” que se sacrifiquen durante 18 horas por día para que las cosas funcionen? En el Jubilar, notoriamente, todo el mundo siente pasión por lo que hace. Pero pocos trabajan más de ocho horas diarias. La efectividad del sistema es lo que consigue los resultados: aplicación de los programas de Secundaria adecuándolos a las circunstancias propias de la zona, seguimiento personalizado de los alumnos tanto en su faceta estudiantil como en su vida personal, involucramiento de los padres o tutores a la comunidad liceal e incentivo a los docentes para que apliquen toda su creatividad y sientan que pertenecen a un proyecto propio.
En el Liceo Jubilar no existe lo que abunda en muchos liceos estatales y que Miguel de Unamuno bautizó como “fariseísmo de funcionarios”. ¿Qué quiere decir esto? Unamuno lo explica: “Mientras andan algunos por acá buscando yo no sé qué deberes y responsabilidades ideales, esto es, ficticios, ellos mismos no ponen su alma toda en aquel menester inmediato y concreto de que viven, y los más, la inmensa mayoría, no cumplen con su oficio sino para eso que se llama vulgarmente cumplir —para cumplir, frase terriblemente inmoral—, para salir del paso, para hacer que se hace, para dar pretexto y no justicia al emolumento, sea de dinero o de otra cosa”.
Algunos de los que solo trabajan “para cumplir” en el sistema educativo ya han alzado sus voces para advertir que lo del Liceo Jubilar “no se puede copiar” o que “no es trasladable” en la educación pública. Quieren seguir, apenas, “cumpliendo”. Quieren seguir con existencias chatas y haciendo la rutina de siempre, sin ninguna aspiración de elevarse un día por sobre la mediocridad, mientras todo se derrumba a su alrededor.
Esos trancan todo y condenan el futuro del Uruguay. Y, sin embargo, mejorar lo malo que hay no requiere inventar nada, ni gastar más plata, ni contratar consultores, ni viajar al exterior para ver qué hacen otros. Basta con que el Uruguay se llene de “liceos jubilares”. Religiosos o laicos; no importa.
Vayan y aprendan en el corazón de Casavalle. Si llueve, se embarrarán los zapatos. Pero verán que vale la pena.