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Río de Janeiro (Gerardo Lissardy, corresponsal para América Latina). Minuto 65 del debut mundialista entre Argentina y Bosnia. En un estadio Maracaná repleto, el nombre de Neymar, astro de la selección brasileña, comienza a ser coreado por sus compatriotas. Los argentinos, mayoría en el mítico estadio de Río, responden cantando el apellido de su estrella, Lionel Messi. Los dos cánticos se confunden en un alboroto ensordecedor. En ese preciso instante, Messi sorprende con una de sus corridas electrizantes al borde del área, remata desde la medialuna con su pie izquierdo y la pelota alcanza la red tras pegar en el poste derecho del arquero. El capitán argentino corre a gritar su gol contra el banderín del córner y sus fanáticos deliran.
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La jugada fue uno de los pocos destellos de genialidad que tuvo Messi en ese encuentro, que Argentina ganó por 2 a 1. Pero bastó para dejar su firma en el Maracaná. Y los brasileños tomaron nota. “Decisivo”, tituló al día siguiente el diario “Folha de São Paulo”, sobre una gran foto a color del futbolista argentino festejando su obra. “Cuatro veces el mejor del mundo, Messi garantiza la victoria para Argentina”, subrayó.
Se trató de un dato importante para Brasil, que ve a Argentina como su archirrival futbolístico. Aunque el Maracanazo uruguayo de 1950 ha sido recordado una y otra vez en los meses previos al Mundial, es la posibilidad de una final con Messi y compañía lo que más ilusiona y a la vez preocupa a los brasileños desde hace tiempo.
“Si Argentina le gana a Brasil, en la final, me mato. Ya tienen a Messi y al Papa. No pueden tenerlo todo”, bromeó el alcalde de Río, Eduardo Paes, el año pasado entrevistado por el diario británico “The Guardian”. “El Maracaná merecía un gol de una camiseta número 10 como el de Messi”, sostuvo el ex astro del fútbol brasileño Zico el lunes 16. “(Una final entre) Brasil y Argentina podría coronar (…) lo que representan para el fútbol esos dos países”, agregó.
Se trata de una rivalidad histórica, que en el pasado trascendía el ámbito deportivo y alcanzaba la economía, la política y hasta el plano militar. Sin embargo, en el inicio de este siglo las cosas han cambiado. Mientras Argentina vivía una gigantesca crisis financiera y social en 2001 tras caer en el mayor cese de pagos de la historia moderna, Brasil se preparaba para un despegue económico que sorprendió al mundo en esa década.
Una señal de cómo todo ese pasado reciente repercute hasta hoy surgió con un fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos el lunes, que obliga a Argentina a pagar U$S 1.330 millones a acreedores con bonos de deuda del país que evitaron entrar en los canjes de 2005 y 2010. Esto colocó a Buenos Aires en riesgo de un nuevo default técnico, y Brasil reaccionó analizando un plan para respaldar sus ventas al país vecino con un fondo de garantías de exportaciones de hasta U$S 3.000 millones, según informó el diario “O Globo” ayer miércoles.
Pero, en el fútbol, la enemistad se mantiene y ha aflorado en esta Copa del Mundo.
“Imaginate una final”
En los días previos al inicio del Mundial, Río fue invadido por miles de hinchas argentinos. Se hicieron notar con sus banderas y camisetas albicelestes, sobre todo en la zona costera, a menudo entonando cánticos contra los brasileños (“¿Qué se siente tener en casa a tu papá?” y “Maradona es más grande que Pelé”, decían los más suaves). La aglomeración llegó a tal extremo que el fin de semana interrumpió por un rato el tránsito en la avenida Atlántica de Copacabana y fue dispersada por la policía militar a fuerza de gas pimienta.
Muchos viajaron sin entradas, en procura de vivir la fiesta futbolística de cerca, aun fuera del estadio. El domingo se registraron más incidentes cuando un grupo de argentinos saltó los muros de protección del Maracaná para intentar ver el partido gratis. En las tribunas hubo algunos conatos de enfrentamientos entre argentinos y brasileños, que nunca pasaron a mayores.
Los cariocas alentaron todo el tiempo por Bosnia y contra Argentina, a diferencia del encuentro de ayer miércoles entre Chile y España, cuando apoyaron al seleccionado sudamericano. Paradójicamente, Chile quizá sea el rival de Brasil en octavos de final tras eliminar a la España campeona del mundo (también hubo incidentes en este partido, cuando decenas de chilenos sin entradas invadieron el centro de prensa del Maracaná; 84 fueron detenidos por la policía).
Norberto Sturbin, de 26 años, es uno de los argentinos que llegaron a Río para seguir a su selección. Lo hizo sin entrada y compró una en la calle por U$S 800, a pesar de que la FIFA prohíbe la reventa. “Al Maracaná tenía que ir sí o sí”, dijo a Búsqueda. “Mi viejo me contó muchas cosas del Maracanazo y al entrar le decía a mis amigos: ‘Imaginate una final acá’”.
Claro que falta mucho para que argentinos y brasileños lleguen a enfrentarse en el último partido del Mundial el 13 de julio. Ambas selecciones dejaron varias dudas en sus primeras presentaciones. Brasil logró un trabajoso triunfo 3-1 ante Croacia en el encuentro inaugural (con la ayuda de un penal inexistente que le otorgó el juez japonés Yuichi Nishimura) y empató sin goles ante México el martes, otra vez sin exhibir el “juego bonito” que solía caracterizar a la Seleção. Argentina tampoco mostró un buen funcionamiento colectivo en su debut y, teniendo en cuenta el nivel que han exhibido otras escuadras como la holandesa o alemana, tendrá que mejorar bastante para cumplir las expectativas de gloria que tienen hinchas como Sturbin.
Pero con Uruguay comprometido tras la derrota por 1-3 que sufrió en su primer partido ante Costa Rica —y obligado a sumar puntos ante Inglaterra este jueves en São Paulo e Italia después para pasar a octavos— el “fantasma del Maracaná” que algunos agitaban antes del Mundial pareció tener unas franjas blancas sobre el fondo celeste en la primera semana de competencia. Al menos, esa es la ilusión de brasileños y argentinos.