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    Encuentros y desencuentros

    La historia de las relaciones entre América hispana y latina y Estados Unidos es, en parte, la historia de las conferencias continentales. En un comienzo, estas reuniones excluyeron a la gran potencia del norte. Así fue cuando Bolívar organizó la primera de ellas (Congreso de Panamá, en 1826) y así fue también en el caso de las siguientes (Primer Congreso de Lima, 1847-1848, Congreso Continental, Chile, 1856 y Segundo Congreso de Lima, 1864-1865).

    El objetivo principal de estos encuentros era echar las bases de un proyecto hispanoamericanista. Sin embargo, nunca se llegó a puerto alguno, debido más que nada al enfrentamiento de intereses opuestos. El caso de Argentina es emblemático. Los planteos de Juan Bautista Alberdi —quien, como otros arquitectos de la nueva nación, defendió la tesis de que las repúblicas hispanoamericanas debían apoyarse en Europa y defenderse del peligro representado por Brasil y EEUU— marcaron la línea que siguió Argentina en el plano continental, oponiéndose siempre tenazmente a las propuestas hispanas y panamericanistas.

    El ejemplo más contundente de esta postura es el del caudillo Juan Manuel de Rosas, quien se negó a concurrir al Congreso de Lima en 1847, en el cual se buscaba fortalecer la defensa de las nuevas naciones contra las agresiones europeas, ¡justamente mientras su país sufría el acoso naval anglo-francés! Su sucesor José de Urquiza repitió la negativa en 1856, oponiéndose a firmar el tratado acordado por Chile, Perú, Ecuador, Bolivia, Costa Rica, México, Nicaragua y Paraguay.

    Bartolomé Mitre fue el tercer mandatario argentino que negó el apoyo de su país a este tipo de iniciativas. Rufino de Elizalde, canciller de Mitre, les hizo saber a sus colegas sudamericanos que “la República Argentina nunca ha temido la amenaza de una combinación europea”. Por el contrario: “la acción de Europa en la República Argentina ha sido siempre protectora y civilizadora (...). Sujeta a Europa por vínculos de sangre de miles de personas (...), receptora del capital europeo que requieren nuestras industrias y dada la existencia de un intercambio de productos, la República, se puede decir, está identificada con Europa tanto como es posible”.

    La postura oficial del gobierno argentino encerraba la clave del fracaso de las citadas conferencias: “América, al contener naciones independientes, con sus propios medios y necesidades de gobierno, no puede formar una entidad política unitaria”.

    A partir de 1889, fue la Casa Blanca que impulsó la unidad continental. Ese año se organizó en Washington la Primera Conferencia Panamericana. Le seguirían otras, siempre auspiciadas por Estados Unidos. Pero mientras los estadounidenses hablaban de colaboración y alianza estratégica, los hispanoamericanos temían el intervencionismo del gigante norteño y hacían lo imposible por evitar terminar siendo simples marionetas.

    Para los países cuya economía estaba basada en las relaciones con el mercado europeo (Argentina y Uruguay en primer lugar), las propuestas de panamericanismo eran, más que una promesa, una verdadera amenaza. Se entiende por eso que la Conferencia Panamericana en Washington fuese duramente torpedeada por los representantes argentinos (los futuros presidentes Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana), quienes defendieron la soberanía de las naciones hispanoamericanas.

    Los tres puntos principales de la tesis de Buenos Aires eran: 1) debido a sus características físicas y humanas, Argentina no necesitaba relaciones más estrechas con el resto del continente; 2) Argentina era superior al resto de los países hispanoamericanos; 3) Argentina consideraba que Estados Unidos era su principal competidor en el continente, pero estaba segura de que un lapso relativamente corto de tiempo lo superaría (la famosa teoría de Argentina potencia).

    En 1901, el presidente de Venezuela suspendió el pago de la deuda externa. Poco después de finalizada la Segunda Conferencia Panamericana en México (fines de 1902), las costas de Venezuela fueron bombardeadas por barcos ingleses, alemanes e italianos. El objetivo de este ataque era presionar a Caracas para el cobro de la deuda pendiente. Si bien el accionar europeo iba a contrapelo de los principios de la Doctrina Monroe, Estados Unidos lo apoyó a través del “primer Corolario Roosevelt”. Finalmente, el gobierno venezolano terminó pagando la deuda.

    En Buenos Aires, estos hechos caribeños causaron conmoción, tanto en el Congreso como en la prensa. El antinorteamericanismo fue activamente alimentado. “La Prensa”, en su editorial del 21 de diciembre de 1902, exigió una “Sudamérica para los sudamericanos” mientras que Carlos Pellegrini exhortó en su diario “El País” a una acción conjunta de Argentina, Brasil y Chile.

    Las conferencias panamericanas vivieron una existencia lánguida, llena de cenas, brindis y floridos discursos, pero vacías de contenido y exentas de resultados concretos. El accionar norteamericano en Panamá (promoviendo la secesión de la nueva República del territorio colombiano), en Santo Domingo y en toda la zona del Caribe no hizo más que aumentar el sentimiento antiestadounidense, cuyas bases ya habían sido echadas por literatos, poetas y filósofos.

    No fue casualidad que cuando Argentina festejó su primer centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, la representación extranjera que más éxito tuvo ante la opinión pública fue nada más y nada menos que la española, dirigida por la infanta Isabel de Borbón y Borbón, princesa de Asturias, quien participó de muchos eventos públicos y sociales.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor